Cuesta imaginar que uno de los nombres de lugar más famosos del mundo perteneciera, hace dos mil años, a una aldea diminuta y sin importancia. Y sin embargo así era. En el siglo I de nuestra era, cuando según los Evangelios vivió aquí Jesús, Nazaret era un pequeño poblado agrícola de las colinas de la Baja Galilea, con quizás unos pocos cientos de habitantes: casas de piedra y adobe, cisternas, lagares y silos excavados en la roca, campos de olivos, viñas y cereal. Ni siquiera aparece mencionada en las fuentes judías antiguas ni en la Biblia hebrea; era un lugar tan modesto que en el propio Evangelio de Juan un personaje pregunta con escepticismo si de Nazaret puede salir algo bueno.
El contraste con sus alrededores era notable. A apenas seis kilómetros se levantaba Séforis (Tzipori), una ciudad rica y populosa, capital de la región, que en aquella época estaba siendo reconstruida con esplendor grecorromano. Nazaret vivía a su sombra, como una aldea de campesinos y artesanos. Precisamente ese carácter humilde encaja con la imagen evangélica de la infancia de Jesús en una familia de trabajadores, con José el carpintero.
Para la fe cristiana, esta aldea es el escenario de un momento central: la Anunciación, cuando el ángel Gabriel comunica a María que será la madre de Jesús. Nazaret es también donde, según los Evangelios, Jesús crece, aprende el oficio y, ya adulto, es rechazado por sus propios vecinos al predicar en la sinagoga. De aldea ignota a cuna de una de las grandes religiones del mundo: ese es el salto extraordinario que dio Nazaret. Conviene recordar que buena parte de lo que sabemos de aquel Nazaret procede de los relatos evangélicos y de la arqueología, y que la historia de este periodo se mueve entre la fe y el dato.
Durante los primeros siglos, Nazaret siguió siendo una población de mayoría judía en Galilea, sin especial relieve. Su transformación en lugar de peregrinación cristiana fue gradual y se aceleró a partir del siglo IV, cuando el Imperio romano se hizo cristiano y comenzó la 'redescubierta' de los lugares santos de Tierra Santa, impulsada por peregrinos y por la corte imperial (fue la época en que Santa Elena, madre del emperador Constantino, promovió la identificación de sitios ligados a la vida de Jesús).
En la época bizantina (siglos IV a VII) se levantaron en Nazaret las primeras iglesias sobre los lugares venerados: el de la Anunciación y otros asociados a la Sagrada Familia. La ciudad empezó a recibir peregrinos cristianos, aunque mantuvo durante tiempo una población judía significativa. Los relatos de viajeros de la época mencionan ya sus santuarios. Así, capa sobre capa, se fue construyendo la Nazaret sagrada que conocemos: cada iglesia posterior se edificaba sobre los cimientos de la anterior, en el mismo punto señalado por la tradición.
Con la conquista musulmana de la región en el siglo VII, Nazaret pasó a estar bajo dominio islámico, como el resto de Palestina. La ciudad continuó siendo un lugar de culto cristiano y de convivencia, en una tierra donde a partir de entonces se cruzarían de forma permanente las tres grandes religiones monoteístas.
La Edad Media trajo a Nazaret uno de sus periodos más intensos y también uno de los más trágicos. Cuando los cruzados conquistaron Tierra Santa a finales del siglo XI, Nazaret cobró de nuevo protagonismo: el normando Tancredo la convirtió en capital de un principado cristiano en Galilea, y se construyó una gran iglesia sobre el lugar de la Anunciación. La ciudad se llenó de clero, peregrinos y edificaciones, y volvió a ser un centro cristiano de primer orden en Oriente.
Ese esplendor fue frágil. Con el reflujo de las Cruzadas y el avance de los poderes musulmanes, Nazaret cambió de manos varias veces. El golpe definitivo llegó en 1263, cuando el sultán mameluco de Egipto, Baybars, tomó la ciudad y su población cristiana sufrió una violenta represión, con matanzas y la destrucción de sus iglesias. Durante generaciones, Nazaret quedó reducida de nuevo a un lugar modesto y marcado por la inseguridad, con una presencia cristiana muy mermada.
