En lo alto de la colina donde hoy se levanta Umm Qais, con el mar de Galilea brillando a sus pies, floreció en la Antigüedad una de las ciudades más cultas de todo el Oriente helenístico: Gadara. Fundada como asentamiento griego tras las conquistas de Alejandro Magno, en el siglo IV o III a.C., Gadara creció bajo el dominio de los reinos helenísticos que se repartieron su imperio —primero los Ptolomeos de Egipto, luego los Seléucidas de Siria— y se convirtió en un centro de cultura griega en una tierra de encrucijada.
Su fama no venía de sus monumentos, sino de sus intelectuales. Gadara fue cuna de una notable estirpe de filósofos, poetas y satíricos que le valió el sobrenombre de 'la Atenas del Oriente' o 'la nueva Atenas'. De aquí salió Menipo, el filósofo cínico creador de un género satírico —la sátira menipea— que influiría durante siglos en la literatura. Aquí nació también Meleagro, uno de los grandes poetas de la lengua griega, autor de delicados epigramas amorosos y compilador de una célebre antología poética. Y de Gadara fueron el epicúreo Filodemo y otros pensadores. Que una ciudad de esta frontera oriental diera tantos nombres a la cultura griega dice mucho de su riqueza y su ambiente cosmopolita.
Gadara se benefició, como sus vecinas, de su posición en las rutas comerciales que unían Arabia, Siria y el Mediterráneo, y de la fertilidad de sus tierras. Era también famosa por sus aguas termales, en el cercano manantial de Hammat Gader, en el valle del Yarmuk, adonde acudían visitantes de toda la región a tomar los baños. Cuando Roma llegó a esta tierra, Gadara ya era una ciudad próspera y prestigiosa, lista para un nuevo capítulo de esplendor.
En el año 63 a.C., el general romano Pompeyo conquistó Siria y la región, y Gadara quedó integrada en el mundo romano como una de las ciudades de la Decápolis, la liga de urbes de cultura griega (junto con Gerasa, Filadelfia, Escitópolis y otras) que gozaban de un estatus especial. Según las fuentes, el propio Pompeyo favoreció la reconstrucción de la ciudad, que entró así en una nueva era de prosperidad bajo el poder de Roma.
Durante los siglos siguientes, Gadara se llenó de monumentos: teatros (llegó a tener varios, construidos en el característico basalto negro de la región), una gran calle de columnas —el Decumanus—, termas alimentadas por acueductos, un hipódromo, un ninfeo y templos. La ciudad controlaba un amplio territorio que llegaba hasta el mar de Galilea y los manantiales termales del Yarmuk. Su prosperidad se refleja en las monedas que acuñó y en la calidad de sus edificios, cuyos restos, con el contraste del basalto oscuro y el mármol claro, todavía impresionan al visitante.
Gadara aparece también en los Evangelios. El episodio del endemoniado (o los endemoniados) al que Jesús libera de los demonios, que entran luego en una piara de cerdos que se despeña al lago, se sitúa en 'la región de los gadarenos' (o gerasenos, según la versión), es decir, en las tierras de Gadara junto al mar de Galilea. El relato ancló para siempre el nombre de la ciudad en la tradición cristiana, y contribuye a la enorme carga simbólica del lugar, en el corazón mismo de la geografía bíblica.
Con la cristianización del Imperio, Gadara se transformó en una ciudad cristiana y llegó a ser sede de un obispado. Se construyeron iglesias y basílicas —como la de las columnas de basalto que hoy se puede ver—, y la ciudad mantuvo su importancia durante el período bizantino, entre los siglos IV y VII. La vida siguió su curso en la colina, con sus baños, sus templos reconvertidos y su población, en una región que era zona de paso y de contacto entre culturas.
Ese mundo cambió para siempre en el año 636. Muy cerca de Gadara, en el valle del río Yarmuk que se abre a los pies de la ciudad, se libró la batalla del Yarmuk, uno de los enfrentamientos más decisivos de la historia: allí, los ejércitos musulmanes derrotaron de forma aplastante a las fuerzas del Imperio bizantino, sellando la conquista islámica de toda Siria y Palestina y abriendo una nueva era en la historia de Oriente Medio. Gadara, testigo cercano de aquella batalla, pasó al dominio del islam.
