Hay pocos lugares en la Tierra donde tanta historia, tanta fe y tanta disputa se concentren en tan poco espacio. En apenas un kilómetro cuadrado de murallas, Jerusalén reúne el sitio más sagrado del judaísmo, uno de los más sagrados del cristianismo y el tercero más sagrado del islam. Es, a la vez, una ciudad viva de casi un millón de habitantes y un símbolo por el que se han librado guerras durante tres mil años. Comprender su historia es comprender buena parte de la historia de Occidente y de Oriente Próximo.
Esta página cuenta esa historia con neutralidad y con fuentes, sin tomar partido en el conflicto que hoy enfrenta a israelíes y palestinos por la ciudad. Jerusalén es reclamada como capital por el Estado de Israel, que la administra en su totalidad desde 1967, y por los palestinos, que reivindican su parte oriental como capital de un futuro Estado. La mayoría de los países y de la comunidad internacional no reconoce la soberanía sobre la ciudad como una cuestión zanjada, y considera su estatus final un tema a resolver mediante negociación. Nombraremos los hechos y las distintas tradiciones tal como cada comunidad las entiende, con el mayor respeto por su importancia para el judaísmo, el cristianismo y el islam por igual.
El nombre mismo de la ciudad refleja esa densidad: Yerushalayim en hebreo, Al-Quds ('la Santa') en árabe. Y su geografía sagrada gira en torno a una colina, la explanada que los judíos llaman Monte del Templo y los musulmanes Haram al-Sharif, el epicentro de casi todo lo que aquí ha ocurrido.
Los orígenes de Jerusalén se pierden en la Antigüedad. Hubo asentamientos junto al manantial de Guijón, en la actual Ciudad de David, desde hace más de cinco mil años, y la ciudad aparece mencionada como Urusalim en documentos egipcios del segundo milenio antes de nuestra era, cuando era una plaza cananea. Según el relato bíblico —fuente central para el judaísmo y el cristianismo—, hacia el año 1000 a.C. el rey David la conquistó y la convirtió en capital de un reino unificado de Israel, y su hijo Salomón levantó allí el Primer Templo, el santuario que albergaba el Arca de la Alianza. Los historiadores debaten la magnitud exacta de aquel reino, pero coinciden en que Jerusalén fue un centro israelita importante en esa época.
En el año 586 a.C., el rey babilonio Nabucodonosor II conquistó la ciudad, destruyó el Templo de Salomón y deportó a buena parte de la población a Babilonia: es el famoso exilio babilónico. Décadas después, bajo el imperio persa, los judíos pudieron regresar y reconstruir el santuario, el llamado Segundo Templo. Siglos más tarde, ya bajo dominio romano, el rey Herodes el Grande amplió y embelleció ese Segundo Templo hasta convertirlo en uno de los edificios más imponentes del mundo antiguo, sobre una gran explanada sostenida por enormes muros de contención.
En tiempos de Herodes y de sus sucesores vivió, predicó y murió en Jerusalén Jesús de Nazaret, cuya crucifixión y, según la fe cristiana, resurrección en esta ciudad harían de ella el corazón geográfico del cristianismo. Pocas décadas después, en el año 70 d.C., durante la Gran Revuelta judía contra Roma, las legiones del futuro emperador Tito tomaron Jerusalén y arrasaron el Segundo Templo. De aquella explanada solo quedó en pie parte de sus muros de contención; el tramo occidental es hoy el Muro Occidental o Muro de los Lamentos, el lugar más sagrado en el que pueden rezar los judíos.
Tras la destrucción del Templo, y sobre todo después de aplastar una segunda gran rebelión judía —la de Bar Kojba, hacia el 132-135 d.C.—, el emperador Adriano decidió borrar el carácter judío de la ciudad: la refundó como colonia romana con el nombre de Aelia Capitolina, prohibió a los judíos vivir en ella y levantó templos paganos. Durante casi dos siglos, Jerusalén fue una ciudad romana más, y buena parte del trazado en cuadrícula de la actual Ciudad Vieja procede de aquel plano romano.
El gran giro llegó en el siglo IV, cuando el emperador Constantino adoptó el cristianismo. Su madre, Santa Elena, viajó a Jerusalén hacia el año 326 y, según la tradición, identificó los lugares de la crucifixión y la sepultura de Jesús; sobre ellos se construyó la primera iglesia del Santo Sepulcro. Jerusalén se convirtió entonces en una gran ciudad cristiana y en meta de peregrinación de todo el Imperio, llena de iglesias, monasterios y hospederías para peregrinos. Bajo el dominio del Imperio bizantino (la continuación oriental de Roma), la ciudad vivió siglos de esplendor cristiano, interrumpidos por una breve y violenta conquista persa en el 614.
Ese mundo cambió para siempre en el año 638, cuando Jerusalén se rindió al califa Omar, pocos años después de la muerte del profeta Mahoma. Comenzaba así el largo período islámico de la ciudad. La tradición musulmana ya veneraba Jerusalén: según el Corán y los relatos posteriores, desde la roca de la explanada del antiguo Templo, Mahoma habría realizado su 'viaje nocturno' y su ascensión a los cielos. Por eso, a finales del siglo VII, el califa omeya Abd al-Malik mandó construir sobre esa roca la Cúpula de la Roca, con su inconfundible cúpula dorada, y poco después se levantó la mezquita de Al-Aqsa. Jerusalén pasaba a ser una de las ciudades santas del islam, un rango que conserva hasta hoy.
