Para entender Sighnaghi hay que empezar por el vino, porque este pueblo es la puerta de Kajetia, y Kajetia es el corazón vinícola de Georgia, un país que reclama con buenos argumentos el título de cuna del vino en el mundo. En yacimientos arqueológicos de Georgia se han encontrado restos de vino de hace unos 8.000 años —las evidencias de vinificación más antiguas conocidas hasta hoy—, lo que sitúa el origen de la viticultura en estas tierras del sur del Cáucaso, en el Neolítico. Antes que en cualquier otro lugar, aquí el ser humano aprendió a cultivar la vid y a hacer vino.
El método que se desarrolló en Georgia es tan antiguo como singular: la fermentación en qvevri, grandes tinajas de arcilla que se entierran en el suelo y en las que la uva fermenta y madura junto con sus hollejos, semillas y raspón, a veces durante meses. De ahí salen los característicos vinos ámbar (o 'naranjas'), de color dorado intenso, muy distintos de los vinos occidentales. Este método tradicional del qvevri fue declarado en 2013 Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, un reconocimiento a una práctica viva de milenios. Kajetia, con su clima cálido, sus valles fértiles y sus decenas de variedades de uva autóctonas, es la gran región de esta tradición.
El valle del río Alazani, que se extiende a los pies de Sighnaghi entre las colinas y la barrera del Gran Cáucaso, es uno de los grandes viñedos de Georgia. En esta tierra el vino no es un producto más: es el eje de la cultura, de la mesa, de la fiesta y de la identidad nacional, ritualizado en el supra (el banquete georgiano) con sus interminables brindis dirigidos por el tamada, el maestro de brindis. Cualquier historia de Sighnaghi está tejida con esa cultura milenaria del vino.
Junto al vino, la otra gran raíz histórica de la zona es religiosa, y también aquí, a un paso de Sighnaghi, en el monasterio de Bodbe. Allí está enterrada Santa Nino, una de las figuras más veneradas de Georgia: la mujer que, según la tradición, llevó el cristianismo al país en el siglo IV. Nino, originaria de Capadocia (en la actual Turquía), habría llegado predicando al reino de Iberia (la Georgia oriental) y, con sus prédicas y los milagros que se le atribuyen —entre ellos la curación de la reina Nana—, logró la conversión del rey Mirian III y de todo el reino hacia el año 337.
Aquella conversión fue un hecho fundacional: Georgia se convirtió en uno de los primeros Estados del mundo en adoptar el cristianismo como religión oficial, apenas después de Armenia y del propio Imperio Romano. La fe cristiana ortodoxa quedó desde entonces entrelazada con la identidad nacional georgiana, y lo sigue estando hoy. Santa Nino es honrada como la 'iluminadora' de Georgia, y su cruz —una cruz de parras, con los brazos ligeramente caídos, que según la leyenda ella misma ató con su propio cabello— es un símbolo del país.
Cuenta la tradición que Nino, al final de su vida, se retiró a Bodbe, en Kajetia, y allí murió y fue enterrada. Sobre su tumba se levantó el monasterio, que se convirtió en uno de los grandes centros de peregrinación de Georgia. Que la cuna del vino más antiguo del mundo sea también el lugar donde reposa la evangelizadora del país no es casual en la cultura georgiana, donde el vino y la fe cristiana están profundamente ligados: el vino de la eucaristía, las viñas de los monasterios, la cruz de parras de Santa Nino. Sighnaghi vive en el cruce de esas dos raíces milenarias.
A lo largo de la Edad Media y la época moderna, Kajetia fue una región y, en varios períodos, un reino independiente dentro del mundo georgiano. Cuando el gran reino unificado de Georgia se fragmentó, tras el esplendor de los siglos XI-XIII y las invasiones mongolas y de Tamerlán, Kajetia se convirtió en uno de los reinos en que se dividió el país, con sus propios reyes y su capital en Gremi y luego en Telavi. Era una tierra rica en vino y agricultura, pero también peligrosamente expuesta.
