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Historia de Masada

Una roca inexpugnable y el rey que la convirtió en palacio

Masada es, ante todo, un accidente geográfico extraordinario: una meseta rocosa de cima plana, aislada por acantilados de más de 400 metros que caen a pico hacia el desierto de Judea y el Mar Muerto. Su nombre viene del hebreo 'metzuda', que significa fortaleza. Cualquiera que la mire entiende de inmediato por qué, desde muy antiguo, se pensó en ella como refugio: es prácticamente inaccesible, y desde arriba se domina todo el horizonte.

La primera fortificación conocida la levantaron los gobernantes asmoneos, la dinastía judía que reinó en la región en los siglos II y I a.C. Pero quien transformó Masada en un lugar monumental fue el rey Herodes el Grande, el gran constructor de la Judea romana. Entre los años 37 y 31 a.C., Herodes —siempre temeroso de sus enemigos internos y de una posible invasión— convirtió la cima en un complejo defensivo y palaciego de una ambición asombrosa.

Mandó construir dos palacios, uno de ellos colgado en tres terrazas del acantilado norte, con frescos y baños al estilo romano; almacenes para guardar comida y armas; una muralla que rodeaba toda la meseta; y, sobre todo, un ingeniosísimo sistema de captación de agua que recogía las crecidas ocasionales del desierto y las almacenaba en cisternas gigantescas excavadas en la roca. Con todo eso, Masada podía albergar a mucha gente y resistir un asedio prolongado en pleno desierto. Herodes murió sin haber necesitado nunca su refugio, pero la fortaleza quedó lista para un episodio que él jamás imaginó.

La Gran Revuelta y los rebeldes de Masada

En el año 66 d.C., el descontento de la población judía de Judea con el dominio romano estalló en una guerra abierta: la Gran Revuelta. Durante cuatro años, los rebeldes resistieron el poder de Roma, hasta que en el 70 d.C. las legiones del futuro emperador Tito tomaron Jerusalén, saquearon la ciudad y destruyeron el Segundo Templo, un golpe devastador para el judaísmo cuya memoria perdura hasta hoy.

Aun después de la caída de Jerusalén, quedaron focos de resistencia. Uno de ellos fue Masada, tomada al comienzo de la revuelta por un grupo de rebeldes radicales conocidos como los sicarios (por la 'sica', el puñal que usaban). Tras la destrucción de Jerusalén, más rebeldes y sus familias se refugiaron en la fortaleza, aprovechando sus defensas y sus reservas de agua y comida. Durante un tiempo, Masada fue el último bastión importante de la revuelta.

Los sicarios eran una facción intransigente, y las fuentes antiguas —el historiador Josefo, sobre todo— no los presentan como héroes idealizados, sino como un grupo violento que también atacó a otras comunidades judías. Reconstruir con exactitud quiénes eran y qué hicieron es difícil, porque dependemos casi por completo de un único relato escrito años después. Lo que sí es seguro es que, hacia el año 73 d.C., Roma decidió que ese último foco no podía quedar en pie, y envió a la Décima Legión a acabar con él.

El asedio: la maquinaria de Roma contra la montaña

El asedio de Masada, en el año 73-74 d.C., es uno de los ejemplos mejor conservados del mundo del arte militar romano, y su huella todavía es visible en el desierto. La Décima Legión, al mando de Flavio Silva, rodeó la montaña con un muro de circunvalación —una muralla continua que aislaba por completo la fortaleza— y estableció alrededor ocho campamentos, cuyos contornos aún se distinguen desde la cima.

Como la meseta era inexpugnable por asalto directo, los romanos recurrieron a la ingeniería: construyeron contra la ladera oeste una gigantesca rampa de tierra, piedra y madera, subiendo el terraplén metro a metro hasta alcanzar la altura de la muralla. Por esa rampa hicieron subir una torre de asedio y un ariete con los que finalmente abrieron una brecha en la defensa. La obra, según los relatos, se hizo en buena parte con trabajo forzado, y llevó meses.