Durante la Edad Media, Jerusalén fue disputada con ferocidad. En 1099, tras un largo asedio, los caballeros de la Primera Cruzada tomaron la ciudad y masacraron a buena parte de sus habitantes musulmanes y judíos; fundaron el Reino cruzado de Jerusalén, convirtieron la Cúpula de la Roca en iglesia y la mezquita de Al-Aqsa en cuartel y palacio. El dominio cruzado duró menos de un siglo: en 1187, el sultán Saladino, líder musulmán de origen kurdo, reconquistó la ciudad, esta vez sin matanza, y devolvió los santuarios de la explanada al culto islámico. Todavía hubo idas y vueltas —incluida una entrega pactada a los cristianos en el siglo XIII—, pero el poder musulmán acabó imponiéndose de forma duradera.
Desde mediados del siglo XIII, Jerusalén quedó bajo el sultanato mameluco de Egipto, que la llenó de escuelas coránicas (madrasas), fuentes y edificios de bella arquitectura, aunque perdió peso político frente a otras capitales. Y en 1517, la ciudad pasó a manos del Imperio otomano, que la gobernaría durante cuatrocientos años. El sultán Solimán el Magnífico mandó reconstruir, hacia 1537-1541, las murallas que todavía hoy rodean la Ciudad Vieja: los imponentes muros de piedra dorada, con sus puertas —la de Damasco, la de Jaffa, la de Herodes— que vemos al recorrerla son, en gran parte, obra suya.
Durante los siglos otomanos, Jerusalén fue una ciudad relativamente pequeña y provinciana, pero profundamente cosmopolita en lo religioso: convivían comunidades musulmanas, judías y cristianas de muchos ritos, cada una con su barrio, sus lugares santos y sus peregrinos. Fue en esa época cuando se consolidó el delicado 'statu quo' que aún hoy reparte, capilla por capilla, la iglesia del Santo Sepulcro entre seis confesiones cristianas. A partir del siglo XIX, con la llegada de cónsules europeos, misioneros, científicos y las primeras oleadas de inmigración judía, la ciudad empezó a crecer más allá de sus murallas y a modernizarse.
En 1917, durante la Primera Guerra Mundial, las tropas británicas al mando del general Allenby tomaron Jerusalén y pusieron fin a cuatro siglos de dominio otomano. Tras la guerra, la Sociedad de Naciones otorgó a Gran Bretaña el Mandato sobre Palestina. Fueron décadas de crecimiento pero también de tensión creciente entre la comunidad árabe palestina y una población judía en aumento por la inmigración (el movimiento sionista), en un contexto marcado en Europa por el ascenso del nazismo y, después, por el Holocausto, en el que fueron asesinados seis millones de judíos.
En 1947, ante la imposibilidad de conciliar las aspiraciones de ambas comunidades, la ONU aprobó un plan de partición de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe, con Jerusalén bajo un régimen internacional especial por su carácter sagrado. El plan fue aceptado por los líderes judíos y rechazado por los árabes. Al retirarse los británicos, en mayo de 1948, se proclamó el Estado de Israel y estalló la primera guerra árabe-israelí. Cuando terminó, Jerusalén quedó dividida: Israel controlaba la parte occidental (moderna) y Jordania, la parte oriental, que incluye la Ciudad Vieja con sus lugares santos. Una línea de alambradas y campos minados, la 'línea verde', partió la ciudad en dos durante diecinueve años.
Esa división terminó en junio de 1967, con la Guerra de los Seis Días: Israel tomó Jerusalén Este y la Ciudad Vieja, y poco después extendió su ley y administración a toda la ciudad, un paso que la mayor parte de la comunidad internacional no reconoce. La toma de la Ciudad Vieja permitió a los judíos volver a rezar en el Muro Occidental, del que habían estado apartados desde 1948, un momento de enorme carga emocional. La administración del recinto sagrado de la explanada quedó, sin embargo, en manos de una institución islámica (el Waqf), en un statu quo que sigue vigente y que es objeto de tensiones periódicas.
La Jerusalén del siglo XXI es una ciudad grande, moderna y profundamente dividida en su identidad. En el oeste predomina la población judía israelí; en el este, la población árabe palestina; y en la Ciudad Vieja conviven, no siempre sin fricciones, las comunidades de las tres religiones. Israel considera a Jerusalén, en su totalidad, su capital 'única e indivisible', y allí tiene su parlamento, su Corte Suprema y sus ministerios. Los palestinos reivindican Jerusalén Este como capital de un futuro Estado de Palestina.
La cuestión del estatus de la ciudad es uno de los nudos más difíciles del conflicto israelí-palestino y de la diplomacia mundial. Durante décadas, casi todos los países mantuvieron sus embajadas en Tel Aviv, y no en Jerusalén, precisamente para no prejuzgar ese estatus, que la ONU considera pendiente de una solución negociada. En los últimos años, algunos países —empezando por Estados Unidos en 2018— trasladaron su embajada a Jerusalén, una decisión celebrada por Israel y rechazada por los palestinos y por buena parte de la comunidad internacional. La Ciudad Vieja y sus alrededores, ocupados en 1967, son considerados territorio ocupado por la mayoría de los Estados. Esta guía se limita a describir estas posiciones sin respaldar ninguna.
Más allá de la política, Jerusalén sigue siendo, ante todo, una ciudad santa y viva. Cada año millones de peregrinos y viajeros de todo el mundo recorren sus calles: judíos que rezan ante el Muro, cristianos que siguen la Vía Dolorosa hasta el Santo Sepulcro, musulmanes que acuden a Al-Aqsa. Conviven allí el fervor y la vida cotidiana, los conflictos y una convivencia milenaria que, pese a todo, no se ha roto. Para el viajero que la recorre con respeto y con los ojos abiertos, Jerusalén sigue siendo lo que ha sido durante tres mil años: uno de los lugares más intensos y significativos del planeta.