Kumasi nació a finales del siglo XVII como capital de un nuevo Estado llamado a convertirse en uno de los más poderosos de la historia de África: el reino ashanti (asante). Los ashanti eran un pueblo akan que vivía en pequeños clanes y jefaturas en las selvas del centro de la actual Ghana, sometidos entonces al vecino reino de Denkyira. A finales del siglo XVII, un líder llamado Osei Tutu unificó a esos clanes akan en una confederación bajo su mando, con capital en Kumasi, y se convirtió en el primer Asantehene, el rey de todos los ashanti.
El acto fundacional del reino está envuelto en una poderosa tradición. Según el relato ashanti, el consejero espiritual de Osei Tutu, el sacerdote Okomfo Anokye, hizo descender del cielo, en medio de truenos, un taburete de oro —el Trono de Oro o 'Sika Dwa Kofi'— que fue a posarse sobre las rodillas del rey. Ese trono, se dice, contiene el alma (sunsum) de toda la nación ashanti: mientras exista, existe el pueblo ashanti. El Trono de Oro no es para sentarse: es el símbolo sagrado supremo del reino, y ningún rey se ha sentado jamás en él.
Con Osei Tutu y sus sucesores, los ashanti derrotaron a Denkyira (hacia 1701) y a otros rivales, y construyeron desde Kumasi un imperio en expansión. La ciudad se organizó en torno al palacio real, y el reino desarrolló un sofisticado sistema de gobierno, con el Asantehene, los jefes (amanhene), la reina madre (Asantehemaa) y una compleja red de símbolos, leyes y ceremonias que unían a los distintos pueblos akan bajo la autoridad de Kumasi y del Trono de Oro.
Durante el siglo XVIII, el reino ashanti se convirtió en una de las grandes potencias de África occidental. Desde Kumasi, los Asantehene extendieron su dominio sobre un vasto territorio que abarcaba buena parte de la actual Ghana y zonas vecinas, sometiendo a numerosos pueblos y estados. La base de su poder era el oro: la región ashanti era riquísima en el metal, y el reino controlaba su extracción y su comercio, que fluía tanto hacia el norte, por las rutas transaharianas, como hacia la costa, hacia los europeos.
El oro no era solo riqueza económica, sino el fundamento del prestigio y el arte ashanti. La corte de Kumasi deslumbraba con regalías de oro macizo, joyas, espadas ceremoniales, bastones y pesos de oro (usados para pesar el polvo de oro que servía de moneda), verdaderas obras maestras de la orfebrería akan. El reino desarrolló también el kente, la tela de rayas de colores tejida en tiras, originalmente reservada a la realeza, y el adinkra, los símbolos cargados de proverbios. Kumasi era el centro de esta cultura material espléndida.
El comercio ashanti se entrelazó, como el de toda la región, con la trata atlántica: el reino vendía a los europeos de la costa oro, marfil y también cautivos —a menudo prisioneros de sus guerras de expansión—, y a cambio obtenía armas de fuego, que reforzaban su poderío militar. Este comercio, y el control de las rutas hacia la costa, fueron fuente de riqueza pero también de fricciones crecientes con los europeos, y en particular con los británicos, que dominaban cada vez más el litoral.
El choque entre el reino ashanti y el Imperio británico marcó todo el siglo XIX. A medida que Gran Bretaña consolidaba su control sobre la costa (la futura colonia de la Costa de Oro), chocaba con la potencia del interior, que quería mantener su acceso al mar y su independencia. El resultado fueron las guerras anglo-ashanti, una serie de conflictos que se sucedieron a lo largo del siglo. Los ashanti, guerreros temibles y bien organizados, infligieron a los británicos algunas derrotas humillantes, pero la superioridad tecnológica y militar británica fue imponiéndose.
En 1874, en una de esas guerras, las tropas británicas llegaron hasta Kumasi, saquearon la ciudad y el palacio real y quemaron buena parte de la capital, un golpe durísimo para el reino. La presión británica no cesó. En 1896, los británicos ocuparon de nuevo Kumasi y, para descabezar la resistencia, detuvieron y deportaron al Asantehene Prempeh I junto a otros miembros de la familia real, primero a la costa y luego a las lejanas islas Seychelles, donde permanecería casi tres décadas. El reino quedó decapitado, pero no vencido del todo.
