Pocas ciudades del mundo antiguo nacieron de un acto de voluntad tan puro como Cesarea. Donde hoy se recorren sus ruinas junto al mar no había, hace poco más de dos mil años, más que un modesto fondeadero fenicio llamado la Torre de Estratón, en una costa recta y sin abrigos naturales. Fue el rey Herodes el Grande, el ambicioso y controvertido monarca de Judea aliado de Roma, quien decidió construir allí, entre los años 22 y 10 a.C., una ciudad entera, moderna y monumental, a la última moda romana.
Herodes la dedicó al emperador Augusto —César Augusto—, su protector, y por eso la llamó Cesarea (Caesarea, 'la de César'). No escatimó en nada: la dotó de un teatro, un hipódromo para las carreras de cuadrigas, templos, un palacio para sí mismo sobre un promontorio que se adentraba en el mar, calles con alcantarillado, termas y todo lo que se esperaba de una gran urbe imperial. En apenas una década, una costa desnuda se convirtió en una de las ciudades más espléndidas del Mediterráneo oriental.
Pero la joya de Cesarea fue su puerto, bautizado Sebastos (el nombre griego de Augusto). Ante la falta de una bahía natural, los ingenieros de Herodes construyeron un puerto artificial gigantesco, con enormes rompeolas hechos de hormigón hidráulico, un material romano capaz de fraguar bajo el agua. Fue una proeza técnica asombrosa para su época: uno de los mayores puertos artificiales jamás construidos hasta entonces, capaz de acoger flotas enteras y de convertir a Cesarea en un gran centro comercial que conectaba la región con todo el Imperio.
Tras la muerte de Herodes y la anexión de Judea como provincia romana, Cesarea se convirtió en la capital administrativa y militar de la provincia, la sede del gobernador romano. Fue, durante siglos, el verdadero centro del poder de Roma en la región, más que la propia Jerusalén. Aquí residieron los procuradores y prefectos que gobernaron Judea, entre ellos el más famoso de todos: Poncio Pilato, el que, según los Evangelios, condenó a Jesús.
Justamente en Cesarea se halló, en 1961, una de las inscripciones arqueológicas más importantes relacionadas con los Evangelios: la llamada 'piedra de Pilato', un bloque de caliza con una dedicatoria que menciona a 'Poncio Pilato, prefecto de Judea'. Es la única prueba arqueológica de la existencia histórica de Pilato hallada hasta hoy, y confirma que gobernaba desde Cesarea. La ciudad tiene, además, un enorme peso en la historia del cristianismo primitivo: aquí, según los Hechos de los Apóstoles, el centurión Cornelio se convirtió (uno de los primeros no judíos en hacerlo) y el apóstol Pablo estuvo preso dos años antes de apelar al César y ser enviado por mar a Roma para ser juzgado.
Cesarea fue también un polvorín. La convivencia entre su población judía y la griega y siria era tensa, y un incidente en la ciudad, en el año 66 d.C., fue una de las chispas que desencadenaron la Gran Revuelta judía contra Roma, la guerra que acabaría con la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70. En Cesarea, el general y futuro emperador Vespasiano estableció su base, y aquí se celebraron sangrientos espectáculos con prisioneros judíos tras la caída de Jerusalén.
Con la cristianización del Imperio romano, Cesarea vivió una segunda época de esplendor durante el período bizantino, entre los siglos IV y VII. Se convirtió en una de las mayores y más prósperas ciudades de la región, con una población que pudo alcanzar las decenas de miles de habitantes, magníficas iglesias, calles porticadas, mercados y barrios residenciales con lujosos mosaicos, muchos de los cuales han salido a la luz en las excavaciones.
Cesarea fue, sobre todo, un gran centro intelectual del cristianismo primitivo. Aquí vivió y enseñó el teólogo Orígenes, uno de los pensadores cristianos más influyentes de la Antigüedad, que reunió una célebre biblioteca. Y aquí trabajó Eusebio de Cesarea, obispo de la ciudad en el siglo IV, considerado el 'padre de la historia de la Iglesia' por su gran obra sobre los primeros siglos del cristianismo. La biblioteca de Cesarea llegó a ser una de las más importantes del mundo antiguo, un faro del saber cristiano.
