Kutaisi es una de las ciudades más antiguas del mundo habitadas sin interrupción: la arqueología documenta asentamientos en la zona desde hace más de tres mil años, y algunos la cuentan entre las urbes más viejas de Europa. Ya en el segundo y primer milenio antes de nuestra era fue el centro de la Cólquida, el reino que los antiguos griegos rodearon de leyenda. Para ellos, la Cólquida era una tierra fabulosamente rica en oro, en el confín oriental del mundo conocido, y allí situaron uno de sus mitos más célebres: el del vellocino de oro.
Según la leyenda, Jasón y los argonautas navegaron desde Grecia hasta la Cólquida a bordo del Argo en busca de ese vellocino, la piel de un carnero dorado, custodiada por el rey Eetes y conseguida gracias a la ayuda de su hija, la hechicera Medea, que se enamoró de Jasón. Detrás del mito hay un fondo real: los pueblos de la Cólquida eran expertos orfebres, y una técnica local de recoger el oro de los ríos con vellones de oveja pudo inspirar la historia. Los magníficos tesoros de oro de la Cólquida, hallados por los arqueólogos, adornan hoy museos georgianos, y una fuente del centro de Kutaisi está coronada por réplicas doradas de esas piezas.
La Cólquida mantuvo contactos con el mundo griego, persa y romano, y fue durante siglos un cruce de comercio y culturas. Con el correr del tiempo, la región se integró en las formaciones políticas que darían origen a la Georgia histórica, primero como reino de Egrisi-Lázica y luego, ya cristianizada, dentro de los reinos georgianos medievales. Kutaisi arrastraba ya, cuando empezó su gran época, milenios de historia a sus espaldas.
El momento culminante de Kutaisi llegó en la Edad Media, cuando se convirtió en capital del reino de Georgia. Hacia el año 1000, el rey Bagrat III unificó bajo su corona los distintos reinos y principados georgianos, dando nacimiento a un Estado georgiano unido, y estableció en Kutaisi uno de sus centros de poder. Como símbolo de esa nueva era, mandó construir la gran catedral de Bagrati, consagrada alrededor del año 1003, que coronó la colina sobre la ciudad y fue durante siglos uno de los principales templos y lugares de coronación del reino.
El esplendor se profundizó con David IV, llamado 'el Constructor' (Aghmashenebeli), que reinó entre 1089 y 1125 y es considerado el mayor de los reyes georgianos. David reorganizó el Estado y el ejército, expulsó a los invasores selyúcidas —con la decisiva victoria en la batalla de Didgori en 1121— y llevó a Georgia a una expansión y un florecimiento sin precedentes. En 1106 fundó, muy cerca de Kutaisi, el monasterio de Gelati, que concibió no solo como templo sino como un gran centro del saber: la Academia de Gelati, donde se enseñaban filosofía, teología, ciencias y artes, fue uno de los focos culturales más brillantes del mundo cristiano oriental, comparada a veces con una 'nueva Atenas' o una 'segunda Jerusalén'. David quiso ser enterrado allí, bajo la puerta, para que todos pisaran su tumba al entrar.
Aquella edad de oro culminó con su bisnieta, la reina Tamar (1184-1213), bajo cuyo reinado Georgia alcanzó su máxima extensión, poder y esplendor cultural, con la epopeya de Shota Rustaveli 'El caballero de la piel de tigre' como joya literaria. Kutaisi y su región fueron corazón de aquel reino que, entre los siglos XI y XIII, fue una de las grandes potencias del Cáucaso y del mundo ortodoxo. Los frescos y mosaicos de Gelati son el testimonio deslumbrante de esa época dorada.
El esplendor no duró para siempre. A partir del siglo XIII, las invasiones de los mongoles y, más tarde, las campañas devastadoras de Tamerlán a fines del siglo XIV golpearon duramente a Georgia y quebraron su unidad. En los siglos siguientes, el reino unificado se fragmentó en varios reinos y principados rivales, y Kutaisi se convirtió en capital del reino de Imericia, que agrupaba la Georgia occidental. Fue una época de decadencia política, guerras internas y presión constante de las grandes potencias vecinas.
