El mar Muerto no es un mar, sino un lago; y no está muerto por casualidad, sino por su propia naturaleza extrema. Se encuentra en el fondo del Gran Valle del Rift, una descomunal fractura de la corteza terrestre que se extiende desde Siria hasta el este de África y que aquí forma la depresión más profunda del planeta. Su superficie está unos 430 metros por debajo del nivel del mar, y baja cada año: es, sin discusión, el punto de tierra firme más bajo de todo el globo. Nadie puede pararse en un lugar seco más hondo que la orilla del mar Muerto.
El lago se formó hace cientos de miles de años, cuando esta fosa tectónica se llenó de agua. Como está encerrado entre montañas y no tiene salida al océano, funciona como un enorme evaporador: recibe agua del río Jordán y de algunos manantiales, pero el agua solo puede irse por evaporación bajo el sol abrasador de la depresión. Al evaporarse el agua y quedarse las sales, siglo tras siglo, el lago fue concentrando una salinidad extraordinaria: alrededor del 34%, casi diez veces la del océano. Esa densidad brutal es lo que hace flotar a los bañistas sin esfuerzo.
Esa misma salinidad extrema es la que le da nombre: en esas aguas no puede vivir ningún pez ni casi ningún organismo, solo algunas bacterias y microorganismos adaptados. De ahí el 'mar Muerto'. El agua es densa, aceitosa al tacto, riquísima en cloruro de magnesio, sodio, potasio, calcio y bromo, y sus orillas están cubiertas de costras y formaciones de sal cristalizada. Alrededor, el paisaje es de desierto absoluto, con las montañas de Moab de un lado y las de Judea del otro. Un lugar geológicamente único en el mundo.
Pocos lugares del mundo están tan cargados de relatos bíblicos como las orillas del mar Muerto. La tradición judía y cristiana sitúa en esta región las ciudades de Sodoma y Gomorra, cuya destrucción por 'fuego y azufre' cuenta el Génesis como castigo por la maldad de sus habitantes. La imagen de la mujer de Lot, convertida en estatua de sal al mirar hacia atrás mientras huía de la catástrofe, se asocia desde antiguo a las formaciones salinas del extremo sur del lago, y todavía hoy se señala allí una columna de sal como 'la mujer de Lot'.
El mar Muerto y su entorno aparecen una y otra vez en las escrituras. Muy cerca, la tradición ubica la cueva donde Lot se refugió tras la destrucción de Sodoma. En el desierto que lo rodea vivió parte de su vida David huyendo del rey Saúl, y en estas tierras áridas se movieron profetas y ermitaños. Ya en época romana, sobre un peñón que domina el lago del lado occidental se alzó la fortaleza de Masada, escenario del último y trágico reducto de la resistencia judía frente a Roma en el año 73-74 d.C.
En la orilla, junto al río Jordán que desemboca en el lago, está Betania más allá del Jordán (Al-Maghtas), donde la tradición cristiana sitúa el bautismo de Jesús por Juan el Bautista, hoy Patrimonio de la Humanidad. Y en las cuevas de la costa noroccidental, del lado hoy israelí, se hallaron a mediados del siglo XX los célebres Manuscritos del Mar Muerto, los rollos bíblicos más antiguos conocidos. Difícil encontrar en tan pocos kilómetros semejante densidad de historia sagrada.
Desde la más remota Antigüedad, el mar Muerto no fue solo un lugar de leyenda, sino también de riqueza. Sus aguas y sus orillas producían dos bienes muy codiciados en el mundo antiguo. El primero era el betún o asfalto natural, que subía a la superficie del lago en grandes bloques flotantes y que los pueblos de la región recogían para venderlo. Los antiguos egipcios lo usaban, entre otras cosas, para el embalsamamiento de las momias, y era tan característico que los griegos y romanos llamaron a este lago 'lago Asfaltites', el lago del asfalto.
El segundo tesoro era el bálsamo, una resina aromática y medicinal que se cultivaba en los oasis cercanos, como Ein Gedi y Jericó, y que valía su peso en oro. Reinas y reyes de la Antigüedad se disputaron el control de estas plantaciones; se cuenta que Cleopatra, la reina de Egipto, obtuvo de Marco Antonio los jardines de bálsamo de la zona. El clima cálido y seco, los minerales del lago y estos productos hicieron de la región un lugar próspero y estratégico.