El episodio más célebre de la resistencia llegó en 1900. El gobernador británico Frederick Hodgson exigió públicamente que le entregaran el Trono de Oro para sentarse en él, un insulto insoportable para los ashanti, ya que el trono es el alma sagrada de la nación. Ante la vacilación de los jefes, fue una mujer, la reina madre Yaa Asantewaa, quien encabezó el alzamiento: reunió a los ashanti para la guerra —la 'guerra del Trono de Oro'— y puso sitio a los británicos en el fuerte de Kumasi. La revuelta fue finalmente sofocada, y Yaa Asantewaa, también deportada a Seychelles, pero los ashanti lograron su objetivo simbólico: el Trono de Oro nunca cayó en manos británicas ni fue profanado.
Tras aplastar la revuelta de 1900, Gran Bretaña anexionó formalmente el reino ashanti y en 1902 lo convirtió en parte de sus posesiones de la Costa de Oro, poniendo fin a siglos de independencia. Kumasi quedó bajo administración colonial. Sin embargo, la fuerza de la identidad ashanti llevó a los británicos, años después, a una política más conciliadora: en 1924 permitieron el regreso del anciano Asantehene Prempeh I desde su largo exilio en Seychelles, primero como jefe local y, en 1926, restituido en el trono. En 1935 se restauró oficialmente la confederación ashanti, devolviendo a la monarquía buena parte de su papel tradicional bajo el paraguas colonial.
A lo largo del siglo XX, Kumasi creció como gran centro comercial y de comunicaciones del interior de Ghana, impulsada por el auge del cacao —del que la región ashanti fue gran productora—, el ferrocarril y las carreteras. La ciudad se modernizó y se pobló, conservando siempre su papel de capital cultural y espiritual del pueblo ashanti y sede del Asantehene. Cuando Ghana accedió a la independencia en 1957, la región ashanti y Kumasi fueron un actor político de primer orden, con sus propias tensiones respecto al gobierno central de Nkrumah.
La monarquía ashanti sobrevivió a la colonización y a la independencia y sigue viva hoy: el Asantehene continúa siendo una figura de enorme peso cultural, moral y social en Ghana, y el Trono de Oro permanece como el símbolo sagrado de la nación. Kumasi celebra su historia en el Palacio de Manhyia, en el fuerte donde resistió Yaa Asantewaa y en las ceremonias reales que se mantienen intactas.
Hoy Kumasi es la segunda ciudad de Ghana, una metrópolis de más de dos millones de habitantes que combina su papel de capital cultural ashanti con el de gran centro comercial, industrial y universitario del centro del país. Conocida como la 'ciudad jardín' por su vegetación, es un nudo vital hacia el norte de Ghana y los países vecinos, y su economía gira en torno al comercio —con el colosal mercado de Kejetia a la cabeza—, la artesanía, el oro, la madera y el cacao de su región.
La ciudad mantiene con orgullo su identidad. El Asantehene sigue residiendo en el Palacio de Manhyia y presidiendo las ceremonias tradicionales, como el Akwasidae que se celebra cada seis semanas, en las que la corte despliega todo el esplendor de las regalías de oro, el kente y los tambores. Los pueblos de los alrededores —Bonwire y el kente, Ntonso y el adinkra, Ahwiaa y la talla en madera— conservan vivos los oficios artesanales que hicieron famosa a la cultura ashanti, y que hoy atraen a viajeros y compradores de todo el mundo.
Para el visitante, Kumasi es la puerta al alma tradicional de Ghana: menos volcada al turismo que la costa de los castillos, pero riquísima en historia viva, arte y ceremonia. Del Trono de Oro descendido del cielo a los talleres de tejedores, de las guerras contra el imperio británico al bullicio de Kejetia, la ciudad resume la extraordinaria historia de un reino africano que resistió, sobrevivió y sigue latiendo en el corazón de la nación.