Pocas montañas del mundo cargan con tanta mitología como el Kazbek. Este coloso de 5.047 metros, uno de los picos más altos del Cáucaso, un volcán dormido cubierto de glaciares, domina el horizonte de Kazbegi y ha inspirado leyendas durante milenios. La más famosa la vincula con el mito griego de Prometeo, el titán que robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres y fue castigado por Zeus a permanecer encadenado a una roca del Cáucaso, donde un águila le devoraba el hígado cada día. Muchos sitúan esa roca en el Kazbek, y la versión georgiana local tiene su propio héroe encadenado, Amirani, un Prometeo caucásico que desafió a Dios y quedó preso en las entrañas de la montaña.
Estas leyendas no son casuales: reflejan el temor y la fascinación que estas cumbres inspiraron siempre a los pueblos que vivían a sus pies. El gran Cáucaso fue, para griegos y persas, el fin del mundo conocido, una barrera de hielo y roca poblada de dioses, monstruos y pueblos feroces. En una cueva de la ladera del Kazbek, la tradición cristiana situó más tarde la 'tienda de Abraham' y guardó reliquias sagradas, cristianizando el viejo lugar de culto.
El pueblo que se asienta al pie de la montaña, hoy llamado oficialmente Stepantsminda ('San Esteban', por un monje que fundó allí una ermita), está habitado por los mojeves, un grupo étnico georgiano de montaña con sus propias tradiciones, célebres por su resistencia física, su hospitalidad y su papel histórico como guardianes del paso hacia el norte. Durante siglos, este fue el último rincón de la Georgia cristiana antes de las montañas y de los pueblos del otro lado.
En un cerro a 2.170 metros sobre el pueblo, aislada entre praderas y con el Kazbek de fondo, se alza la iglesia de la Trinidad de Gergeti (Gergetis Tsminda Sameba), del siglo XIV. Su emplazamiento, hoy admirado por su belleza, respondía en origen a una función muy práctica: su lejanía y difícil acceso la convertían en un escondite seguro. En épocas de invasión —y Georgia sufrió muchas—, los tesoros sagrados y las reliquias más preciadas del país se llevaban a lugares apartados de montaña como este para ponerlos a salvo del saqueo.
La tradición cuenta que, en momentos de peligro, se trasladó hasta Gergeti nada menos que la cruz de Santa Nino, el símbolo mismo del cristianismo georgiano, y otros tesoros de Mtsjeta, para protegerlos de los invasores. La iglesia, con su campanario medieval separado, se convirtió así en un santuario cargado de significado nacional, custodiado por los montañeses mojeves. Ser sacristán o guardián de Gergeti era un honor que se transmitía de generación en generación.
Durante la época soviética, el ateísmo oficial cerró y descuidó muchas iglesias, y Gergeti no fue una excepción; incluso hubo un teleférico soviético para subir turistas, que la población local, indignada por lo que consideraba una profanación, acabó desmantelando. Con la independencia, la iglesia recuperó plenamente su culto y se convirtió en el símbolo turístico y espiritual de la región. Hoy, la imagen de la humilde iglesia solitaria bajo el gigante nevado es, para muchos, la fotografía que define a Georgia entera.
El destino de Kazbegi ha estado siempre ligado al paso que lo atraviesa. Desde la Antigüedad, el desfiladero de Darial, ese estrecho cañón por el que el río Terek se abre camino entre paredes verticales hacia el norte, fue una de las escasas rutas que cruzaban la muralla del gran Cáucaso. Los autores antiguos lo llamaban las 'Puertas Caucásicas' o las 'Puertas del Alano', y por él pasaron ejércitos, mercaderes y pueblos nómadas durante siglos. Quien controlaba Darial controlaba el tránsito entre el mundo del sur (Georgia, Persia, el Mar Negro) y las estepas del norte.
Cuando el Imperio ruso extendió su poder hacia el Cáucaso, a finales del siglo XVIII, comprendió el valor estratégico de esta ruta. Tras el Tratado de Georgievsk de 1783, por el que el reino georgiano de Kartli-Kajetia se puso bajo protección rusa, y sobre todo tras la anexión de Georgia en 1801, Rusia construyó y mejoró la Carretera Militar Georgiana, una vía que unía la ciudad rusa de Vladikavkaz con Tiflis a través de Darial y el paso del Cruz. Su nombre lo dice todo: era, ante todo, una ruta militar, para mover tropas y afianzar el dominio ruso sobre el Cáucaso.