Durante esos siglos, la Georgia occidental —incluida Imericia— quedó bajo la creciente influencia del Imperio otomano, que dominaba la vecina costa del Mar Negro y ejercía su poder sobre los reinos georgianos, que a menudo debían pagar tributo, incluso en esclavos. En 1692, en el marco de esos conflictos, las tropas otomanas dañaron gravemente la catedral de Bagrati, volando su cúpula; el gran templo quedó en ruinas durante más de tres siglos, convertido en una imponente cáscara de piedra sobre la colina, imagen misma de la Georgia dividida y asediada de aquella época.
Los reyes de Imericia lucharon por mantener su independencia entre otomanos y persas, y buscaron cada vez más la protección de una potencia cristiana en ascenso: el Imperio Ruso. Esa búsqueda de un aliado ortodoxo frente a los imperios musulmanes marcaría el paso siguiente de la historia de Kutaisi y de toda Georgia: la entrada en la órbita rusa.
A comienzos del siglo XIX, el Imperio Ruso completó la anexión de los reinos georgianos. El reino de Kartli-Kajetia, en el este, fue anexado en 1801; el reino de Imericia, con Kutaisi, fue incorporado poco después, hacia 1810, y la autonomía georgiana desapareció. Kutaisi pasó a ser una ciudad provincial del imperio, capital de la 'gubernia' (provincia) de Kutaisi, que abarcaba buena parte de la Georgia occidental. Durante el siglo XIX la ciudad se modernizó: llegaron el ferrocarril, nuevas escuelas y edificios, y creció como centro administrativo y comercial.
En ese período, Kutaisi fue también un foco de vida cultural e intelectual georgiana y de las ideas nacionalistas y revolucionarias que agitaban al imperio. Con la caída del zarismo, Georgia vivió un breve período independiente (la República Democrática de Georgia, 1918-1921), hasta que en 1921 el Ejército Rojo ocupó el país y lo incorporó a la Unión Soviética. Kutaisi se convirtió entonces en una importante ciudad industrial soviética, con fábricas (textiles, automotrices, mecánicas) que la hicieron crecer y le dieron su fisonomía del siglo XX.
La época soviética dejó huellas contradictorias: industrialización y crecimiento, pero también represión y el peso del régimen. Muy cerca, en Tskaltubo, se desarrolló un gran balneario termal para toda la URSS, cuyos majestuosos sanatorios hoy abandonados son un símbolo elocuente de aquel mundo desaparecido. La independencia de Georgia en 1991 trajo, como en el resto del país, una durísima crisis económica que golpeó la industria de Kutaisi y marcó los difíciles años 90.
La Kutaisi contemporánea es la segunda ciudad de Georgia y la capital indiscutida de su mitad occidental. Tras los años difíciles que siguieron a la independencia, la ciudad fue recuperándose de a poco. Un episodio singular marcó las últimas décadas: entre 2012 y 2019, en un intento de descentralizar el poder, el Parlamento de Georgia fue trasladado de Tiflis a Kutaisi, y se construyó para ello un futurista edificio de vidrio a las afueras. La medida fue polémica y finalmente el Parlamento volvió mayoritariamente a la capital, pero puso a Kutaisi de nuevo en el centro de la escena nacional.
Hoy la ciudad vive un renacimiento turístico. La apertura del aeropuerto internacional David el Constructor, con vuelos low cost desde toda Europa, convirtió a Kutaisi en una de las principales puertas de entrada al país: muchos viajeros aterrizan aquí y arrancan desde la ciudad su recorrido por Georgia. Y su ubicación, en el corazón del oeste, la hace base ideal para visitar sus dos grandes joyas Patrimonio de la Humanidad —Bagrati y Gelati— y la espectacular naturaleza de la región: las cuevas de Prometeo, los cañones de Okatse y Martvili, las termas de Tskaltubo.
Más tranquila y auténtica que Tiflis, con su casco antiguo de casas bajas, su mercado colorido y su ambiente sin prisa, Kutaisi ofrece al viajero una experiencia distinta: la de una ciudad milenaria que fue capital de la Cólquida legendaria y del gran reino medieval georgiano, y que hoy, sin grandes aspavientos, conserva y muestra tres mil años de historia a orillas del río Rioni. Pocas ciudades del tamaño de Kutaisi guardan un pasado tan hondo.