Pocos nombres de ciudad guardan tanto significado como el de Beersheba. En hebreo, 'Beer Sheva' significa a la vez 'el pozo del juramento' y 'el pozo de los siete', y esa doble lectura está en el origen de su historia según los textos bíblicos. En el desierto del sur, donde el agua es vida y muerte, un pozo era un tesoro por el que valía la pena pactar, jurar y hasta pelear.
El relato del Génesis cuenta que el patriarca Abraham selló aquí un pacto con Abimelec, un rey local, para reconocer sus derechos sobre un pozo que él había cavado. Como testimonio del acuerdo, Abraham le entregó siete corderas, y de ese juramento —o de esas siete ovejas— habría quedado el nombre del lugar. Más tarde, según la misma tradición, su hijo Isaac renovó un pacto semejante en el mismo sitio. Beersheba aparece así, una y otra vez, como un punto de encuentro de los patriarcas en el borde del desierto, y como una frontera sur simbólica de la Tierra de Israel: la expresión bíblica 'desde Dan hasta Beersheba' designaba el país de norte a sur.
Estos relatos, más allá de lo que la arqueología pueda o no confirmar sobre los patriarcas, muestran la enorme antigüedad de la memoria ligada al lugar. Beersheba es sagrada, de un modo u otro, para las tres grandes religiones monoteístas —judaísmo, cristianismo e islam—, que comparten la figura de Abraham como padre común. Esa raíz bíblica es la primera capa de una historia larguísima.
Junto a los relatos, la arqueología aporta datos concretos. A pocos kilómetros de la ciudad moderna se levanta Tel Be'er Sheva, el montículo donde, entre los siglos X y VIII a.C., existió una ciudad israelita de la Edad del Hierro. No era una aldea improvisada, sino un asentamiento planificado con notable orden: sus calles, su plaza junto a la puerta, sus casas, sus almacenes y sus murallas seguían un plan urbano coherente, algo poco frecuente en la época y que revela una autoridad central capaz de organizar el espacio.
El rasgo más admirable de aquella ciudad es su sistema de abastecimiento de agua, imprescindible en pleno desierto. Los antiguos excavaron un gran pozo junto a la puerta y, sobre todo, una impresionante cisterna subterránea tallada en la roca, a la que se accedía por escaleras desde el interior de las murallas. Gracias a esa obra de ingeniería, la población podía obtener agua incluso si la ciudad estaba sitiada, sin exponerse fuera de las defensas. Todavía hoy se puede bajar por esas galerías y comprobar el ingenio de quienes las construyeron.
En el sitio apareció también un notable altar de cuernos, desmontado en la Antigüedad, cuyos bloques se reutilizaron en otras construcciones: un hallazgo importante para el estudio de la religión israelita antigua. Por su valor como ejemplo excepcional de urbanismo bíblico, Tel Be'er Sheva fue declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, dentro del conjunto de 'tells' (montículos arqueológicos) bíblicos del país. Es la prueba tangible de una Beersheba antigua, mucho más allá de la leyenda.
Tras la Antigüedad, la Beersheba urbana desapareció durante siglos. El sur, el vasto desierto del Néguev, quedó como un territorio abierto, recorrido y habitado por las tribus beduinas, pueblos nómadas y seminómadas que se movían con sus rebaños según el agua y los pastos, y que desarrollaron una cultura profundamente adaptada al desierto: la hospitalidad, el conocimiento del terreno, los códigos tribales. Durante todo ese tiempo no hubo aquí una ciudad, sino un paisaje de pozos, campamentos y rutas caravaneras bajo el dominio nominal de los distintos imperios que gobernaron la región.
La Beersheba moderna nació a comienzos del siglo XX por decisión del Imperio otomano, que controlaba entonces la región. Hacia el año 1900, los otomanos decidieron fundar aquí un centro administrativo para gestionar el sur y sus poblaciones beduinas, y establecieron una ciudad nueva con un trazado planificado: un damero regular de calles rectas que se cruzaban en ángulo, algo moderno para el lugar y la época. Se levantaron edificios oficiales, una mezquita, una escuela y viviendas, que forman el actual casco 'otomano' o Ciudad Vieja.
