Hay una foto en blanco y negro que resume el origen de Tel Aviv: un grupo de familias reunidas sobre una duna vacía, un día de abril de 1909, sorteando parcelas de arena con conchas marinas. Sesenta y seis familias judías, hartas del hacinamiento y de los alquileres de la vieja Jaffa, habían decidido fundar su propio barrio moderno al norte de la ciudad portuaria. Repartieron los lotes por sorteo, sobre las dunas, y empezaron a construir un barrio-jardín de casas bajas y calles anchas. Aquel puñado de casas fue el germen de lo que hoy es la mayor metrópoli de Israel.
El nuevo barrio se llamó primero Ahuzat Bayit, pero al año siguiente adoptó el nombre de Tel Aviv, 'colina de la primavera', tomado del título hebreo de una novela utópica de Theodor Herzl, el padre del sionismo político. El nombre era todo un programa: 'tel' (colina, montículo arqueológico, lo antiguo) y 'aviv' (primavera, lo nuevo); la vieja tierra y la vida nueva. Tel Aviv se concibió, desde el primer día, como la primera ciudad hebrea moderna, laica y planificada, un símbolo del renacimiento nacional judío.
Mientras Jerusalén era la ciudad de la fe y la historia, Tel Aviv nacía como la ciudad del futuro, del comercio, del hebreo hablado en la calle y de una cultura secular. Creció a un ritmo vertiginoso: en apenas dos décadas pasó de un barrio a una ciudad de decenas de miles de habitantes, impulsada por las sucesivas oleadas de inmigración judía a la Palestina otomana y, luego, bajo el Mandato británico.
En los años 30, Tel Aviv vivió su gran transformación arquitectónica, ligada a un drama europeo. Con el ascenso del nazismo en Alemania y el cierre de la mítica escuela de diseño Bauhaus en 1933, muchos arquitectos judíos formados en ese ambiente racionalista emigraron a Palestina. Trajeron consigo las ideas del Movimiento Moderno —funcionalidad, líneas limpias, ausencia de ornamento, el 'menos es más'— y las aplicaron a una ciudad que crecía a toda velocidad y necesitaba miles de viviendas.
El resultado fue un conjunto único en el mundo: más de cuatro mil edificios de estilo internacional o Bauhaus, adaptados con inteligencia al clima mediterráneo. Los arquitectos sustituyeron las grandes cristaleras del norte de Europa por ventanas pequeñas y alargadas para el calor, añadieron balcones corridos para dar sombra y aprovechar la brisa marina, elevaron los edificios sobre pilotes para que circulara el aire y pintaron las fachadas de blanco o colores claros para reflejar el sol. De ahí el apodo de 'Ciudad Blanca'.
Ese patrimonio, durante décadas descuidado, fue revalorizado a partir de los años 80 y 90, y en 2003 la Unesco declaró la Ciudad Blanca de Tel Aviv Patrimonio de la Humanidad, reconociéndola como la mayor concentración de arquitectura del Movimiento Moderno del planeta. Hoy, edificios restaurados que relucen conviven con otros descascarados a la espera de su turno, en un paseo al aire libre por la historia del diseño del siglo XX que tiene su eje en el bulevar Rothschild.
Tel Aviv ocupa un lugar central en el nacimiento del Estado de Israel. A medida que se acercaba el fin del Mandato británico sobre Palestina y crecía la tensión entre las comunidades judía y árabe, la ciudad se consolidó como el corazón político y demográfico del movimiento sionista. En noviembre de 1947, la ONU aprobó un plan de partición de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe; el plan fue aceptado por los líderes judíos y rechazado por los árabes.
El 14 de mayo de 1948, pocas horas antes de que expirara el Mandato británico, David Ben Gurión se puso de pie en el salón de una antigua casa del bulevar Rothschild —hoy la Casa de la Independencia— y leyó la Declaración de Independencia del Estado de Israel. El acto se celebró en Tel Aviv, y no en Jerusalén, por razones de seguridad: la Ciudad Santa estaba entonces cercada y en disputa. Al día siguiente estalló la primera guerra árabe-israelí, y Tel Aviv, apenas nacida como capital provisional del nuevo Estado, sufrió bombardeos.
Durante los primeros años del Estado, Tel Aviv fue sede del gobierno y del joven parlamento, hasta que las instituciones se trasladaron a Jerusalén. La ciudad recibió, además, una enorme oleada de inmigrantes: supervivientes del Holocausto llegados de Europa y cientos de miles de judíos procedentes de países árabes y de todo el mundo, que transformaron su tejido social. En 1950, Tel Aviv se fusionó administrativamente con la vecina Jaffa —el antiguo puerto árabe del que había nacido— para formar el municipio unificado de Tel Aviv-Yafo.
En la segunda mitad del siglo XX, Tel Aviv se consolidó como el centro económico, financiero y cultural de Israel. Mientras Jerusalén conservaba el peso simbólico y religioso, Tel Aviv se ganó la fama de ciudad abierta, laica, hedonista y creativa: la ciudad de la playa, el teatro, la música, la moda y la vida nocturna. Se la empezó a llamar, no sin ironía, 'la burbuja': un lugar donde la vida cotidiana transcurre, en apariencia, al margen de las tensiones políticas y del conflicto que marca la región.
La ciudad desarrolló una intensa vida cultural: el Museo de Arte de Tel Aviv, la Ópera, la Filarmónica de Israel, la célebre compañía de danza Batsheva y una escena teatral en hebreo de gran prestigio. También se convirtió en un referente de tolerancia y diversidad, con una de las comunidades LGBT+ más visibles y celebradas del mundo, cuya marcha del Orgullo atrae cada verano a cientos de miles de personas de todas partes. La gastronomía israelí, mezcla de tradiciones judías de Europa, el norte de África y Oriente Próximo con producto mediterráneo, floreció aquí hasta situarse entre las más creativas del planeta.
Su skyline cambió con la llegada de los rascacielos a partir de los años 90, y su economía se transformó con el auge tecnológico: el área metropolitana de Tel Aviv es el corazón del llamado 'Silicon Wadi', uno de los mayores polos mundiales de start-ups e innovación, con miles de empresas emergentes por habitante. La ciudad joven de las dunas se había convertido en una capital global de la tecnología, sin perder su alma mediterránea.
La Tel Aviv del siglo XXI es una metrópoli cosmopolita de casi medio millón de habitantes en la ciudad y varios millones en su área metropolitana, la mayor concentración urbana de Israel. Es el motor económico del país, sede de la Bolsa, de bancos, de multinacionales tecnológicas y de una efervescente escena de start-ups. También es un destino turístico de primer orden, elogiado por su ambiente relajado, sus playas, su gastronomía y su vida nocturna, que le han valido el apodo de 'la ciudad que nunca duerme'.
Como el resto de Israel, Tel Aviv está inevitablemente marcada por el contexto de una región en conflicto, y a lo largo de las décadas ha vivido momentos difíciles y episodios de violencia. Aun así, su carácter abierto y su pulso vital han resistido, y la ciudad sigue siendo un símbolo de la cara laica, moderna y tolerante del país, a menudo en contraste —y en tensión— con la Jerusalén religiosa y conservadora.
Para el viajero, Tel Aviv es una sorpresa luminosa: una ciudad joven de poco más de cien años que combina el legado Bauhaus, el mar Mediterráneo, los mercados llenos de vida, los barrios bohemios como Neve Tzedek y Florentin, y una energía creativa contagiosa. Y a sus pies, integrada en el mismo municipio, sigue latiendo Jaffa, el puerto milenario del que nació, uniendo en una sola postal lo más antiguo y lo más nuevo de esta tierra.