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Historia de Jerash

De aldea antigua a ciudad griega: el nacimiento de Gerasa

Cuando uno camina hoy por la avenida de columnas de Jerash, cuesta imaginar que bajo esa monumentalidad romana late una historia mucho más antigua. Las colinas fértiles y bien regadas de esta zona del norte de Jordania estuvieron ocupadas desde tiempos remotos: se han encontrado restos de asentamientos que se remontan al Neolítico y a la Edad del Bronce. Pero la ciudad que dio origen a la Jerash monumental nació con la llegada del mundo griego.

Tras las conquistas de Alejandro Magno en el siglo IV a.C., toda esta región quedó bajo la influencia de la cultura helenística, difundida por los reinos que se repartieron el imperio de Alejandro: los Ptolomeos desde Egipto y los Seléucidas desde Siria. En ese contexto se fundó, o se reorganizó, una ciudad griega a la que se dio el nombre de Gerasa (Antioquía del Crisorroas, 'del río de oro', por el arroyo que la atraviesa). La tradición atribuía incluso su fundación a veteranos del ejército de Alejandro, un mito que, cierto o no, expresa el orgullo helénico de la ciudad.

Gerasa se benefició de su posición en las rutas comerciales que unían la península arábiga y el Mediterráneo con el interior de Siria. El comercio de especias, incienso y otros productos que llegaban desde Arabia —en buena parte a través de los nabateos de Petra— hizo prosperar a la ciudad. Para el siglo I a.C., Gerasa era ya una urbe helenística consolidada, con instituciones griegas, y estaba a punto de entrar en la órbita de una potencia aún mayor, que la llevaría a su máximo esplendor: Roma.

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La Decápolis y el esplendor romano

En el año 63 a.C., el general romano Pompeyo conquistó Siria y la región, y Gerasa quedó integrada en el mundo romano. Poco después pasó a formar parte de la Decápolis, una liga de diez ciudades de cultura griega (entre ellas Filadelfia —la actual Amán—, Gadara —Umm Qais— y Escitópolis —Bet Shean—) que gozaban de un estatus especial y de cierta autonomía dentro del Imperio. La pertenencia a la Decápolis unía a Gerasa con una red de ciudades hermanas y reforzaba su prestigio y su comercio.

Los siglos I y II d.C. fueron la edad de oro de Gerasa. La ciudad se enriqueció enormemente gracias al comercio de las caravanas y a la agricultura de sus fértiles tierras, y ese dinero se tradujo en un ambicioso programa de construcción que dio a la ciudad el aspecto que hoy admiramos. Se trazó el gran Cardo Maximus, la avenida principal flanqueada por columnas; se levantaron el templo de Zeus y el majestuoso templo de Artemisa, dedicado a la diosa patrona de la ciudad; se construyeron dos teatros, termas, un ninfeo monumental, la peculiar Plaza Oval —una forma casi única en el urbanismo romano— y una muralla que rodeaba toda la ciudad.

El momento culminante llegó con la visita del emperador Adriano, que pasó el invierno del año 129-130 d.C. en la región. En su honor, los gerasenos erigieron el gran Arco de Triunfo que todavía hoy recibe al visitante en el extremo sur de la ciudad. Aquella visita imperial fue un símbolo del prestigio alcanzado por Gerasa, una próspera ciudad de provincias que competía en monumentalidad con las grandes urbes del Oriente romano. Su población pudo rondar los 20.000 habitantes en su apogeo.

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Cristianismo, iglesias y la llegada del islam

Con la difusión del cristianismo y la conversión del Imperio, Gerasa se transformó en una ciudad cristiana sin perder su prosperidad. Durante el período bizantino (siglos V y VI d.C.), la ciudad vivió una segunda floración: se construyeron numerosas iglesias —se han identificado más de una docena—, muchas de ellas decoradas con hermosos mosaicos de motivos geométricos, vegetales y figurativos que aún se conservan. Los materiales de los viejos templos paganos, ya en desuso, se reutilizaron para levantar estos templos cristianos, en un proceso que se repitió en toda la región. La ciudad tenía su obispo y era un centro religioso de cierta importancia.

