La historia de Dana empieza mucho antes que su aldea de piedra: empieza bajo tierra, en las vetas de cobre que corren por las tierras bajas de la reserva, en la zona de Feynan y el Wadi Araba. Allí, hace miles de años, el ser humano descubrió y explotó uno de los recursos que cambiarían la civilización: el cobre. Las minas de Feynan son uno de los complejos de minería y fundición de cobre más antiguos y extensos del mundo, con actividad documentada desde el Neolítico y, sobre todo, durante la Edad del Bronce y del Hierro, hace entre cuatro mil y seis mil años.
Durante milenios, generación tras generación, se excavaron aquí galerías, se extrajo el mineral y se fundió en hornos, dejando un paisaje marcado por montañas de escoria (los residuos negros de la fundición) y por los restos de asentamientos, talleres y sistemas de agua. Algunos investigadores han relacionado esta región con reinos y relatos antiguos de la zona, e incluso con episodios bíblicos, dada su enorme importancia como fuente de metal en un mundo que dependía del bronce y luego del hierro para sus herramientas y sus armas.
La explotación continuó en época romana y bizantina, cuando las minas de Feynan fueron trabajadas, según las fuentes, también por prisioneros y condenados en condiciones durísimas. Este pasado minero milenario da a Dana una profundidad histórica que sorprende a quien la visita esperando solo naturaleza: bajo sus paisajes espectaculares late uno de los capítulos más antiguos de la historia de la tecnología humana. Hoy, esas minas se pueden visitar en caminatas guiadas desde el ecolodge de Feynan, un viaje a los orígenes de la metalurgia.
En las tierras altas de la reserva, encaramada al borde de un gran cañón, la aldea de Dana representa otro capítulo de la historia del lugar: el de las comunidades campesinas que habitaron estas montañas durante siglos. El pueblo, con sus características casas de piedra, tomó su forma actual sobre todo en época otomana (siglos XVIII y XIX), aunque el asentamiento humano en la zona es mucho más antiguo, favorecido por los manantiales de agua y por la fertilidad relativa de las laderas.
Los habitantes de Dana vivían de una agricultura de montaña ingeniosa y sostenible: cultivaban huertos y frutales en terrazas escalonadas sobre las laderas del cañón, aprovechando cada gota de agua de los manantiales mediante canales, y criaban cabras y ovejas. Era una vida dura pero adaptada al entorno, en equilibrio con una naturaleza generosa en biodiversidad pero exigente. Durante generaciones, las familias de Dana conocieron cada sendero, cada fuente y cada rincón de estas montañas, un saber que hoy pervive en parte gracias al ecoturismo.
Ese modo de vida tradicional entró en crisis en el siglo XX. La modernización, la falta de oportunidades económicas, la atracción de las ciudades y los cambios en la agricultura provocaron un éxodo rural que fue vaciando la aldea. A mediados y finales del siglo XX, muchas familias emigraron a los pueblos y ciudades cercanos en busca de trabajo, y Dana quedó cada vez más despoblada, con sus casas de piedra abandonándose poco a poco a la ruina. El hermoso pueblo del cañón parecía condenado a desaparecer, como tantas aldeas rurales del país. Pero su historia iba a dar un giro inesperado.
El giro llegó a finales de los años ochenta y principios de los noventa, de la mano de la RSCN, la Real Sociedad para la Conservación de la Naturaleza de Jordania, una organización pionera en la protección del medio ambiente en el país. Consciente del extraordinario valor natural de la zona —su geología, su biodiversidad, sus cuatro zonas bioclimáticas en un solo lugar— y del riesgo de perder tanto la naturaleza como la aldea, la RSCN impulsó la creación de la Reserva de la Biosfera de Dana, establecida en 1989 y desarrollada en los años siguientes hasta convertirse en la mayor reserva natural de Jordania.
Lo que hizo especial el proyecto de Dana no fue solo proteger la naturaleza, sino hacerlo de una manera que beneficiara a la comunidad local, en lugar de expulsarla. La RSCN apostó por un modelo pionero de ecoturismo y desarrollo comunitario: restauró las casas de la aldea, creó alojamientos (la Dana Guesthouse), abrió senderos, formó a guías y guardas locales, y puso en marcha proyectos económicos para los habitantes, como talleres de artesanía (joyería de plata, cerámica), producción de mermeladas y hierbas, y empleos ligados al turismo. La idea era que la conservación de la naturaleza fuera, a la vez, el motor de una nueva vida para la gente de Dana.
