Mucho antes de que existiera Tiflis, Mtsjeta ya era el centro del mundo georgiano. Se levantó en un lugar que ningún fundador eligió por azar: el punto exacto donde el río Aragvi, que baja bravo de las montañas del Gran Cáucaso, se abraza con el Mtkvari, el gran río que atraviesa Georgia de punta a punta. Ese encuentro de aguas de distinto color, sagrado ya para los pueblos paganos de la Antigüedad, marcaba también un cruce de caminos: aquí se juntaban las rutas que unían el norte con Persia y el Mar Negro con el Caspio.
Según la tradición, la ciudad fue fundada hacia el siglo III a.C. y tomó su nombre de Mtsjetos, hijo del legendario patriarca Kartlos, del que descienden, según los georgianos, todos los kartvelianos (así se llaman a sí mismos). Fuera leyenda o no, hacia esa época Mtsjeta se convirtió en la capital del reino de Iberia o Kartli, el estado que dominaba el este de Georgia y que los griegos y romanos conocían bien.
Fue una capital rica y cosmopolita. En la vecina colina de Armazi tenía su acrópolis, con templos, palacios y baños, y una necrópolis real de la que la arqueología ha sacado deslumbrantes tesoros de orfebrería de época helenística y romana, hoy en el Museo Nacional de Tiflis. Los reyes de Iberia comerciaban y pactaban con Roma y con la Persia parta, en un delicado equilibrio entre los dos grandes imperios de la época. Pero el acontecimiento que haría eterna a Mtsjeta no fue político ni comercial, sino espiritual.
A comienzos del siglo IV llegó a Iberia una joven predicadora venida de Capadocia (en la actual Turquía), de nombre Nino. La tradición cuenta que era pariente de San Jorge y que la Virgen se le apareció y le entregó una cruz para que evangelizara Georgia. Nino la ató con sus propios cabellos y, según el relato más famoso, la formó con dos sarmientos de vid unidos, cruzados de modo que los brazos horizontales quedaban ligeramente caídos: esa 'cruz de la vid' de brazos inclinados se convertiría en el símbolo de la Iglesia georgiana y sigue siendo su emblema hoy.
Instalada en Mtsjeta, Nino predicó y, según la tradición, obró curaciones que le ganaron fama. El momento decisivo llegó cuando el rey Mirian III, cazando en el bosque, quedó atrapado por una repentina oscuridad y, desesperado, invocó al Dios de Nino: la luz volvió y el rey, convencido, se convirtió al cristianismo junto con la reina Nana. Hacia el año 337, Mirian proclamó el cristianismo religión oficial del reino de Iberia. Georgia se convertía así en uno de los primeros estados del mundo en adoptar la fe cristiana, apenas después de la vecina Armenia.
La conversión transformó Mtsjeta en la ciudad santa de los georgianos. En el lugar donde, según la leyenda, se guardaba el manto de Cristo bajo un cedro milagroso, se levantó la primera iglesia de madera, germen de la futura catedral de Svetitsjoveli. Y en la colina de enfrente, donde Nino habría plantado su cruz, nacería el monasterio de Jvari. La memoria de aquella joven predicadora, venerada como Santa Nino, la 'iluminadora de Georgia', sigue vivísima: es uno de los nombres de mujer más comunes del país.
La leyenda que da nombre a la gran catedral de Mtsjeta es una de las más queridas de Georgia. Cuenta que un judío georgiano de la ciudad, Elías, viajó a Jerusalén y estuvo presente en la crucifixión de Cristo, donde compró a un soldado el manto (la túnica) del Señor. Lo trajo de vuelta a Mtsjeta y se lo entregó a su hermana Sidonia, que al abrazarlo murió de emoción; y como no hubo forma de arrancarle el manto de las manos, la enterraron con él. Sobre su tumba creció un cedro imponente y sagrado.
Cuando Santa Nino quiso levantar la primera iglesia, mandó talar el cedro para hacer con él siete columnas. Seis se colocaron sin problema, pero la séptima, hecha del tronco, se elevó por sí sola en el aire y no había manera de asentarla. Tras una noche de oración de Nino, la columna descendió milagrosamente a su sitio, derramando un líquido que curaba a los enfermos. De ahí el nombre Svetitsjoveli, que en georgiano significa 'el pilar viviente' o 'la columna que da vida'. Se cree que el manto de Cristo sigue enterrado bajo la catedral, lo que convierte al templo en uno de los lugares más sagrados de la cristiandad oriental.