El mar Muerto fue, además, uno de los primeros destinos 'de salud' de la historia. Ya el rey Herodes el Grande, en el siglo I a.C., aprovechó sus aguas, sus barros minerales y las fuentes termales cercanas (como las de Callirhoe, hoy Hammamat Ma'in) como una suerte de balneario para tratar dolencias de la piel y del cuerpo. Aquella intuición milenaria sobre las propiedades terapéuticas de sus minerales es la misma que hoy sostiene los spas y la industria cosmética del Mar Muerto: barros, sales y cremas que se venden en todo el mundo.
El mar Muerto vive hoy una crisis silenciosa pero grave: se está secando. A lo largo de las últimas décadas, su nivel ha caído de forma acelerada, alrededor de un metro por año, y su superficie se ha reducido de manera drástica en comparación con la de mediados del siglo XX. La orilla que hoy pisa un bañista está mucho más adentro que la que pisaban sus abuelos. La causa principal es la mano del hombre: el río Jordán, que alimenta el lago, y sus afluentes son desviados cada vez más para el consumo de agua potable y el riego en Jordania, Israel y Siria, de modo que llega al mar Muerto solo una fracción del caudal de antaño. A eso se suma la extracción industrial de minerales, que evapora agua del lago en enormes piletas.
Las consecuencias son visibles y peligrosas. Al retirarse el agua, el terreno que queda expuesto se vuelve inestable, y en las orillas —sobre todo del lado israelí, pero también del jordano— se abren de repente socavones (sinkholes): agujeros que se tragan caminos, plantaciones e instalaciones. Todo un paisaje de retroceso y abandono se extiende por zonas que hace poco eran costa. Por eso es tan importante flotar solo en playas organizadas y seguras, y no aventurarse por orillas 'salvajes'.
Se han propuesto proyectos ambiciosos para frenar el declive, como el llamado 'canal de los dos mares' o 'Red Sea–Dead Sea', que llevaría agua desde el mar Rojo hasta el mar Muerto, pero son costosos, complejos y políticamente delicados, y su futuro es incierto. Mientras tanto, este lugar único —el más bajo de la Tierra, cargado de historia y de minerales— sigue encogiéndose año a año, en uno de los ejemplos más claros de cómo el uso del agua puede transformar un paisaje milenario.
A pesar de su crisis ambiental, el mar Muerto sigue siendo uno de los grandes atractivos turísticos de Jordania y de todo Oriente Medio. Del lado jordano, la franja de Sweimeh, a menos de una hora de Amán, se ha desarrollado como un polo de resorts de lujo con spa, playas públicas más económicas y centros de bienestar que aprovechan los minerales del lago. Cada año llegan viajeros de todo el mundo a vivir la experiencia inconfundible de flotar en sus aguas, embadurnarse con el barro negro y disfrutar de sus atardeceres.
El motor de este turismo es doble. Por un lado, la experiencia única e insólita de la flotación, imposible de vivir en casi ningún otro lugar del planeta (solo lagos hipersalinos comparables, como el Gran Lago Salado o algunos lagos del altiplano). Por otro, la fama terapéutica de sus minerales: el barro, las sales y el aire particular de la depresión —más denso, con más oxígeno y filtrado de rayos ultravioleta— se consideran beneficiosos para afecciones de la piel como la psoriasis, y sostienen toda una industria de cosmética y de turismo de salud.
Para el viajero, el Mar Muerto es sobre todo un lugar de relax y de contraste dentro del circuito jordano: un respiro de spa, piscina y flotación entre la intensidad de Petra, el desierto de Wadi Rum y las ciudades. Se combina fácil con visitas cercanas de gran carga histórica, como el sitio del bautismo de Betania, la ciudad de los mosaicos de Madaba, el Monte Nebo desde donde Moisés vio la Tierra Prometida o el cañón de aventura de Wadi Mujib. Flotar en el punto más bajo de la Tierra, con dos mil años de historia bíblica alrededor y un atardecer dorado sobre el agua, es una de esas experiencias que quedan grabadas para siempre.