La historia de Haifa empieza, en realidad, con una montaña. El monte Carmelo, la cadena verde que se asoma al Mediterráneo y sobre cuyas laderas se extiende la ciudad, es un lugar cargado de sacralidad desde la más remota Antigüedad. Sus laderas guardan algunas de las cuevas habitadas por humanos más antiguas de la región —con restos de decenas de miles de años, hoy protegidos como Patrimonio de la Humanidad—, y ya en la Antigüedad el monte era venerado como sagrado por distintos pueblos.
La Biblia hebrea liga el Carmelo a uno de sus episodios más dramáticos: aquí, según el Libro de los Reyes, el profeta Elías se enfrentó a los cuatrocientos cincuenta profetas del dios Baal en un desafío ante el pueblo, demostrando el poder de su Dios, y aquí se refugió luego en una cueva. Esa tradición hizo del Carmelo un lugar de peregrinación y retiro espiritual durante siglos, y siglos más tarde, en la Edad Media, daría nombre y cuna a la orden religiosa de los Carmelitas.
La Haifa antigua propiamente dicha fue, durante mucho tiempo, un pequeño asentamiento a los pies del monte, mencionado en fuentes romanas, judías (el Talmud) y bizantinas como una modesta localidad de pescadores, tintoreros y agricultores. Vivía a la sombra de su vecina y rival, la poderosa ciudad portuaria de Acre, al otro lado de la bahía, que durante la mayor parte de la historia fue mucho más importante. Haifa tardaría siglos en despuntar.
Durante la Edad Media, Haifa siguió los vaivenes de las Cruzadas. Fue tomada por los cruzados a comienzos del siglo XII e incorporada a su reino, y en esa época, en las laderas del Carmelo, un grupo de ermitaños cristianos que vivían imitando al profeta Elías dio origen a la orden de los Carmelitas, una de las grandes órdenes religiosas de la Iglesia católica, que nació precisamente en este monte y desde aquí se difundió por el mundo. La pequeña Haifa cambió de manos entre cristianos y musulmanes hasta que, como otras plazas costeras, fue arrasada tras la caída del reino cruzado.
Bajo el largo dominio del Imperio otomano, a partir del siglo XVI, Haifa continuó siendo una localidad menor y semiabandonada. Su renacimiento moderno empezó a mediados del siglo XVIII, cuando el gobernante local Dahir al-Omar, que dominaba el norte de Palestina, trasladó y refundó la ciudad en un emplazamiento más defendible, la amuralló y le dio un nuevo impulso. Aun así, seguía siendo la hermana pequeña de Acre.
El gran salto llegó en el siglo XIX. En 1868, un grupo de colonos alemanes de la Sociedad del Templo (los Templarios alemanes, un movimiento religioso protestante que quería asentarse en Tierra Santa) fundó a las afueras de Haifa la Colonia Alemana: un barrio ordenado de casas de piedra, con calles rectas y jardines, que introdujo métodos europeos de construcción, agricultura y comercio. Aquellos colonos modernizaron la ciudad, abrieron caminos y sentaron las bases de la Haifa que crecería en el siglo siguiente.
A comienzos del siglo XX, Haifa se convirtió en el centro mundial de una religión nacida pocas décadas antes: la fe bahá'í. Esta religión monoteísta surgió en Persia (el actual Irán) a mediados del siglo XIX, a partir de las enseñanzas de dos figuras, el Báb y Baháʼu'lláh, y predica la unidad de Dios, la unidad de todas las religiones y la unidad de la humanidad. Perseguidos en Persia y en el Imperio otomano, sus líderes acabaron desterrados a Acre, en la bahía de Haifa.
El Báb, el precursor de la fe, había sido ejecutado en Persia en 1850. En 1909, sus restos fueron trasladados y sepultados en la ladera del monte Carmelo, en Haifa, en un santuario que se convertiría en el corazón espiritual de la religión. Alrededor de ese Santuario del Báb, a lo largo del siglo XX, la comunidad bahá'í fue creando los espectaculares jardines en terrazas que hoy son la imagen de la ciudad: dieciocho niveles de una simetría perfecta que descienden por la montaña, culminados con la construcción, ya a finales del siglo XX, de la gran cúpula dorada del santuario y de las terrazas completas, inauguradas en 2001.
