El Mar de Galilea es, en rigor, un lago, y uno muy singular: el lago de agua dulce más bajo de la Tierra, con la superficie de sus aguas oscilando entre unos 209 y 215 metros por debajo del nivel del mar. Los israelíes lo llaman Kineret, un nombre que viene de la palabra hebrea 'kinor' (arpa o lira), porque su silueta recuerda la forma de ese instrumento. En los textos antiguos y en los Evangelios aparece con varios nombres: lago de Genesaret, lago de Tiberíades, mar de Galilea.
Su origen es tectónico: el lago se encaja en la gran falla del valle del Rift, la misma fractura geológica que forma el valle del Jordán y llega hasta el Mar Muerto y más allá, hacia África. Mide unos 21 kilómetros de largo por 13 de ancho, y su profundidad máxima ronda los 43 metros. Está alimentado sobre todo por el río Jordán, que entra por el norte y sale por el sur, y por manantiales, algunos de ellos termales, que brotan en sus orillas.
Esa posición hundida entre colinas le da un clima cálido casi todo el año y una atmósfera particular: mañanas quietas, tardes que pueden traer vientos súbitos desde el Golán capaces de levantar olas en minutos —un fenómeno que aparece, precisamente, en el relato evangélico de la tempestad calmada—. Alrededor, las laderas verdes, los campos, las palmeras y los pueblos completan un paisaje que ha atraído a la gente desde la prehistoria.
Las orillas del Kineret han estado habitadas desde tiempos remotísimos: en la zona se han hallado restos de asentamientos de decenas de miles de años, como el yacimiento de Ohalo, que documenta la vida de cazadores-recolectores del final de la última glaciación. Mucho más tarde, en la época bíblica y grecorromana, el lago se llenó de pueblos que vivían de su riqueza pesquera y de las rutas comerciales que pasaban por la Galilea.
En el siglo I d.C., el entorno del lago era una región densamente poblada, con una mezcla de población judía y de influencia grecorromana. En sus orillas prosperaban localidades como Cafarnaúm, Betsaida, Corazín, Magdala (famosa por su industria de salazón de pescado) y, sobre todo, la nueva y flamante Tiberíades, fundada hacia el año 20 por Herodes Antipas. La pesca era una industria clave: las barcas del tipo de la que se halló en Ginosar surcaban el lago en busca de las especies que aún hoy dan fama a la zona.
El historiador judío Flavio Josefo, que en la revuelta contra Roma (66-70 d.C.) comandó fuerzas en Galilea, dejó descripciones de la fertilidad de la región y de las batallas que se libraron en el lago y sus orillas. Tras la derrota judía y la destrucción del Templo de Jerusalén, la Galilea se convirtió en el nuevo corazón del judaísmo, y a lo largo de sus orillas florecieron sinagogas cuyas ruinas —como la de Cafarnaúm— todavía se pueden visitar.
Para el cristianismo, ningún paisaje es tan central como este lago. Según los Evangelios, fue a orillas del Mar de Galilea donde Jesús de Nazaret desarrolló buena parte de su vida pública. Allí, junto al agua, llamó a sus primeros discípulos —los pescadores Simón (Pedro) y su hermano Andrés, y los hermanos Santiago y Juan—, con la célebre frase de que los haría 'pescadores de hombres'.
La tradición cristiana sitúa en torno al lago muchos de los episodios más conocidos de los relatos evangélicos: el Sermón de la Montaña, con las bienaventuranzas, en la colina que hoy llamamos Monte de las Bienaventuranzas; la multiplicación de los panes y los peces en Tabgha; la enseñanza en la sinagoga de Cafarnaúm; y milagros como la calma de la tempestad, la caminata sobre las aguas y la pesca milagrosa. Cafarnaúm aparece como el centro de operaciones de Jesús en Galilea, tanto que se la llama 'su ciudad'.
Esos relatos convirtieron al lago y a sus pueblos en meta de peregrinación desde los primeros siglos del cristianismo. Ya en época bizantina (siglos IV-VI) se levantaron iglesias sobre los lugares venerados, algunas de las cuales dejaron mosaicos que aún se conservan, como el del cesto de panes y los dos peces de Tabgha. Es importante recordar que la ubicación exacta de muchos de estos episodios se basa en la tradición y no en pruebas arqueológicas directas; aun así, el conjunto forma uno de los paisajes sagrados más venerados del mundo, y hoy recibe a cristianos de todas las confesiones.
Tras la época romana, las orillas del Kineret siguieron el vaivén de los grandes imperios de Oriente Próximo. Bajo el dominio bizantino, la región fue próspera y cristiana, con iglesias y monasterios. Con la expansión del islam en el siglo VII, pasó a manos de los califatos árabes; Tiberíades siguió siendo una ciudad importante y las termas del lago conservaron su fama, aunque un devastador terremoto en el año 749 arrasó buena parte de las construcciones de la zona.
En los siglos XII y XIII, la Galilea fue escenario de las luchas entre cruzados y musulmanes por el control de Tierra Santa. Muy cerca del lago, en los Cuernos de Hattin, tuvo lugar en 1187 una de las batallas decisivas de esa época: el sultán Saladino derrotó allí al ejército cruzado, un golpe que le abrió el camino para reconquistar Jerusalén. El control de las orillas y de sus fuentes de agua era estratégico, y las localidades cambiaron de manos varias veces.
Bajo el dominio otomano (desde el siglo XVI), la región vivió siglos más tranquilos y, en general, de cierta decadencia, con Tiberíades como principal centro. La población de las orillas era mayoritariamente rural, dedicada a la agricultura y la pesca. El lago siguió siendo, para las comunidades judías, cristianas y musulmanas de la zona, una fuente de vida y un lugar cargado de memoria religiosa, aunque el gran movimiento de peregrinación y de desarrollo moderno llegaría recién a partir del siglo XIX y, sobre todo, del XX.
En el Israel moderno, el Mar de Galilea cumple una función que va mucho más allá de lo religioso: es el mayor reservorio de agua dulce del país y una pieza central de su seguridad hídrica. Durante décadas, buena parte del agua potable de Israel se bombeó del Kineret a través del Acueducto Nacional. El nivel del lago se sigue con enorme atención: en años de sequía ha bajado a cifras alarmantes, poniendo en riesgo su calidad, mientras que los inviernos lluviosos lo recuperan. En tiempos recientes, el desarrollo de la desalinización de agua de mar y de proyectos para reponer el lago ha cambiado en parte esa dependencia.
Alrededor de sus orillas conviven hoy varios mundos. Los kibutz y moshavim —comunidades agrícolas fundadas en el siglo XX— cultivan la tierra fértil del valle, producen frutas, dátiles, aceite de oliva y vino, y muchos han sumado turismo rural. Los peregrinos cristianos llegan de todo el planeta para recorrer los sitios evangélicos y navegar el lago. Y las familias israelíes y los turistas disfrutan de sus playas de agua dulce, sus campings, sus reservas naturales y sus deportes acuáticos.
El Kineret está, además, en una región geográficamente sensible, cerca de las fronteras del norte —el Líbano y los Altos del Golán, capturados a Siria en 1967 y anexados por Israel en un acto no reconocido por gran parte de la comunidad internacional—. La situación de seguridad puede variar según el contexto, y conviene informarse con fuentes oficiales. Con todo, el lago sigue ofreciendo lo esencial de siempre: un espejo de agua entre colinas, cargado de historia y de fe, donde el paisaje que describen los Evangelios permanece sorprendentemente reconocible dos mil años después.