Mucho antes de ser una capital moderna de rascacielos y autopistas, Amán fue una colina fortificada sobre la que se acumularon miles de años de historia. En lo alto del Jabal al-Qal'a, el cerro de la Ciudadela, los arqueólogos han encontrado rastros de ocupación humana que se remontan al Neolítico: muy cerca, en el yacimiento de Ain Ghazal, apareció una de las comunidades agrícolas más antiguas del mundo, de hace unos 9.000 años, cuyas asombrosas estatuas de yeso con grandes ojos hoy se exhiben en el Museo de Jordania.
En la Edad del Bronce y del Hierro, la colina se convirtió en Rabbath Ammon, la capital del reino de los amonitas, un pueblo semita que aparece repetidamente en la Biblia hebrea. Los amonitas fueron vecinos —y a menudo rivales— de los israelitas: los libros de Samuel y de los Reyes narran las guerras entre ambos, y es en el sitio de Rabbath Ammon donde, según el relato bíblico, el rey David envió a la muerte a Urías el hitita para quedarse con su esposa Betsabé. La ciudad amonita, próspera gracias al comercio y a su posición estratégica en las rutas que unían Arabia con Siria, resistió durante siglos las presiones de los grandes imperios de Mesopotamia. Cayó finalmente bajo el dominio asirio, luego babilónico y persa, pero conservó su identidad hasta la llegada de una nueva civilización que le cambiaría el nombre y el rostro: la griega.
Tras las conquistas de Alejandro Magno en el siglo IV a.C., la región cayó bajo la influencia del mundo helenístico. En el siglo III a.C., el rey egipcio Ptolomeo II Filadelfo reconstruyó y embelleció la vieja Rabbath Ammon y le dio un nombre nuevo en su propio honor: Filadelfia, 'la del amor fraterno'. La ciudad se llenó de calles con columnas, templos, teatros y baños al estilo griego, y quedó integrada en el cruce de rutas comerciales que atravesaban la región.
En el año 63 a.C., el general romano Pompeyo incorporó la zona al poder de Roma, y Filadelfia pasó a formar parte de la Decápolis, una liga de diez ciudades grecorromanas de cultura común (entre ellas Gerasa, la actual Jerash, y Gadara, la actual Umm Qais) que gozaban de cierta autonomía y florecían gracias al comercio. Bajo Roma, y sobre todo durante los siglos I y II d.C., Filadelfia vivió su época de esplendor: se construyó el gran teatro que todavía hoy domina el centro de Amán, con capacidad para seis mil espectadores; el Odeón; una vía columnada, un ninfeo monumental y, en lo alto de la Ciudadela, el imponente Templo de Hércules, del que aún quedan columnas gigantescas y los restos de una estatua colosal.
Con la llegada del cristianismo y la partición del Imperio, Filadelfia siguió siendo una ciudad importante en la época bizantina, sede de un obispado, con iglesias de las que quedan restos en la Ciudadela. Pero el mundo estaba a punto de cambiar de nuevo: desde el sur, desde la península arábiga, llegaba una nueva fe y un nuevo poder.
En el año 635, pocos años después de la muerte del profeta Mahoma, los ejércitos musulmanes conquistaron la región y Filadelfia recuperó una versión de su nombre semita antiguo: volvió a llamarse Amán. Bajo el califato omeya, con capital en la cercana Damasco, la ciudad conoció un nuevo período de esplendor. En lo alto de la Ciudadela, los omeyas levantaron en el siglo VIII un gran complejo palaciego, con una monumental sala de audiencias de planta cruciforme y cúpula —hoy reconstruida y uno de los monumentos más fotografiados de Amán—, una mezquita y un sistema de cisternas. Amán era entonces un centro administrativo próspero en las rutas de peregrinación y comercio.