Esa fundación convirtió a Beersheba en el punto de contacto entre el Estado otomano y el mundo beduino del Néguev, y en un mercado donde las tribus acudían a comerciar: de ahí nació el mercado beduino de los jueves, que aún se celebra. Fue el comienzo de la transformación de un territorio desértico en una ciudad, un proceso que se aceleraría de forma drástica pocas décadas después.
En plena Primera Guerra Mundial, Beersheba entró de golpe en la historia mundial. En 1917, las fuerzas del Imperio británico —incluidas tropas de Australia y Nueva Zelanda— avanzaban desde Egipto contra el Imperio otomano, aliado de Alemania, en la campaña del Sinaí y Palestina. La toma de Beersheba, con sus pozos de agua imprescindibles para sostener un ejército en el desierto, era la clave para romper la línea defensiva otomana y abrir el camino hacia el norte.
El 31 de octubre de 1917, tras un día de combates, la batalla se resolvió con una acción que se volvería legendaria: al caer la tarde, los jinetes de la caballería ligera australiana (Australian Light Horse) cargaron a galope tendido, con las bayonetas en la mano a falta de sables, contra las trincheras otomanas que defendían la ciudad. La sorpresa y la velocidad de la carga superaron las defensas, y los australianos tomaron Beersheba y, sobre todo, evitaron que los pozos fueran destruidos. Se la considera una de las últimas grandes cargas de caballería exitosas de la historia militar.
Aquel episodio abrió la puerta al avance británico que, semanas después, tomaría Jerusalén, marcando el fin del dominio otomano en la región tras cuatro siglos. La batalla de Beersheba es muy recordada en Australia y Nueva Zelanda, y la ciudad conserva un Cementerio de Guerra de la Commonwealth, un parque conmemorativo y monumentos que la convierten en un lugar de memoria para los visitantes de esos países. Es un capítulo que conecta el desierto del Néguev con las grandes convulsiones del siglo XX.
Tras el fin del dominio otomano vino el Mandato británico, y luego, con la creación del Estado de Israel en 1948 y la guerra que la acompañó, Beersheba cambió de manos y quedó bajo control israelí. A partir de entonces, la ciudad vivió una transformación radical. De ser un pequeño centro de unos pocos miles de habitantes, creció de forma acelerada con la llegada de sucesivas olas de inmigrantes judíos de todo el mundo, y se convirtió en la gran ciudad del sur, la capital del Néguev.
Ese crecimiento encarnó, en cierto modo, el sueño que David Ben-Gurión —primer jefe de gobierno de Israel, que eligió retirarse a un kibutz del Néguev— expresó con la idea de 'hacer florecer el desierto'. Beersheba desarrolló industria, servicios y, sobre todo, educación superior: la Universidad Ben-Gurión del Néguev se convirtió en un motor de la ciudad, y en años recientes se ha impulsado un importante polo de alta tecnología y ciberseguridad, que le ha dado un perfil moderno e innovador. En paralelo, se revitalizó el casco otomano con cafés, galerías y museos.
Beersheba es también una ciudad de encuentro de comunidades: junto a la población judía de orígenes muy diversos, la región alberga a buena parte de la población beduina de Israel, cuya relación con el Estado —en temas como el reconocimiento de aldeas, la tierra y los servicios— es un asunto social y político complejo y a veces tenso, que conviene conocer con matices. Para el viajero, Beersheba ofrece hoy una mezcla singular: raíces bíblicas, un pasado otomano y militar, una vibrante vida universitaria y tecnológica, y la condición de puerta de entrada al inmenso desierto del Néguev, con su naturaleza espectacular y su cultura beduina. Como en todo el sur, conviene informarse sobre el contexto de seguridad antes de viajar. Es una ciudad que resume, en pocas capas, milenios de historia del desierto.