La historia de Ngwenya empieza en la prehistoria más profunda. En el cerro Bomvu —'cerro rojo' en siSwati, por el color del hierro que aflora en él—, los arqueólogos han documentado una de las actividades humanas más antiguas conocidas: la extracción de mineral hace más de 40.000 años, y según algunas dataciones incluso más. Esa evidencia, hallada sobre todo en la cueva llamada Lion Cavern, convierte a Ngwenya en la explotación minera conocida más antigua del mundo, un récord que pocos sitios de África pueden disputar.
Es importante entender qué buscaban aquellos primeros mineros. No extraían hierro para fabricar herramientas —la metalurgia del hierro llegaría decenas de miles de años más tarde—, sino minerales de brillo metálico como la hematita y, sobre todo, la especularita, una variedad de hierro que reluce como si tuviera escamas plateadas. Con ellos obtenían pigmentos: el ocre rojo y los polvos brillantes que, mezclados con grasa, se usaban para pintar el cuerpo, decorar objetos y realizar rituales.
Ese uso ceremonial del mineral se mantuvo durante milenios: la especularita brillante fue durante siglos un cosmético y símbolo de estatus reservado a los jefes en el sur de África. Así, mucho antes de que existieran ciudades, escritura o agricultura, los seres humanos de esta parte del continente ya organizaban una minería con excavaciones, herramientas de piedra y transporte del material, en lo que puede considerarse una de las primeras 'industrias' de la humanidad.
Aunque la extracción de pigmentos en Ngwenya continuó de forma intermitente a lo largo de la prehistoria y la historia, fue en el siglo XX cuando su verdadera antigüedad salió a la luz. En las décadas de 1960 y 1970, mientras se desarrollaba la minería de hierro moderna en la misma montaña, arqueólogos —entre ellos el sudafricano Peter Beaumont— estudiaron las antiguas excavaciones y recogieron herramientas de piedra y restos que, datados con métodos científicos, revelaron edades de decenas de miles de años.
Esos hallazgos situaron a Ngwenya en el mapa mundial de la arqueología. El Lion Cavern y las labores asociadas mostraron que la minería no era un invento reciente ni exclusivo de las civilizaciones 'avanzadas', sino una práctica que hunde sus raíces en la Edad de Piedra africana. La combinación de dataciones antiguas, herramientas y galerías hizo de Ngwenya un caso de estudio citado en todo el mundo sobre los orígenes de la explotación de recursos por parte de nuestra especie.
Por su valor, la mina de Ngwenya y el Lion Cavern figuran en la lista tentativa de Eswatini para el Patrimonio Mundial de la UNESCO, como testimonio excepcional de la relación entre los seres humanos y los minerales desde los albores de la humanidad. Es, en cierto sentido, un yacimiento que habla no solo de la historia de Eswatini, sino de la historia de toda la especie humana.
Milenios después de aquellos primeros mineros, el mismo cerro volvió a ser explotado, esta vez a escala industrial. A mediados del siglo XX, con Swazilandia todavía bajo administración británica, se desarrolló en Ngwenya una gran mina de hierro a cielo abierto, aprovechando los ricos depósitos de la montaña. El mineral de alta calidad se extraía del enorme tajo que hoy se ve desde el sendero al Lion Cavern.
Para sacar el hierro se construyó infraestructura: caminos, instalaciones y, sobre todo, un ferrocarril que permitía transportar el mineral hasta la costa de Mozambique, en el puerto de Maputo (entonces Lourenço Marques), para su exportación. La actividad minera fue una de las principales fuentes de ingresos y empleo del país en las décadas centrales del siglo XX, y dejó su huella en el paisaje con el gran tajo abierto que corta la montaña.
Con el tiempo, los depósitos más rentables se agotaron y la mina industrial fue cerrando. Esa doble vida del cerro —cantera de pigmentos hace decenas de miles de años y mina de hierro moderna en el siglo XX— es justamente lo que hoy cuenta el centro de visitantes de Ngwenya, abierto en 2005, con sus dioramas, sus muestras de minerales, sus fotografías de archivo y una vieja locomotora a vapor británica de 1913, testigo de aquella época del ferrocarril del mineral.
A los pies de la montaña de la minería más antigua del mundo nació, en pleno siglo XX, una historia muy distinta y también fascinante: la de Ngwenya Glass. La fábrica se abrió en 1979 gracias a un proyecto de cooperación sueca, que trajo la maquinaria, construyó el taller y formó a artesanos suazis en el arte milenario del soplado de vidrio. Dos sopladores locales viajaron incluso a Suecia y pasaron nueve meses aprendiendo en la célebre casa Kosta Boda, una de las cristalerías más prestigiosas del mundo.
Entre 1981 y 1985 la fábrica fue gestionada íntegramente por suazis, pero luego cerró. Sus figuras de vidrio con forma de elefante, sin embargo, habían cautivado a la familia Prettejohn, unos granjeros del Cabo Oriental sudafricano que, sin saber nada de soplado de vidrio, decidieron reabrir la fábrica en junio de 1987. Desde entonces, Ngwenya Glass elabora sus piezas exclusivamente con vidrio 100% reciclado: botellas y frascos usados que se recogen por todo Eswatini y renacen convertidos en figuras de animales, vasos, jarrones y objetos de diseño.
Hoy la fábrica emplea a decenas de trabajadores con salarios dignos y es un referente de comercio justo y sostenibilidad en toda la región. Sus productos se exportan a medio mundo y su complejo, junto a la frontera de Ngwenya/Oshoek, se ha convertido en una de las visitas favoritas del país, donde el viajero puede ver a los sopladores en acción y llevarse una pieza única hecha de basura reciclada. Así, en un mismo rincón del noroeste suazi conviven la primera 'industria' de la humanidad y una de las expresiones más creativas de la economía circular contemporánea.