Ein Gedi es, antes que nada, un milagro geográfico. En el borde del desierto de Judea, una de las regiones más áridas de la Tierra, a orillas del hipersalino Mar Muerto y a más de 400 metros bajo el nivel del mar, brota de la roca agua dulce y abundante. Cuatro manantiales permanentes —alimentados por la lluvia que cae sobre las montañas de Judea y se filtra durante años bajo tierra— dan vida a un oasis exuberante, con cascadas, arroyos y una vegetación tropical que contrasta de forma casi surrealista con el desierto que lo rodea.
Ese contraste es la esencia de Ein Gedi. Los arroyos han excavado a lo largo de milenios dos cañones profundos, el de David (Nahal David) y el de Arugot (Nahal Arugot), por donde el agua desciende hacia el Mar Muerto formando saltos y pozas. Alrededor crecen palmeras, cañaverales, plantas de zonas cálidas y árboles que atraen a una fauna sorprendente en pleno desierto: íbices, damanes de las rocas, aves migratorias y hasta, en tiempos, leopardos.
Su propio nombre lo dice todo: Ein Gedi significa 'manantial del cabrito' o 'del cabrón', en referencia a las cabras salvajes —los íbices— que siempre han bajado a beber a sus aguas. Para cualquier viajero que cruce el desierto abrasador y de pronto se encuentre con esta explosión de verde y de agua fresca, el efecto es el mismo que debió sentir cualquier caminante de la Antigüedad: el de haber llegado a un lugar bendecido.
El agua y la fertilidad de Ein Gedi lo convirtieron en un lugar habitado desde tiempos remotísimos: en la zona se han hallado restos de un templo del período calcolítico, de hace más de 5.000 años, sobre el manantial. Pero Ein Gedi entró en la memoria cultural, sobre todo, por su papel en los textos bíblicos.
En el relato del Primer Libro de Samuel, el oasis aparece como escondite del joven David, futuro rey de Israel, cuando huía perseguido por el rey Saúl. Según la narración, David se refugió 'en los riscos de las cabras monteses de Ein Gedi', y en una de sus cuevas tuvo lugar un episodio célebre: Saúl entró a descansar sin saber que David se ocultaba allí, y David, en lugar de matar a su perseguidor, se limitó a cortar un trozo de su manto para demostrarle después que le había perdonado la vida. El paisaje de riscos y cuevas del oasis encaja perfectamente con ese relato.
Ein Gedi aparece también en el Cantar de los Cantares, donde el amado se compara con 'un racimo de flores de alheña en las viñas de Ein Gedi', una imagen de belleza y fragancia. Y es que el oasis fue famoso en la Antigüedad por sus cultivos: viñas, palmeras datileras y, sobre todo, las plantas aromáticas con las que se producía un bálsamo perfumado carísimo, uno de los productos más codiciados del mundo antiguo. Ese perfume dio riqueza y fama a Ein Gedi durante siglos.
En los siglos que rodean el cambio de era, Ein Gedi fue una próspera aldea judía que vivía de la agricultura de oasis y, muy especialmente, de la producción del bálsamo (opobálsamo), una resina aromática que se usaba para perfumes, medicinas y ungüentos rituales, y que se pagaba a precio de oro. El oasis, con su clima cálido y su agua abundante, era uno de los pocos lugares del mundo donde crecía la planta, y su cultivo y procesamiento eran un conocimiento celosamente guardado.
De aquella comunidad se conservan restos arqueológicos notables, entre ellos una sinagoga del período bizantino (siglos III-VI d.C.) con un hermoso piso de mosaico e inscripciones en hebreo y arameo. Una de esas inscripciones es célebre: junto a bendiciones para los miembros de la aldea, incluye una advertencia y una maldición contra quien 'revele el secreto de la aldea a los gentiles'. La mayoría de los estudiosos interpreta que ese secreto era, precisamente, la técnica de producción del bálsamo, del que dependía la prosperidad y quizá la supervivencia de la comunidad.
A lo largo de la Antigüedad tardía y la Edad Media, Ein Gedi conoció períodos de abandono y reocupación, según las circunstancias políticas y de seguridad de una región siempre disputada. El cultivo del bálsamo acabó por perderse, y con él buena parte de la importancia económica del oasis. Pero sus manantiales siguieron manando, y el lugar conservó su condición de rareza fértil en medio del desierto, esperando su redescubrimiento en la época moderna.
En el siglo XX, Ein Gedi volvió a poblarse dentro del proyecto sionista de asentamiento agrícola en la Tierra de Israel. En 1953 se fundó el kibutz Ein Gedi, una comunidad que se instaló en pleno desierto, junto a los manantiales, y que con enorme esfuerzo transformó parte del oasis en tierra cultivable y habitable. Con el tiempo, el kibutz desarrolló una particularidad única en el mundo: convirtió todo su recinto en un jardín botánico habitado, con cientos de especies de plantas de regiones áridas y tropicales de todo el planeta, cultivadas gracias al agua del oasis.
A la vez, creció la conciencia de que un lugar tan singular y frágil debía protegerse. En 1972 se declaró la reserva natural de Ein Gedi, que salvaguarda los cañones de David y Arugot, sus manantiales, su flora y su fauna. La reserva se convirtió en una de las más visitadas y queridas de Israel, un destino clásico para el senderismo, el baño en las pozas y la observación de íbices y damanes, gestionada por la Autoridad de Naturaleza y Parques.
El entorno afronta desafíos importantes. El más visible es el drama del Mar Muerto, cuyo nivel baja cerca de un metro por año por la desviación del agua del río Jordán y la explotación minera; el retroceso del agua ha abierto miles de socavones (sinkholes) en la costa, obligando a cerrar la histórica playa de Ein Gedi y a extremar las precauciones en la zona. Proteger el oasis y su fauna, y encontrar un equilibrio entre el turismo, la agricultura y la conservación del agua, es hoy el gran reto de Ein Gedi.
El Ein Gedi contemporáneo es una síntesis de todo lo anterior: un oasis milenario convertido en reserva natural protegida, con un kibutz-jardín botánico, restos arqueológicos de su próspero pasado judío y un balneario junto al Mar Muerto. Miles de visitantes llegan cada año para caminar por los cañones, refrescarse en las pozas, ver los íbices trepar por las rocas y combinar la naturaleza con las visitas cercanas a Masada, Qumrán y las playas del Mar Muerto.
Es, sobre todo, un lugar donde se palpa la relación entre el agua y la vida. En un entorno donde la ausencia de agua significa la muerte, los manantiales de Ein Gedi han sostenido durante milenios plantas, animales y comunidades humanas, y hoy siguen haciéndolo. Esa fragilidad —la de un oasis que depende por completo de sus fuentes en medio del desierto— lo vuelve también un símbolo de la importancia de cuidar los recursos naturales, en un país y una región donde el agua es un asunto estratégico y muchas veces disputado.
Ein Gedi se encuentra, además, en una zona geográficamente sensible: la orilla del Mar Muerto, cuyas costas se reparten entre Israel, Cisjordania y Jordania, y donde la situación de seguridad puede variar según el contexto regional. Al viajero le conviene informarse con fuentes oficiales antes y durante el viaje. Con esa precaución y el respeto que merece un santuario natural, Ein Gedi ofrece una de las experiencias más gratas y sorprendentes de todo Israel: el reencuentro con el agua, el verde y la vida en el corazón del desierto.