Según Josefo, cuando los romanos se disponían a lanzar el asalto final, los defensores incendiaron parte de la fortaleza y tomaron una decisión extrema. Al entrar al día siguiente, los legionarios no encontraron resistencia: hallaron a los sitiados muertos. Este es el punto donde la historia comprobable y el relato transmitido se separan, y donde empieza uno de los grandes debates de la arqueología y la historiografía de la región.

El relato de Josefo y lo que la arqueología puede y no puede probar

Todo lo que sabemos del final de Masada proviene de una sola fuente antigua: Flavio Josefo, un general judío que se pasó al bando romano durante la guerra y luego escribió, en Roma, su obra 'La guerra de los judíos'. Josefo no presenció el asedio; lo narró décadas después, probablemente a partir de informes romanos y de su propia elaboración literaria. Según su relato, los casi mil defensores de Masada —hombres, mujeres y niños—, al ver perdida la resistencia, decidieron quitarse la vida antes que caer esclavos: los hombres mataron a sus familias, se sortearon entre ellos quiénes ejecutarían a los demás, y el último se suicidó. Josefo pone en boca del líder, Eleazar ben Yair, dos discursos elocuentes en favor de esa elección.

Ese relato es poderosísimo, pero hay que tratarlo con cautela. Josefo escribía con intenciones políticas y morales, dominaba los recursos de la retórica clásica y sus discursos son claramente una composición literaria: nadie pudo transmitirle palabra por palabra lo dicho por hombres que, según él mismo, murieron todos. Además, las excavaciones del siglo XX no hallaron los restos de un suicidio colectivo masivo: aparecieron muy pocos esqueletos, cuya identificación y significado siguen discutidos.

Las excavaciones dirigidas por el arqueólogo y militar israelí Yigael Yadin en los años sesenta confirmaron la fortaleza herodiana, el asedio, la rampa, la sinagoga y numerosos objetos, y dieron a Masada una enorme visibilidad. Pero varios especialistas han señalado que Yadin y su época interpretaron los hallazgos a la luz del relato heroico, y hoy historiadores y arqueólogos como Jodi Magness sostienen que la arqueología no puede ni confirmar ni desmentir el suicidio colectivo. En suma: el asedio ocurrió, la fortaleza cayó, pero el desenlace exacto que narra Josefo pertenece más al terreno del relato que al de los hechos comprobados. Reconocer esa distinción no le quita interés al sitio; al contrario, lo vuelve más honesto.

De símbolo nacional a Patrimonio de la Humanidad

En el siglo XX, mucho antes y después de la creación del Estado de Israel en 1948, Masada se convirtió en un símbolo nacional de primer orden. El relato de un puñado de rebeldes que resistieron hasta el final antes que someterse encajaba con la idea de un pueblo dispuesto a defender su libertad, y la fortaleza se transformó en un lugar de peregrinación cívica. Durante años, unidades del ejército israelí realizaron allí ceremonias de juramento, con la consigna de que 'Masada no volverá a caer'.

Con el tiempo, ese uso simbólico fue objeto de revisión crítica. Historiadores y educadores señalaron los riesgos de construir un mito nacional sobre un episodio conocido por una sola fuente y de exaltar como modelo un final tan trágico y ambiguo, protagonizado además por una facción radical. El llamado 'mito de Masada' —la distancia entre el relato heroico popularizado y lo que las fuentes y la arqueología permiten afirmar— pasó a ser tema de estudio en sí mismo. Hoy, en Israel, la lectura del sitio es más matizada y menos triunfalista que en las primeras décadas.

Más allá de esos debates, el valor del lugar es indiscutible. En 2001, la Unesco declaró Masada Patrimonio de la Humanidad, tanto por los restos del palacio-fortaleza de Herodes como por el conjunto excepcional de obras de asedio romanas que la rodean, únicas en su estado de conservación. Para el viajero de hoy, Masada ofrece las tres cosas a la vez: un paisaje sobrecogedor, una lección de arqueología e ingeniería antiguas, y una invitación a pensar con cuidado sobre cómo se construyen los relatos con los que los pueblos se cuentan a sí mismos. Se puede admirar el lugar y, al mismo tiempo, mirar su historia con espíritu crítico.

Wikipedia (EN) — «Masada myth»: https://en.wikipedia.org/wikUNESCO — Masada: https://whc.unesco.org/en/list/1040/

📚 Bibliografía

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