Esa carretera transformó Stepantsminda en una parada obligada del camino, con su posta, su guarnición y su tráfico de viajeros. Por aquí pasaron y escribieron algunos de los grandes nombres de la literatura rusa —Pushkin, Lérmontov, que ambientó obras en estas montañas—, fascinados por el paisaje salvaje. El pueblo tomó popularmente el nombre de Kazbegi por Aleksandre Kazbegi (1848-1893), un escritor georgiano nacido en la zona, de una familia local principal, que retrató en sus novelas la vida y el honor de los montañeses mojeves.
El siglo XIX, que trajo el romanticismo y la exploración de las grandes montañas, puso al Kazbek en el mapa del alpinismo mundial. Durante mucho tiempo se creyó inaccesible, envuelto en el prestigio de sus leyendas, pero en 1868 un equipo de montañeros británicos liderado por Douglas Freshfield alcanzó por primera vez su cumbre, en la edad dorada de la conquista de las cimas del Cáucaso, que rivalizaba entonces con los Alpes como frontera del alpinismo.
En la época soviética, Kazbegi se convirtió en un centro del montañismo y del turismo de montaña de toda la URSS. Se construyeron refugios, como el de Betlemi en la ladera del Kazbek, se organizaron campamentos de alpinismo y el pico atrajo a escaladores de todo el bloque soviético. La montaña y su glaciar fueron también objeto de estudio científico, con estaciones meteorológicas de altura. El pueblo vivió del paso de la carretera, del montañismo y del pastoreo tradicional.
Aquella cultura montañera dejó una base sobre la que creció el turismo actual. Con la independencia de Georgia y, sobre todo, en las últimas dos décadas, Kazbegi se transformó en uno de los grandes destinos de naturaleza del país: senderistas, escaladores y viajeros de todo el mundo llegan atraídos por la iglesia de Gergeti, los glaciares, los valles de Truso y Juta y la posibilidad de ascender al Kazbek con guía. Guesthouses, hoteles de diseño y agencias de trekking florecieron en el pueblo, que pasó de posta soviética olvidada a meca del montañismo georgiano.
La Kazbegi de hoy es una localidad que vive un momento dulce y, a la vez, delicado. El turismo la ha revitalizado: la subida a Gergeti es una de las excursiones más populares de Georgia, el pueblo está lleno de guesthouses acogedoras y de hoteles con grandes ventanales hacia la montaña, y en temporada alta las calles y los senderos bullen de viajeros de todo el mundo. Ese auge trajo prosperidad, pero también los desafíos de la masificación en un entorno frágil de alta montaña, con debates sobre cómo crecer sin arruinar lo que atrae a la gente.
Su condición de pueblo fronterizo sigue marcándolo. Kazbegi está a solo unos diez kilómetros de Rusia, al final de la Carretera Militar Georgiana, que continúa por el desfiladero de Darial hasta el único paso terrestre abierto entre ambos países. Por él circula un intenso tráfico de camiones —Georgia comercia con Rusia y Armenia por esta vía—, y el paso es un termómetro de las tensas relaciones entre Tiflis y Moscú, agravadas desde la guerra de 2008 y la ocupación de Abjasia y Osetia del Sur. El valle de Truso, cerca del pueblo, limita justamente con la línea de Osetia del Sur, controlada por Rusia.
Pese a esa tensión geopolítica de fondo, Kazbegi es un lugar seguro y hospitalario, donde los montañeses mojeves reciben al viajero con la calidez de siempre. Sigue siendo, ante todo, el reino del gran Kazbek: la montaña de Prometeo, el glaciar, la iglesia solitaria en el cerro. Quien llega hasta aquí, al final de la carretera más bella del Cáucaso, entiende por qué esta imagen se convirtió en el símbolo de Georgia, un país de montañas donde lo sagrado, lo salvaje y lo humano se dan la mano a más de dos mil metros de altura.