El modelo funcionó y se convirtió en un referente internacional de cómo el turismo responsable puede financiar la conservación y dar futuro a las comunidades rurales. Dana ganó premios de ecoturismo y sirvió de inspiración para otras reservas de la RSCN en Jordania. La aldea que agonizaba renació: sus casas de piedra volvieron a llenarse de vida, ahora con viajeros de todo el mundo que vienen a caminar, a observar la naturaleza y a conocer una forma distinta de viajar por el país. Fue un rescate en toda regla, de la naturaleza y de la comunidad a la vez.
La razón de fondo que hace de Dana un tesoro es su extraordinaria biodiversidad, consecuencia de su geografía única. La reserva se extiende desde las tierras altas, a más de 1.500 metros de altura, hasta el fondo del desierto del Wadi Araba, cerca del nivel del mar, salvando un desnivel enorme en una distancia relativamente corta. Ese descenso atraviesa cuatro zonas bioclimáticas distintas —mediterránea de montaña, irano-turania, sahariana y sudanesa—, de modo que en una sola reserva conviven ambientes que en otros lugares estarían separados por miles de kilómetros.
Esa variedad de hábitats se traduce en una riqueza biológica excepcional. Dana alberga cientos de especies de plantas, muchas de ellas raras o endémicas, desde los bosques de enebros y cipreses de las alturas hasta la vegetación desértica de las tierras bajas. Su fauna incluye mamíferos emblemáticos como el íbice o cabra montés de Nubia, el lobo, el zorro, el caracal e incluso, en teoría, esquivos como la hiena rayada; y una avifauna riquísima, con numerosas especies nidificantes y migratorias, que hacen de Dana uno de los mejores lugares de Jordania para la observación de aves, incluidas rapaces. También hay reptiles y una flora adaptada a cada piso de altura.
Esta diversidad es, precisamente, lo que la RSCN trabaja por proteger, y lo que el visitante viene a descubrir en los senderos, guiado a menudo por guardas locales que conocen dónde y cuándo avistar la fauna. Caminar de las cumbres frescas al desierto ardiente en el gran sendero del Wadi Dana es, literalmente, atravesar varios mundos naturales en unas horas. Esa sensación de diversidad y de naturaleza intacta es el corazón de la experiencia de Dana y lo que la distingue de cualquier otro lugar de Jordania.
La Dana de hoy es la mayor reserva natural de Jordania y uno de los símbolos del turismo responsable en Oriente Medio. La aldea restaurada, con sus guesthouses asomadas al cañón, recibe a viajeros de todo el mundo que buscan algo distinto de los grandes monumentos: naturaleza, senderismo, silencio, cielos estrellados y contacto auténtico con la vida local. Los senderos de la reserva —del paseo corto por el cañón al gran trekking hasta Feynan— permiten vivir su asombrosa diversidad de paisajes, y las cooperativas locales ofrecen artesanía y productos que mantienen viva la economía de la comunidad.
En las tierras bajas, el Feynan Ecolodge se ha convertido en un emblema internacional del ecoturismo: un alojamiento sin electricidad, iluminado con velas y alimentado por energía solar, gestionado en estrecha colaboración con las comunidades beduinas de la zona, que trabajan como guías, cocineros y transportistas, y se benefician directamente del turismo. Feynan combina naturaleza, arqueología (las antiguas minas de cobre) y cultura beduina, y aparece regularmente en las listas de los mejores ecolodges del planeta. Es la prueba viva de que se puede ofrecer una experiencia turística memorable respetando el entorno y a la gente.
Dana forma parte también del Jordan Trail, el gran sendero de largo recorrido que atraviesa el país de norte a sur, y es una de las etapas más celebradas de esa travesía, así como punto de partida de rutas de varios días hasta la mismísima Petra por las montañas. Más allá de las cifras y los premios, lo que hace especial a Dana es esa combinación difícil de lograr: una naturaleza protegida y espléndida, una comunidad local que ha encontrado en su cuidado un futuro, y una forma de viajar pausada y respetuosa. En un país célebre por sus piedras milenarias, Dana recuerda que Jordania es también naturaleza, silencio y montaña, y ofrece al viajero uno de sus rincones más serenos y auténticos.