Haifa alberga así el Centro Mundial Bahá'í, la sede espiritual y administrativa de esta religión, con sus templos, archivos y edificios de gobierno repartidos por la ladera. En 2008, los lugares santos bahá'í de Haifa y de la cercana Acre fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, el primer sitio de una religión moderna en recibir ese reconocimiento. Los jardines, abiertos gratuitamente a los visitantes de todo el mundo, se convirtieron en el mayor atractivo turístico de la ciudad y en un símbolo de su espíritu de tolerancia.
La Haifa moderna, la gran ciudad portuaria e industrial, es en buena parte obra del siglo XX y del Mandato británico. Ya bajo los otomanos, la ciudad se había conectado al mundo con la llegada del ferrocarril: la línea del Hiyaz, que unía Damasco y Medina, tuvo un ramal hasta Haifa a comienzos del siglo XX. Pero fue Gran Bretaña, tras tomar el control de Palestina en la Primera Guerra Mundial, la que transformó Haifa por completo al construir, en los años 20 y 30, un gran puerto moderno de aguas profundas.
Aquel puerto convirtió a Haifa en la principal puerta marítima e industrial del país: llegaron refinerías, fábricas, astilleros y el oleoducto que traía petróleo desde Irak. La ciudad creció a toda velocidad, atrayendo trabajadores judíos y árabes, y se consolidó como una urbe obrera, portuaria y cosmopolita. En 1912 se había puesto la piedra fundacional del Technion, el Instituto Tecnológico de Israel, la primera universidad técnica del país y hoy una de las más prestigiosas del mundo, que hizo de Haifa un polo de ciencia e ingeniería.
Durante el Mandato, Haifa fue también un escenario clave de la tensión creciente entre árabes y judíos, y de la inmigración judía —legal y clandestina— que llegaba por su puerto huyendo de Europa y del Holocausto; a menudo los británicos interceptaban esos barcos y desviaban a los inmigrantes a campos de detención, un drama recordado hoy en el Museo Clandestino de Inmigración de la ciudad. En la guerra de 1948, tras duros combates, buena parte de la población árabe de Haifa abandonó la ciudad, un episodio doloroso que forma parte del éxodo palestino.
La Haifa del siglo XXI es la tercera ciudad de Israel y el gran centro urbano del norte: un importante puerto comercial y militar, un polo industrial y tecnológico de primer orden —con el Technion, parques de alta tecnología y sedes de grandes empresas— y una ciudad universitaria y cultural. Pero, sobre todo, Haifa se ha ganado una reputación particular: la de ser la ciudad más tolerante y mixta del país, un modelo de convivencia entre judíos y árabes (cristianos y musulmanes), que comparten barrios, escuelas, la universidad y la vida cotidiana con más normalidad que en otras partes de Israel.
Esa imagen de coexistencia se refleja en barrios mixtos como Wadi Nisnas, en la convivencia de sinagogas, iglesias y mezquitas, y en iniciativas culturales como el 'Festival de los Festivales', que cada diciembre celebra juntas las fiestas del judaísmo, el cristianismo y el islam. La presencia del Centro Mundial Bahá'í, una religión que predica la unidad de la humanidad, refuerza ese carácter. No es una ciudad sin tensiones —las tiene, como todo el país—, pero sí un símbolo de que la convivencia es posible incluso en una región marcada por el conflicto.
Para el viajero, Haifa es una sorpresa agradable y auténtica: menos turística que Jerusalén o Tel Aviv, pero con un atractivo de primer nivel —los Jardines Bahá'í, Patrimonio de la Humanidad—, miradores espectaculares sobre la bahía, barrios con encanto como la Colonia Alemana, excelente gastronomía judía y árabe, y una ubicación perfecta para explorar Acre, Nazaret, la Galilea y todo el norte. Una ciudad de montaña y mar, de trabajo y tolerancia, que resume una cara luminosa y esperanzadora de esta tierra.