Acre es una de las ciudades portuarias más antiguas del mundo, con una historia que se remonta a más de cuatro mil años. Su emplazamiento, sobre una lengua de tierra que forma un puerto natural en el extremo norte de la bahía de Haifa, la hizo codiciada desde tiempos remotos. Aparece ya en documentos egipcios del segundo milenio antes de nuestra era, en textos asirios y en la Biblia hebrea, y fue una plaza importante de cananeos y fenicios, pueblos navegantes que dominaron esta costa.
Con las conquistas de Alejandro Magno, en el siglo IV a.C., Acre entró en la órbita del mundo griego. Bajo los soberanos helenísticos que se repartieron el imperio de Alejandro, la ciudad fue rebautizada Ptolemais, en honor a la dinastía de los Ptolomeos de Egipto, y con ese nombre fue un próspero puerto griego y luego romano durante siglos. El apóstol Pablo, según los Hechos de los Apóstoles, hizo escala aquí en uno de sus viajes, cuando la ciudad se llamaba Ptolemais.
Bajo el dominio romano y luego bizantino, Acre siguió siendo un puerto activo, aunque a la sombra de otras grandes ciudades de la región como Cesarea o Tiro. Tras la expansión del islam en el siglo VII, la ciudad quedó bajo dominio árabe musulmán y continuó como plaza comercial y base naval. Pero su gran hora, el capítulo que la haría famosa en toda Europa, estaba aún por llegar, y lo traerían los cruzados.
El período cruzado fue el más glorioso y decisivo de la historia de Acre. Tras la Primera Cruzada, los caballeros cristianos tomaron la ciudad en 1104 y la convirtieron en el principal puerto del reino cruzado de Jerusalén, la puerta de entrada de peregrinos, mercancías y refuerzos desde Europa. La conocieron como San Juan de Acre, por la orden de los Caballeros de San Juan (los Hospitalarios) que se instaló en ella. La ciudad se llenó de mercaderes italianos —venecianos, genoveses, pisanos—, iglesias, palacios y las fortalezas de las grandes órdenes militares.
Cuando en 1187 el sultán Saladino reconquistó Jerusalén para el islam, Acre cobró aún más importancia. Recuperada por los cruzados en 1191 durante la Tercera Cruzada, con la participación de Ricardo Corazón de León, se convirtió en la capital de facto del reino cruzado, su centro político, económico y militar durante casi un siglo. Fue una ciudad rica y cosmopolita, sede de los Hospitalarios, los Templarios y los Caballeros Teutónicos, cada uno con su propio complejo fortificado. Es esa Acre del siglo XIII la que se conserva hoy, casi milagrosamente, bajo la ciudad otomana: los grandes salones de los Hospitalarios, los refectorios, las criptas y el túnel de los Templarios.
El final llegó de forma dramática. En 1291, tras la caída de casi todas las demás plazas cristianas, los ejércitos mamelucos de Egipto pusieron sitio a Acre. Después de semanas de asedio feroz, la ciudad cayó y fue arrasada. Su caída marcó el fin del reino cruzado de Jerusalén y, con él, el final de casi dos siglos de presencia cruzada en Tierra Santa. Acre quedó destruida y, durante siglos, prácticamente deshabitada, sus ruinas cubiertas de escombros.
Acre renació en el siglo XVIII, ya bajo el Imperio otomano, de la mano de dos gobernantes fuertes. Primero, Dahir al-Omar, un jeque árabe que a mediados de siglo controló buena parte del norte de Palestina, hizo de Acre su capital, la reconstruyó, la amuralló y reactivó su comercio, sobre todo el del algodón, exportado a Europa. Tras él, el poder pasó a un personaje temible: Ahmed Pasha al-Jazzar ('el Carnicero'), un gobernante otomano de origen bosnio, cruel y eficaz, que gobernó Acre con mano de hierro a finales del siglo XVIII.
