La historia de Madaba se hunde en la Antigüedad más remota. Con el nombre de Medeba, la ciudad aparece ya en la Biblia hebrea como una de las localidades de la meseta al este del Jordán, en tierras que se disputaban israelitas, moabitas y amonitas. El Libro de los Números y el de Josué la mencionan al repartir el territorio entre las tribus de Israel, y otros pasajes la sitúan en el corazón del reino de Moab, el pueblo semítico que dominó esta región.
El testimonio más antiguo y directo sobre Medeba no está en la Biblia, sino en una piedra: la célebre Estela de Mesha o Piedra Moabita, del siglo IX a.C., hallada en la cercana Dhiban. En su larga inscripción, el rey moabita Mesha se jacta de haber recuperado Medeba y otras ciudades del control del reino de Israel, y de haber levantado allí obras para su dios Kemos. Es una de las inscripciones más importantes del antiguo Cercano Oriente, y prueba que Madaba era ya, hace casi tres mil años, una ciudad de peso en las guerras entre los reinos de la región.
Tras la época moabita, Medeba pasó por manos de distintos pueblos. Estuvo bajo influencia de los nabateos —el mismo pueblo que construyó Petra— y luego, con la expansión de Roma por Oriente, quedó integrada en la órbita del Imperio. Fue una ciudad provincial, con su trazado, sus calzadas y sus templos, en la encrucijada de rutas que unían Arabia con Siria y el Mediterráneo. Pero su época de mayor esplendor todavía estaba por llegar.
El gran momento de Madaba llegó en la época bizantina, entre los siglos V y VII de nuestra era, cuando la ciudad se convirtió en un próspero centro cristiano y en sede de un obispado. El cristianismo se había extendido por toda la región, y Madaba, situada en tierras cargadas de memoria bíblica y cerca de lugares de peregrinación como el Monte Nebo, floreció. Se construyeron iglesias, mansiones y edificios públicos, y toda la ciudad se llenó de algo que la haría famosa para siempre: suelos de mosaico.
Los talleres de Madaba alcanzaron un altísimo nivel artístico. Con millones de teselas de piedra de colores, sus artesanos cubrieron los pisos de iglesias y casas con composiciones deslumbrantes: escenas de caza y de pastoreo, personificaciones de las estaciones y de las ciudades, animales, aves, peces, flores, motivos geométricos y episodios de la mitología griega, junto a temas cristianos. El arte del mosaico bizantino de Madaba combinaba, con naturalidad, la herencia clásica grecorromana y la nueva fe.
De aquella edad de oro procede la joya absoluta de la ciudad: el mapa-mosaico de Tierra Santa, realizado hacia mediados del siglo VI en el suelo de una iglesia (sobre cuyos restos se levanta la actual de San Jorge). Es la representación cartográfica más antigua que se conserva de la región, con montañas, ríos, el mar Muerto surcado por barcos, decenas de ciudades identificadas con etiquetas en griego y un detallado plano de Jerusalén. Junto a él, obras maestras como la Sala de Hipólito o el mosaico del mar de la iglesia de los Apóstoles dan testimonio del esplendor de la Madaba bizantina.
La prosperidad de la Madaba bizantina no duró para siempre. En el siglo VII, la región pasó a manos del naciente Islam tras las conquistas árabes. Bajo el primer dominio islámico, en época omeya, la ciudad todavía mantuvo cierta vida y algunos mosaicos siguieron haciéndose y usándose. Pero una combinación de factores fue apagando su brillo: los cambios en las rutas comerciales y, sobre todo, una serie de terremotos devastadores que sacudieron la región —el más famoso, el gran seísmo del año 749— dañaron gravemente ciudades y edificios de toda la zona.
Con el tiempo, Madaba fue quedando despoblada. Sus iglesias y casas se arruinaron, sus mosaicos quedaron enterrados bajo los escombros y la tierra, y el lugar se convirtió en un montón de ruinas sobre la meseta, habitado a lo sumo de forma esporádica. Durante siglos —prácticamente todo el largo período que va desde la Alta Edad Media hasta el siglo XIX—, la antigua ciudad de los mosaicos permaneció en silencio, olvidada, con su tesoro artístico oculto bajo el suelo.