Situada en el extremo oriental de Georgia, Kajetia estaba en la frontera con el mundo musulmán y con las tribus del Cáucaso norte, y sufría de manera constante las incursiones y las presiones de sus poderosos vecinos: el Imperio Persa (safávida) y el Imperio otomano se disputaban el control de Georgia oriental, y los reyes de Kajetia debían maniobrar entre ellos, a veces como vasallos, a veces resistiendo. Además, las montañas del Daguestán, al norte, lanzaban periódicas razias sobre los pueblos y viñedos del valle del Alazani, saqueando y capturando cautivos. Vivir en esta tierra fértil pero fronteriza significaba vivir bajo amenaza.
Esa inseguridad crónica es la clave para entender el nacimiento del Sighnaghi que hoy conocemos. En un mundo donde las incursiones podían caer en cualquier momento sobre las aldeas del valle, la población necesitaba lugares fortificados donde refugiarse. Y a mediados del siglo XVIII, un rey decidió convertir la colina de Sighnaghi en uno de esos refugios amurallados.
El Sighnaghi amurallado nació hacia 1762, por obra del rey Erekle II (Heraclio II), uno de los grandes monarcas de la historia georgiana. Erekle reinó sobre el reino unificado de Kartli-Kajetia (la Georgia oriental) en la segunda mitad del siglo XVIII, en tiempos muy difíciles, y luchó por defender y modernizar su reino frente a las amenazas de persas, otomanos y las tribus del norte. Como parte de esa política defensiva, mandó fortificar varios puntos estratégicos, y Sighnaghi, en su colina dominando el valle del Alazani, fue uno de los más importantes.
El nombre mismo del pueblo lo dice: 'Sighnaghi' deriva de una palabra túrquica que significa 'refugio' o 'lugar resguardado'. Erekle hizo construir una gran muralla de piedra —unos 4,5 km de longitud, con 23 torres, una de las más largas de Georgia— que no rodeaba solo las casas del pueblo, sino también huertas, viñas y manantiales. La idea era que, ante una incursión, la población de los alrededores pudiera refugiarse dentro del recinto con sus animales y resistir un asedio prolongado, disponiendo de agua y alimento. Cada una de las torres llevaba, según la tradición, el nombre de una aldea de la comarca responsable de defenderla.
Bajo la protección de sus murallas, Sighnaghi creció como pueblo de artesanos y comerciantes, en una región donde el comercio (incluido el del vino y la seda) prosperaba pese a las amenazas. A comienzos del siglo XIX, sin embargo, el destino de toda Georgia cambió: en 1801 el Imperio Ruso anexó el reino de Kartli-Kajetia, poniendo fin a la independencia georgiana. Sighnaghi y toda Kajetia pasaron a formar parte del imperio, y las murallas perdieron su función militar, aunque quedaron como testimonio imponente de aquellos siglos de frontera.
Durante los siglos XIX y XX, bajo el Imperio Ruso y luego la Unión Soviética, Sighnaghi fue un tranquilo pueblo provincial de Kajetia, viviendo del vino, la agricultura y la artesanía, sin grandes cambios. Kajetia siguió siendo la gran región vinícola de Georgia, y en la época soviética se industrializó parte de la producción de vino (a veces a costa de la calidad y de las variedades tradicionales), aunque muchas familias mantuvieron viva la elaboración casera en qvevri, que resistió como una tradición doméstica y cultural imborrable.
El gran cambio para Sighnaghi llegó en el siglo XXI. En 2007, el gobierno georgiano emprendió una ambiciosa y polémica restauración integral del pueblo, con la idea de convertirlo en una joya turística y en la 'capital' simbólica de la ruta del vino de Kajetia. Se repararon las murallas y las torres, se empedraron las calles, se restauraron las casas de balcones de madera y se renovó toda la infraestructura. El resultado, criticado por algunos como demasiado 'de postal', convirtió a Sighnaghi en uno de los destinos más visitados y fotografiados de Georgia, con su aire romántico de villa italiana asomada al Cáucaso.
Hoy Sighnaghi vive de lleno del turismo y del vino. Es una escapada clásica desde Tiflis y la puerta de entrada al enoturismo de Kajetia, con sus bodegas, sus catas de vino ámbar y su hospitalidad legendaria. Combina como pocos lugares las grandes raíces de la cultura georgiana: el vino más antiguo del mundo en el valle a sus pies, la memoria de Santa Nino y la cristianización del país en el vecino Bodbe, y las murallas de Erekle II que recuerdan los siglos de lucha por sobrevivir en esta frontera. Un pueblo pequeño donde late, concentrada, buena parte del alma de Georgia.