Este vaivén —auge cristiano en época cruzada, destrucción en época mameluca— dejó a la ciudad, durante los siglos siguientes, como una pequeña población en la que apenas se conservaba el recuerdo de sus santuarios. Habría que esperar a la época otomana para que Nazaret renaciera.
Tras la conquista otomana de la región en el siglo XVI, Nazaret siguió siendo durante un tiempo una población pequeña. Su gran renacer llegó en el siglo XVIII, de la mano de un poderoso gobernante local de Galilea, Zahir al-Umar, que dominó buena parte del norte de la actual Israel de manera casi autónoma. Zahir al-Umar favoreció la seguridad y el comercio en su territorio y, de forma decisiva para Nazaret, permitió y alentó el retorno y la instalación de comunidades cristianas y la reconstrucción de sus templos.
Bajo ese impulso, los franciscanos —custodios de los lugares santos— y otras órdenes y confesiones cristianas (griegos ortodoxos, melquitas, maronitas, luego también protestantes y otras) fueron levantando iglesias, conventos, escuelas y hospederías. Nazaret volvió a convertirse en un centro de peregrinación y en una ciudad cristiana pujante dentro del mosaico religioso de la Galilea otomana, aunque siempre en convivencia con la población musulmana. En el siglo XIX, con el auge de las peregrinaciones europeas y de las misiones, la ciudad creció y se dotó de instituciones que todavía hoy funcionan.
De aquella época otomana proceden buena parte del casco antiguo actual —sus casas de piedra, sus callejones, el zoco— y monumentos como la Mezquita Blanca, de finales del siglo XVIII, concebida como símbolo de tolerancia entre las comunidades. La Nazaret que hoy recorre el viajero, con iglesias de muchas confesiones y una mezquita en el corazón del casco antiguo, es en gran medida heredera de ese renacer.
El siglo XX transformó por completo el marco político de Nazaret. Tras el fin del Imperio otomano en la Primera Guerra Mundial, la región quedó bajo el Mandato británico de Palestina. En 1948, con la guerra que siguió a la creación del Estado de Israel, Nazaret quedó dentro de las fronteras del nuevo Estado. A diferencia de muchas otras localidades árabes, la ciudad no fue despoblada: mantuvo a su población árabe y recibió además a numerosos desplazados de pueblos de los alrededores, lo que hizo crecer notablemente su tamaño. Es un periodo sensible y todavía objeto de relatos e interpretaciones distintas —israelí y palestina—, que esta guía procura presentar con neutralidad y respeto por todas las partes.
En las décadas siguientes, junto a la Nazaret histórica creció una ciudad vecina de mayoría judía, Nazaret Illit (hoy llamada Nof HaGalil), en las colinas de alrededor, de modo que la zona alberga hoy dos municipios diferenciados. La Nazaret histórica, por su parte, se consolidó como el gran centro de la población árabe de Israel.
Hoy Nazaret es la ciudad de mayoría árabe más grande del país, con unos 75.000 habitantes, y es considerada una especie de 'capital' cultural, comercial y política de los árabes ciudadanos de Israel. Su población es mayoritariamente musulmana, con una importante y muy visible minoría cristiana (en torno a un tercio). Esa convivencia, no exenta de tensiones pero secular, se refleja en su paisaje urbano: la gran Basílica de la Anunciación y decenas de iglesias de distintas confesiones junto a mezquitas y al bullicio del zoco.
Para el viajero, Nazaret ofrece una doble experiencia: la del peregrino que sigue las huellas de la infancia de Jesús en los lugares santos, y la del visitante que descubre una ciudad árabe viva, con una gastronomía celebrada, una escena cultural propia y una historia de siglos de mezcla. En una región marcada por un conflicto de fondo aún abierto, Nazaret invita a acercarse con curiosidad, sensibilidad y respeto por todas sus comunidades.