La historia de Petra es la historia de un pueblo genial y esquivo: los nabateos. Originalmente eran tribus nómadas de origen árabe que, hacia el siglo IV a.C., se movían por los desiertos del sur de la actual Jordania y el norte de Arabia. Lejos de vivir en la pobreza, supieron convertir su conocimiento del desierto en una fuente de enorme riqueza: controlaron las rutas por las que circulaban las caravanas cargadas de incienso y mirra desde el sur de Arabia, especias desde la India y otros productos de lujo, hacia los mercados del Mediterráneo. Cobrando peajes, ofreciendo protección, agua y avituallamiento a las caravanas, los nabateos acumularon fortunas.
El corazón de ese imperio comercial fue Petra, un valle escondido entre montañas de arenisca, en un cruce de rutas, protegido por desfiladeros que lo hacían fácil de defender. Allí, los nabateos establecieron su capital. Su mayor genialidad fue el dominio del agua: en una tierra árida, desarrollaron un sofisticado sistema de presas, canales, cisternas y tuberías de cerámica que captaba hasta la última gota del agua de las lluvias torrenciales y de los manantiales, la almacenaba y la distribuía, permitiendo que en pleno desierto floreciera una ciudad de decenas de miles de habitantes, con jardines y fuentes. Ese control del agua, tanto como el comercio, fue la clave de su poder.
Los nabateos hablaban una lengua árabe y escribían en un alfabeto propio, derivado del arameo, que sería antepasado de la escritura árabe. Adoraban a sus propios dioses, como Dushara y la diosa Al-Uzza, a los que representaban a menudo de forma abstracta, en bloques de piedra. Y aunque conservaron muchas de sus costumbres, fueron extraordinariamente hábiles para absorber influencias de las grandes culturas con las que comerciaban —griega, egipcia, mesopotámica—, una mezcla que quedaría grabada para siempre en las fachadas de su capital.
Entre los siglos II a.C. y I d.C., Petra alcanzó su máximo esplendor. Con la riqueza del comercio de las caravanas, los nabateos transformaron su valle en una de las ciudades más asombrosas de la Antigüedad, tallando directamente en las paredes de arenisca rosada fachadas monumentales de una elegancia deslumbrante. El monumento más célebre, Al-Khazneh —el Tesoro—, con sus columnas, frontones y estatuas esculpidos en la roca, se levantó probablemente en esta época como tumba monumental de un rey, quizá Aretas IV, bajo cuyo reinado (del 9 a.C. al 40 d.C.) Petra vivió su apogeo. Otro coloso, el Monasterio (Ad-Deir), aún mayor, coronaba las alturas.
Pero Petra no era solo una necrópolis de tumbas espectaculares: era una ciudad viva y populosa, con templos exentos como Qasr al-Bint, un gran teatro tallado en la roca con capacidad para miles de espectadores, una calle principal con columnas, mercados, barrios residenciales y santuarios en las montañas, como el Alto del Sacrificio. Se calcula que en su apogeo pudo albergar a decenas de miles de personas. Las fachadas mezclan con maestría el estilo helenístico con elementos egipcios, mesopotámicos y puramente nabateos, creando un arte único e inconfundible.
El reino nabateo, con Petra como capital, llegó a extender su influencia por amplias zonas del sur de Jordania, el Néguev, el norte de Arabia y hasta Damasco. Sus reyes, como Aretas IV 'el amante de su pueblo', acuñaron moneda y mantuvieron relaciones —a veces tensas, a veces de alianza— con las grandes potencias de la época: los reyes seléucidas, los judíos hasmoneos, Herodes el Grande y, cada vez más presente, la creciente potencia de Roma. Petra estaba en la cumbre, pero el poder de Roma acabaría alcanzándola.
En el año 106 d.C., el emperador Trajano anexionó el reino nabateo al Imperio romano, que lo convirtió en la provincia de Arabia Pétrea, con capital compartida entre Petra y Bosra. La anexión fue, al parecer, relativamente pacífica, y Petra siguió prosperando durante un tiempo bajo el dominio romano: se pavimentó y monumentalizó la calle con columnas, se levantaron nuevos edificios y la ciudad recibió el título honorífico de metrópolis. Roma integró a Petra en su red de calzadas, como la Vía Nova Traiana que unía Siria con el mar Rojo.
Pero las fuerzas que habían hecho grande a Petra empezaron a jugar en su contra. El comercio internacional, del que dependía su riqueza, fue desplazándose poco a poco hacia otras rutas: en particular, hacia el comercio marítimo por el mar Rojo y hacia el auge de la vecina Palmira, en el desierto sirio, que le disputó el papel de gran encrucijada caravanera. A medida que las caravanas dejaban de pasar, la fuente de la prosperidad de Petra se fue secando.