Bajo el nuevo poder, la ciudad siguió habitada durante un tiempo, pero fue perdiendo gradualmente importancia, como tantas otras urbes de la Decápolis. El desplazamiento de las rutas comerciales, los terremotos que sacudieron periódicamente la región del valle del Jordán —como el devastador seísmo de 749— y los cambios políticos fueron reduciendo Gadara a un lugar cada vez más modesto. Con el tiempo, la gran ciudad de los filósofos quedó en ruinas y su nombre casi se perdió, hasta que sobre sus restos, muchos siglos después, se levantaría una nueva aldea.
Durante siglos, las ruinas de Gadara quedaron semiolvidadas en lo alto de la colina, en el extremo norte de lo que sería Jordania. Pero el lugar, con sus tierras fértiles y su posición dominante, no llegó a despoblarse del todo. En los siglos XVIII y XIX, bajo el dominio del Imperio otomano, se formó sobre las ruinas antiguas una aldea de campesinos que reaprovecharon las piedras y las estructuras de la vieja ciudad para construir sus casas, callejones y patios. Esa aldea otomana, con su mezquita y sus casas de piedra —algunas notables, como la Beit Rusan—, coronó el yacimiento y le añadió una nueva capa de historia.
El redescubrimiento de Gadara para la ciencia occidental empezó a comienzos del siglo XIX, cuando viajeros y exploradores europeos identificaron las ruinas y las relacionaron con la Gadara de los textos clásicos y bíblicos. A lo largo de los siglos XIX y XX, arqueólogos alemanes y de otras nacionalidades emprendieron excavaciones que sacaron a la luz el teatro oeste, el Decumanus, la basílica, las termas y otros monumentos, y devolvieron a la ciudad antigua su lugar en la historia.
En el siglo XX, ya bajo el reino de Jordania, las autoridades decidieron proteger el yacimiento y, para ello, reubicaron a los habitantes de la aldea otomana en la Umm Qais moderna, un pueblo nuevo construido cerca. La vieja aldea quedó así deshabitada, pero se conservó como parte del conjunto patrimonial, y en la casa Beit Rusan se instaló el museo del sitio. Ese pueblo otomano en ruinas, con la naturaleza reconquistando sus casas y su terraza asomada al mar de Galilea, es hoy uno de los rincones más evocadores del lugar.
La Umm Qais de hoy es uno de los grandes tesoros del norte de Jordania y una parada cada vez más apreciada por los viajeros que buscan algo más que los grandes sitios del sur. Sus ruinas grecorromanas —el teatro de basalto negro, la calle de columnas, la basílica bizantina, las termas— se combinan con el encanto melancólico del pueblo otomano abandonado y, sobre todo, con una de las vistas más emocionantes de todo Oriente Medio: el balcón sobre el mar de Galilea, los Altos del Golán y el valle del Yarmuk, con las fronteras de varios países a la vista.
En las últimas décadas, Umm Qais se ha convertido además en un referente del turismo comunitario y responsable en Jordania. Iniciativas locales impulsadas por vecinos y cooperativas ofrecen a los visitantes paseos a pie o en bicicleta por los campos y aldeas de alrededor, talleres de cocina tradicional, visitas a apicultores y productores, y otras experiencias que permiten conocer la vida del norte rural y que dejan un beneficio directo en la comunidad. Es una forma de viajar más pausada y auténtica, muy distinta del ritmo de los grandes circuitos.
Esa geografía cargada de historia sigue teniendo, además, un peso simbólico y a veces político: desde el mirador se ve una de las regiones más disputadas del planeta, escenario de conflictos que llegan hasta el presente. Pero para el viajero que sube hasta aquí, Umm Qais ofrece sobre todo serenidad: la de sentarse entre columnas de dos mil años, con el aire fresco del norte, a ver caer el sol sobre el lago Tiberíades. Pocos lugares condensan tan bien la mezcla de historia antigua, paisaje bíblico y vida contemporánea que hace de Jordania un país tan singular.