El-Jazzar dio a Acre buena parte de su aspecto actual: reforzó las murallas, construyó la gran mezquita que lleva su nombre, el hammam turco, caravasares como el Khan al-Umdan y todo un conjunto de edificios otomanos, levantados en muchos casos justo encima de la ciudad cruzada sepultada, que así quedó conservada. La Acre otomana que hoy se recorre es, en gran medida, su obra.
El episodio que dio fama mundial a esta Acre otomana fue el asedio de Napoleón Bonaparte en 1799. En plena campaña de Oriente, tras conquistar Egipto, Napoleón avanzó por la costa y puso sitio a Acre, defendida por El-Jazzar con la ayuda de la flota británica del almirante Sidney Smith. Durante dos meses, el ejército francés se estrelló contra las murallas de la ciudad sin lograr tomarla. Fue una de las primeras grandes derrotas de Napoleón, que tuvo que retirarse y abandonar su sueño de conquistar Oriente. Se dice que en Acre se frustró su ambición de emular a Alejandro Magno. Las murallas que lo detuvieron son las mismas que hoy se pasean junto al mar.
En el siglo XIX, Acre añadió otra capa a su historia religiosa. La ciudad, y su recinto-prisión otomano, fue el lugar de destierro de Baháʼu'lláh, el fundador de la fe bahá'í, una religión monoteísta nacida en Persia que predica la unidad de la humanidad. Desterrado por las autoridades otomanas, Baháʼu'lláh pasó los últimos años de su vida en la zona de Acre y murió en 1892 en la mansión de Bahji, a las afueras de la ciudad, donde está su tumba, el lugar más sagrado de la fe bahá'í. Por eso Acre, junto con la vecina Haifa, alberga lugares santos bahá'í que hoy son Patrimonio de la Humanidad.
Durante la Primera Guerra Mundial, Acre pasó del dominio otomano al británico. Bajo el Mandato británico de Palestina, la vieja fortaleza y prisión de la ciudad, la ciudadela, fue utilizada como cárcel de alta seguridad, y en ella fueron encarcelados y ejecutados militantes de los movimientos clandestinos judíos que luchaban por el fin del Mandato; una célebre fuga de presos en 1947 quedó grabada en la memoria de aquellos años convulsos.
En la guerra de 1948, que acompañó la creación del Estado de Israel, Acre fue tomada por las fuerzas israelíes, y buena parte de su población árabe abandonó o fue desplazada de la ciudad, aunque —a diferencia de otras localidades— una comunidad árabe importante permaneció, y sus descendientes siguen siendo hoy mayoría en el casco antiguo. Ese carácter árabe se mantuvo como un rasgo distintivo de la ciudad dentro de Israel.
La Acre de hoy es una ciudad mediana del norte de Israel, de población mixta pero con clara mayoría árabe en su casco antiguo, que combina de forma singular el peso de la historia con la vida cotidiana. En el año 2001, el casco antiguo de Acre fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en reconocimiento a su excepcional conjunto de una ciudad otomana fortificada construida sobre los restos, extraordinariamente conservados, de la capital cruzada del siglo XIII. Es un caso único: dos ciudades históricas superpuestas, una visible y otra bajo tierra.
A lo largo de las últimas décadas, un ambicioso trabajo de excavación y restauración ha ido sacando a la luz la Acre cruzada —los salones de los Hospitalarios, el túnel de los Templarios— y acondicionándola para la visita, mientras se conservaban los grandes monumentos otomanos, como la mezquita de El-Jazzar, el hammam y los caravasares. Todo ello convive con un casco antiguo plenamente habitado, con su zoco, su puerto pesquero, sus mezquitas e iglesias y su famosa gastronomía árabe.
Para el viajero, Acre ofrece una de las experiencias más completas y auténticas de Israel: la emoción de recorrer una ciudad cruzada casi intacta, la belleza de las murallas otomanas junto al mar que detuvieron a Napoleón, el bullicio y los sabores de un zoco árabe vivo, y la serenidad de los lugares santos bahá'í en las afueras. Milenios de historia —fenicia, griega, cruzada, otomana— y una ciudad que sigue latiendo, todo entre las mismas murallas frente al Mediterráneo. Un destino imprescindible del norte del país.