En esos siglos, la ciudad mantuvo también una notable comunidad judía y samaritana, y fue un centro de estudios rabínicos. Cesarea era un mosaico de pueblos y religiones, reflejo de la diversidad del Mediterráneo tardorromano. Sin embargo, ese largo período de prosperidad llegaría a su fin con las grandes convulsiones del siglo VII: primero una breve conquista persa, y luego, en el año 640, la llegada de un nuevo poder que cambiaría el rostro de toda la región.
En el año 640, tras un largo asedio, Cesarea cayó en manos de los ejércitos árabes musulmanes que se expandían desde Arabia. Bajo el nuevo dominio islámico, la ciudad perdió su papel de capital —el poder se trasladó a otras urbes— y fue reduciéndose poco a poco, aunque siguió habitada durante siglos como plaza costera. Su gran puerto herodiano, dañado por terremotos y por la acumulación de sedimentos, se fue deteriorando hasta quedar en buena parte sumergido bajo el mar, donde permanece hoy.
El siguiente gran capítulo llegó con las Cruzadas. En 1101, los cruzados tomaron Cesarea; según una tradición, encontraron aquí un cáliz de vidrio verde que creyeron que era el Santo Grial (el 'Sacro Catino'). La ciudad cambió de manos varias veces entre cruzados y ejércitos musulmanes —fue reconquistada por Saladino y recuperada de nuevo por los cristianos— en el vaivén característico de aquella época. En el siglo XIII, el rey Luis IX de Francia (San Luis) reforzó sus defensas y le dio la forma de ciudad-fortaleza medieval, mucho más pequeña que la antigua urbe romana, con las imponentes murallas y el foso que todavía se conservan.
El final llegó en 1265, cuando el sultán mameluco Baibars conquistó Cesarea y ordenó arrasarla por completo, como hizo con otras plazas costeras, para que no pudieran servir de cabeza de puente a futuras cruzadas. La ciudad quedó destruida y prácticamente deshabitada. Con el paso de los siglos, las dunas de arena la fueron cubriendo, y el recuerdo de la gran Cesarea de Herodes se perdió bajo la costa, esperando a ser redescubierta.
Durante casi setecientos años, Cesarea permaneció en ruinas, cubierta por la arena, olvidada. En el siglo XIX, una aldea de inmigrantes musulmanes bosnios se instaló entre los restos, reutilizando piedras de la ciudad antigua. Todo cambió en el siglo XX con el nacimiento del Estado de Israel y el auge de la arqueología: a partir de los años 50 y 60, sucesivas campañas de excavación fueron sacando a la luz el teatro, el hipódromo, el palacio, las calles y los mosaicos de la gran ciudad romana y bizantina, y las murallas cruzadas.
El teatro romano fue restaurado y devuelto a la vida como escenario de conciertos; el recinto cruzado se consolidó; y las estructuras del puerto sumergido se estudiaron mediante la arqueología submarina, una disciplina para la que Cesarea es un lugar de referencia mundial. En 2011 se inauguró un moderno centro de visitantes en las bóvedas junto al puerto, y toda la zona se organizó como el Parque Nacional de Cesarea, uno de los más visitados del país.
Hoy, Cesarea combina de forma única el pasado y el presente: junto al yacimiento arqueológico se extiende una moderna localidad residencial de lujo, con campo de golf, mientras las ruinas atraen a viajeros de todo el mundo. Pasear entre las columnas romanas con el Mediterráneo de fondo, ver el palacio de Herodes batido por las olas, cruzar el foso de la ciudad cruzada y contemplar el acueducto sobre la playa al atardecer es asomarse, en un mismo lugar, a más de dos mil años de historia: de la Roma de Augusto a los cruzados, de Poncio Pilato a los arqueólogos que devolvieron esta ciudad a la luz.