Ese esplendor duró poco. Un terremoto devastador en el año 749 arruinó buena parte de la ciudad, y el traslado del centro del poder islámico de los omeyas de Damasco a los abasíes de Bagdad la dejó al margen de las grandes rutas. A partir de entonces, Amán entró en un largo declive. Durante las Cruzadas quedó en tierra de nadie; bajo los mamelucos y luego los otomanos fue apenas una aldea o quedó directamente despoblada. Durante siglos, las ruinas romanas y omeyas de la colina se alzaron solitarias sobre un lugar casi vacío, cubierto de escombros, ocupado a lo sumo por beduinos de paso. La gran Filadelfia de la Antigüedad se había convertido en un recuerdo entre las piedras.
El renacimiento de Amán empezó de forma inesperada a fines del siglo XIX. En 1878, el Imperio otomano, que buscaba repoblar y controlar la región, asentó en las ruinas de la vieja ciudad a un grupo de refugiados circasianos, un pueblo musulmán del Cáucaso que huía de la conquista rusa de su tierra. Aquellos colonos circasianos —a los que luego se sumarían chechenos— se instalaron entre las columnas romanas, cultivaron los valles y reconstruyeron una comunidad estable. La pequeña Amán volvía a tener habitantes permanentes después de siglos.
El impulso decisivo llegó a principios del siglo XX con el ferrocarril del Hiyaz, la línea que los otomanos construyeron para unir Damasco con Medina y facilitar la peregrinación a La Meca. Amán se convirtió en una de sus estaciones, lo que reactivó su comercio y su población. Durante la Primera Guerra Mundial y la Gran Revuelta Árabe (1916-1918), la región fue escenario de combates entre las fuerzas árabes y otomanas, y el ferrocarril del Hiyaz fue blanco de los ataques de sabotaje en los que participó el célebre oficial británico T. E. Lawrence, 'Lawrence de Arabia'. Al terminar la guerra y desmembrarse el Imperio otomano, estas tierras quedaron bajo mandato británico, y su destino iba a cambiar por completo de la mano de una dinastía llegada de Arabia: los hachemitas.
En 1921, el emir Abdalá bin Husein, hijo del jerife de La Meca y miembro de la dinastía hachemita —que se considera descendiente del profeta Mahoma—, llegó a la región y estableció el Emirato de Transjordania bajo protección británica, con Amán como capital. La elección de aquella pequeña ciudad de unos pocos miles de habitantes, apenas una estación de tren rodeada de ruinas, cambió su historia para siempre. En 1946, Transjordania obtuvo la independencia como Reino Hachemita de Jordania, y Abdalá se convirtió en su primer rey. Amán era, oficialmente, la capital de un país nuevo.
A partir de entonces, la ciudad creció a un ritmo vertiginoso, impulsada sobre todo por las guerras de la vecina Palestina. Tras la creación del Estado de Israel en 1948 y la guerra árabe-israelí, y de nuevo tras la guerra de 1967, cientos de miles de refugiados palestinos se instalaron en Amán y sus alrededores, transformando por completo su tamaño y su composición. A ellos se sumarían, en las décadas siguientes, oleadas de refugiados iraquíes tras las guerras del Golfo y de Irak, y de sirios tras la guerra civil que estalló en 2011. Cada oleada dejó su huella en la ciudad, que pasó de unos pocos miles de habitantes a comienzos del siglo XX a varios millones en su área metropolitana un siglo después.
El reino hachemita, gobernado por Abdalá I, luego por su nieto Husein durante casi medio siglo y desde 1999 por Abdalá II, logró mantener a Jordania como un remanso de relativa estabilidad en una región convulsa. Amán es hoy el reflejo de esa historia singular: una metrópolis moderna, ordenada y cosmopolita, con universidades, hospitales, arte y una vida cultural vibrante, construida sobre las colinas donde amonitas, griegos, romanos y omeyas dejaron sus huellas. Una ciudad que renació de sus ruinas hace apenas un siglo y que se ha convertido en una de las grandes capitales del mundo árabe, fiel a su vieja fama de tierra hospitalaria en el cruce de caminos entre Arabia, Siria y el Mediterráneo.