En el año 614, la invasión persa sacudió la región, y pocos años después, en el 636, tras la decisiva batalla del Yarmuk —librada no muy lejos de allí—, los ejércitos musulmanes conquistaron toda esta tierra. Bajo el nuevo poder islámico, y en particular durante el califato omeya con capital en Damasco, Gerasa siguió habitada y conservó parte de su actividad: se ha excavado incluso una mezquita omeya y talleres de cerámica de ese período. La transición del mundo bizantino al islámico fue, en muchos aspectos, gradual y sin grandes rupturas para la vida cotidiana de la ciudad.

El declive, sin embargo, ya se anunciaba. El traslado del centro del poder islámico de los omeyas de Damasco a los abasíes de Bagdad desplazó las rutas y el peso político lejos de la región, y Gerasa empezó a perder importancia y población. La ciudad que durante siglos había prosperado en el cruce de caminos entre Arabia y el Mediterráneo iba quedando, poco a poco, al margen de la historia.

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El gran terremoto y los siglos bajo la arena

El golpe definitivo llegó en el año 749 d.C. Un devastador terremoto sacudió toda la región del valle del Jordán y arruinó buena parte de Gerasa: derribó columnas, templos y edificios, y precipitó el abandono de la ciudad. La población, ya menguada, no tuvo fuerzas ni motivos para reconstruir la gran urbe, y Gerasa se fue despoblando hasta quedar reducida a un caserío insignificante o directamente vacía. Durante las Cruzadas, en el siglo XII, la ciudad estaba tan arruinada que apenas jugó papel alguno; una crónica menciona que fue brevemente fortificada y luego arrasada.

Durante casi mil años, las ruinas de Gerasa quedaron olvidadas y, poco a poco, cubiertas por la arena y la tierra arrastrada por el viento y las lluvias. Paradójicamente, ese abandono y ese manto de arena fueron su salvación: al no ser reocupada ni servir de cantera de forma masiva, la ciudad se conservó bajo tierra mucho mejor que otras urbes antiguas que siguieron habitadas y fueron desmanteladas piedra a piedra. Bajo el suelo dormían intactas las columnas, los pavimentos y los mosaicos, esperando a ser redescubiertos.

Ese redescubrimiento llegó a comienzos del siglo XIX. En 1806, el viajero alemán Ulrich Jasper Seetzen fue uno de los primeros europeos en identificar las ruinas de Gerasa y dar noticia de ellas a Occidente. A lo largo del siglo, otros exploradores confirmaron la magnitud del hallazgo. Las excavaciones sistemáticas empezaron en el siglo XX, y desde entonces han sacado a la luz, y en parte reconstruido, la ciudad que hoy visitamos. La instalación de colonos circasianos en la zona a fines del siglo XIX dio origen, además, a la Jerash moderna que crece junto a las ruinas.

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Jerash hoy: una ciudad romana que revive cada verano

La Jerash de hoy es uno de los grandes tesoros de Jordania y uno de los conjuntos de arquitectura romana provincial mejor conservados del mundo. Las excavaciones y restauraciones de más de un siglo han devuelto a la vista la Plaza Oval, el Cardo con su ninfeo, los templos de Zeus y Artemisa, los dos teatros, el hipódromo y las iglesias bizantinas, permitiendo al visitante caminar por una ciudad antigua casi completa. El yacimiento figura desde hace años en la lista indicativa para ser declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y es una parada obligada en cualquier recorrido por el país.

Cada verano, habitualmente en julio, las ruinas recuperan por unos días su función original de escenario con el Festival de Jerash de Cultura y Artes, uno de los eventos culturales más importantes de Jordania y del mundo árabe. Fundado en 1981 bajo el patrocinio de la reina Noor, el festival llena los teatros antiguos y las plazas de la ciudad con conciertos de música árabe e internacional, danza, poesía, teatro y artesanía. Ver un espectáculo en el Teatro Sur, con las columnas iluminadas de fondo, es una experiencia inolvidable que conecta el presente con los espectáculos que allí se celebraban hace casi dos milenios.

A lo largo del recorrido, es habitual encontrarse con gaiteros y percusionistas vestidos de uniforme que tocan en los teatros: una curiosa herencia de las tradiciones militares británicas en la Jordania del siglo XX, cuya música resuena espectacularmente en la acústica perfecta de las gradas romanas. Entre la piedra dorada, las columnas interminables y esa música inesperada, Jerash ofrece uno de los viajes en el tiempo más completos que se pueden hacer en Oriente Medio: el de una ciudad que prosperó con Roma, rezó con Bizancio, se durmió bajo la arena durante mil años y volvió a la vida para asombro de los viajeros de hoy.

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📚 Bibliografía

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