La catedral que se ve hoy es una obra maestra del siglo XI, construida entre 1010 y 1029 por el arquitecto Arsukisdze bajo el patriarca Melkisedek. Reemplazó a iglesias anteriores más pequeñas y se convirtió en la catedral patriarcal de Georgia. Durante casi mil años fue el escenario de la coronación y el entierro de los reyes georgianos: en su suelo descansan varios monarcas, incluido Erekle II y el último rey, Jorge XII. Sobre una de sus fachadas, una inscripción y un relieve de un brazo con una escuadra recuerdan al arquitecto, alrededor del cual creció otra leyenda trágica sobre un rey celoso de su talento.
Enfrente de la ciudad, en lo alto de un cerro rocoso que domina la unión de los ríos, se alza el monasterio de Jvari, cuyo nombre significa sencillamente 'de la Cruz'. Según la tradición, aquí Santa Nino levantó una gran cruz de madera para señalar el triunfo del cristianismo sobre los antiguos cultos paganos, y el lugar se convirtió enseguida en meta de peregrinos. La cruz obraba milagros, decían, y su fama se extendió por todo el Cáucaso.
A finales del siglo VI, entre los años 586 y 605, el príncipe Stepanoz I mandó construir sobre el cerro la iglesia de piedra que todavía hoy se conserva, una de las más antiguas que quedan en pie en Georgia. Su diseño fue revolucionario: una planta de cruz inscrita en un cuadrado, con cuatro ábsides y una cúpula sobre un tambor octogonal, una solución de una armonía tan perfecta que se convirtió en el modelo de la arquitectura eclesiástica georgiana durante siglos. Innumerables iglesias del país copiarían el 'tipo Jvari'.
Pero lo que hace inolvidable a Jvari, más allá de su valor arquitectónico, es su emplazamiento. Solitaria en la cima, recortada contra el cielo, la iglesia contempla desde arriba el abrazo de los ríos Aragvi y Mtkvari y, más allá, la ciudad de Mtsjeta con su catedral. Esa imagen inspiró en el siglo XIX al poeta ruso Mijaíl Lérmontov su célebre poema romántico 'Mtsyri' ('El novicio'), sobre un joven monje prisionero que sueña con la libertad de las montañas. Hoy Jvari es, para muchos, el monumento más bello de Georgia, y su silueta sobre los ríos, la imagen misma del país.
Hacia el año 500, el rey Dachi, hijo de Vajtang Gorgasali, trasladó la capital política de Mtsjeta a la nueva y estratégica Tiflis, veinte kilómetros río abajo. Mtsjeta perdió así su papel de sede del poder, pero conservó algo que ninguna otra ciudad podía disputarle: siguió siendo el centro religioso de la nación, la sede del Catholicós-Patriarca de toda Georgia, cabeza de la Iglesia ortodoxa georgiana. Durante toda la Edad Media, coronaciones y entierros reales continuaron celebrándose en Svetitsjoveli, y los peregrinos nunca dejaron de subir a Jvari.
Como el resto del país, Mtsjeta sufrió las invasiones que asolaron Georgia a lo largo de los siglos: árabes, mongoles, las hordas de Tamerlán, persas y otomanos pasaron por el valle dejando destrucción, y los monumentos fueron dañados y restaurados una y otra vez. Sin embargo, la extraordinaria solidez de sus grandes iglesias de piedra permitió que llegaran hasta nosotros esencialmente intactas, algo excepcional para monumentos de más de mil años.
En 1994, la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad el conjunto de los monumentos históricos de Mtsjeta —la catedral de Svetitsjoveli, el monasterio de Jvari y el convento de Samtavro—, reconociéndolos como un ejemplo sobresaliente de la arquitectura medieval del Cáucaso y testigos del papel de la ciudad en la difusión del cristianismo. Hoy, Mtsjeta es a la vez un pueblo tranquilo y turístico, a un paso de Tiflis, y el corazón espiritual palpitante de Georgia: aquí se sigue coronando simbólicamente a los patriarcas, aquí vienen los peregrinos y aquí, más que en ningún otro sitio, se toca el origen de lo que significa ser georgiano. Pocas excursiones cuentan tanto en tan poco espacio.