Este largo abandono, paradójicamente, ayudó a preservar los mosaicos: enterrados y protegidos, muchos se conservaron mucho mejor que si la ciudad hubiera seguido habitada y reconstruida una y otra vez sobre ellos. El destino guardaba los suelos bizantinos de Madaba a la espera de que, mucho tiempo después, alguien volviera a levantar casas sobre aquellas ruinas y los sacara de nuevo a la luz.
La Madaba moderna nació en la década de 1880. En aquellos años, un grupo de familias cristianas árabes de la ciudad de Karak, más al sur, tras conflictos con otras comunidades, decidieron migrar y reasentarse en las ruinas de la antigua Madaba, entonces deshabitada, bajo el dominio del Imperio otomano. Con permiso de las autoridades, se instalaron sobre el montículo de la vieja ciudad y empezaron a construir sus casas e iglesias.
Y entonces ocurrió el 'milagro': al cavar los cimientos y limpiar el terreno, los nuevos pobladores fueron descubriendo, bajo sus pies, los magníficos suelos de mosaico bizantinos que habían permanecido enterrados durante más de mil años. Iglesia tras iglesia, casa tras casa, aparecían pisos con mapas, escenas y figuras de una belleza asombrosa. El hallazgo más resonante fue, en 1884, el del gran mapa-mosaico de Tierra Santa, encontrado al construir la nueva iglesia de San Jorge sobre los restos de una bizantina. La noticia de aquel mapa antiquísimo, con su plano de Jerusalén, corrió por el mundo académico y religioso.
Desde entonces, Madaba se transformó en un centro de estudio del arte bizantino y en un imán para arqueólogos, historiadores y peregrinos. Se excavaron y protegieron los mosaicos, se creó un parque arqueológico y, más tarde, una escuela para formar artesanos capaces de restaurar las piezas antiguas y crear otras nuevas, manteniendo viva la milenaria tradición. Aquellas familias de Karak no solo repoblaron una ciudad muerta: la devolvieron a la historia y le dieron su identidad moderna como 'la ciudad de los mosaicos'.
La Madaba de hoy es una ciudad tranquila y próspera de la meseta jordana, orgullosa de su doble condición de tesoro arqueológico y de comunidad viva. Conserva una de las mayores poblaciones cristianas de Jordania —herencia de aquellas familias que la repoblaron en el siglo XIX—, y en sus calles conviven iglesias ortodoxas y católicas con mezquitas, en un clima de tolerancia que forma parte del carácter del lugar. Es una ciudad donde el pasado bizantino y el presente se entrelazan a cada paso.
Su principal seña de identidad sigue siendo el mosaico. Además de los espectaculares suelos antiguos que se pueden visitar —el mapa de San Jorge, la Sala de Hipólito del Parque Arqueológico, el mosaico del mar de la iglesia de los Apóstoles—, Madaba mantiene una tradición artesanal viva: talleres y una escuela de arte donde se enseña la técnica del mosaico, se restauran piezas históricas y se crean obras nuevas que se venden en las tiendas del centro. El souvenir por excelencia de la ciudad es, precisamente, un mosaico hecho a mano.
Para el viajero, Madaba es una parada tan interesante por sus obras de arte como práctica por su ubicación. A pocos minutos del aeropuerto y en el centro del país, es una base cómoda, más calma y económica que Amán, para explorar el Monte Nebo (donde Moisés vio la Tierra Prometida), el Mar Muerto, el sitio del bautismo de Betania y el arranque de la Carretera del Rey hacia Petra. Caminar por su casco histórico, agacharse a mirar un mapa hecho hace quince siglos con millones de teselas y ver a un artesano colocar piedritas de colores una a una es sentir, en una misma tarde, la continuidad de una historia de tres mil años.