El golpe físico decisivo llegó con los terremotos. La región es sísmicamente muy activa, y una serie de temblores dañó gravemente la ciudad y, sobre todo, su preciado sistema hidráulico. El más devastador fue el gran terremoto del año 363 d.C., que arruinó buena parte de los edificios y de las infraestructuras de agua. Sin comercio y con la ciudad malherida, Petra entró en un declive lento pero imparable. Aún conoció una etapa cristiana en época bizantina —algunas tumbas se reconvirtieron en iglesias, como la Tumba de la Urna, y se construyó una basílica con mosaicos—, pero la gran ciudad nabatea se iba apagando.
Tras la conquista musulmana del siglo VII, Petra quedó definitivamente al margen de la historia. La ciudad, ya casi despoblada, fue perdiéndose en el olvido. Durante las Cruzadas, en el siglo XII, los francos levantaron algún pequeño fortín en la zona, pero pronto se retiraron. A partir de entonces, y durante casi setecientos años, Petra desapareció por completo de los mapas y de la memoria del mundo occidental. Sus fachadas monumentales quedaron habitadas solo por las tribus beduinas de la región, en particular los bedul, que vivían en las tumbas y cuevas, guardaban el secreto del valle y transmitían leyendas sobre los tesoros escondidos en las urnas de piedra.
El mundo exterior 'redescubrió' Petra gracias a la audacia de un joven explorador suizo, Johann Ludwig Burckhardt. En 1812, viajando disfrazado de mercader árabe y con el nombre de Sheikh Ibrahim, dominando el árabe y las costumbres musulmanas, Burckhardt oyó hablar de unas ruinas fabulosas escondidas en las montañas. Para llegar hasta ellas sin levantar sospechas, fingió querer sacrificar una cabra en la tumba del profeta Aarón (Harún), venerada en lo alto de una montaña de Petra. Así consiguió que un guía beduino lo llevara por el Siq, y se convirtió en el primer europeo en siglos en contemplar el Tesoro y las ruinas de la ciudad nabatea. Consciente del peligro, no pudo detenerse a explorar ni tomar demasiadas notas, pero su relato, publicado tras su muerte, reveló Petra a Occidente.
El 'redescubrimiento' desató la fascinación. A lo largo del siglo XIX, artistas, exploradores y viajeros europeos acudieron a Petra, y el pintor David Roberts inmortalizó sus ruinas en célebres litografías. El poeta John William Burgon le dedicó unos versos que la hicieron legendaria, describiéndola como una ciudad 'roja como una rosa, tan vieja como el tiempo'. Petra pasó de secreto beduino a mito romántico y, con el tiempo, a destino soñado por viajeros de todo el mundo.
La Petra de hoy es el gran símbolo de Jordania y uno de los sitios arqueológicos más célebres y visitados del planeta. En 1985 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y en 2007 fue elegida en una votación mundial como una de las 'siete nuevas maravillas del mundo', lo que multiplicó su fama internacional. Su imagen —el Tesoro apareciendo al final del Siq— es conocida en todo el mundo, en buena parte gracias también al cine, que la usó como escenario de películas legendarias. Cada año, cientos de miles de viajeros recorren su Siq, suben a su Monasterio y se maravillan ante sus fachadas rosadas.
Ese éxito trae consigo desafíos. La enorme afluencia de visitantes, la erosión natural de la arenisca, las lluvias torrenciales que a veces provocan crecidas peligrosas en el Siq, y la presión turística obligan a un delicado trabajo de conservación y gestión, a cargo de la autoridad de Petra (PDTRA) y con apoyo internacional. Se investiga y excava todavía: solo una parte de la antigua ciudad ha sido sacada a la luz, y hallazgos recientes, como una gran plataforma monumental detectada mediante imágenes por satélite, recuerdan que Petra aún guarda secretos bajo la arena.
Un capítulo delicado es el de las comunidades beduinas, en especial los bedul, que vivían en las cuevas de Petra hasta que, en los años ochenta, fueron reasentados por el gobierno en una aldea cercana (Umm Sayhoun) para proteger el sitio. Hoy muchos beduinos trabajan en Petra vendiendo té, artesanías y paseos, y su presencia forma parte de la experiencia, aunque su relación con el turismo y la conservación no está exenta de tensiones. Para el viajero, más allá de las fotos, Petra sigue siendo lo que asombró a Burckhardt: una ciudad imposible tallada en la montaña por un pueblo de mercaderes geniales, un testimonio del ingenio humano capaz de hacer florecer el desierto y de convertir la roca en arte.