La historia de Sharjah es mucho más antigua de lo que sugieren sus edificios modernos. En el interior del emirato, en la zona de Mleiha, la arqueología ha desenterrado vestigios de presencia humana de hace miles de años: herramientas de la Edad de Piedra, tumbas de la Edad del Bronce y del Hierro, y todo un asentamiento preislámico que, en los últimos siglos antes de nuestra era, comerciaba con el mundo grecorromano, persa y del sur de Arabia. Se han hallado monedas, un mausoleo monumental y hasta restos que hablan de una próspera vida caravanera y agrícola en pleno desierto.
Esa antigüedad conecta a Sharjah con las grandes rutas comerciales que cruzaban Arabia y el Golfo. La región era un punto de paso entre el interior de la península, la costa y las rutas marítimas que unían Mesopotamia, Persia, la India y África oriental. El agua, escasa pero presente, y la posición estratégica hicieron de esta zona un lugar habitado sin interrupción durante milenios.
Como toda la costa de los futuros Emiratos, la Sharjah histórica vivió sobre todo del mar: la pesca, el comercio marítimo y, muy especialmente, el buceo de perlas, que durante siglos fue la principal riqueza de la región. Los dhows salían cada verano a los bancos de ostras, y de las perlas dependían la economía y la vida de las comunidades costeras. Sobre ese mundo marinero y perlífero se construyó la Sharjah tradicional, la de los mercaderes y los buceadores que hoy se recrea en su casco histórico.
El gran protagonista de la historia moderna de Sharjah es la dinastía Al Qasimi, conocida en plural como los Qawasim. Desde el siglo XVIII, esta familia tomó el control de Sharjah y de buena parte de la costa del bajo Golfo, incluida Ras al Khaimah, y construyó una notable potencia marítima. Los Qawasim tenían una flota poderosa y dominaban el comercio y la navegación de la zona, extendiendo su influencia por ambas orillas del Golfo, incluida la costa persa.
Ese poderío chocó de frente con los intereses del Imperio británico, que controlaba las rutas hacia la India y no toleraba rivales marítimos en el Golfo. Los británicos acusaron a los Qawasim de piratería —una acusación que la historiografía local disputa, señalando que en gran medida se trataba de una competencia comercial— y bautizaron a la zona como la 'Costa de los Piratas' (Pirate Coast). A comienzos del siglo XIX, la marina británica lanzó campañas militares contra las bases de los Qawasim, culminando en 1819-1820 con la destrucción de su flota y la firma de tratados que pusieron fin a su hegemonía naval.
Aquellos tratados marítimos, renovados a lo largo del siglo XIX, integraron a Sharjah y a los demás emiratos de la costa en el sistema de los Estados de la Tregua ('Trucial States'), bajo la protección y el control británico de las relaciones exteriores. Sharjah, que había sido una de las potencias de la región, quedó reducida a un pequeño emirato bajo tutela, pero conservó su dinastía Al Qasimi, que gobierna el emirato hasta hoy.
Durante la época de la Tregua, Sharjah tuvo un papel destacado en la presencia británica en el Golfo. De hecho, fue uno de los principales centros de la región: durante un tiempo, el representante político británico para toda la costa tuvo su base aquí, y en los años 30 del siglo XX, Sharjah acogió una escala clave de la ruta aérea del Imperio británico hacia la India, con un aeródromo y un fuerte-hotel donde repostaban los aviones y los hidroaviones. Fue de los primeros lugares de la costa en tener aeropuerto y contacto con la aviación moderna.
Pero la economía seguía dependiendo de las perlas, y ahí llegó la catástrofe. En las décadas de 1920 y 1930, el desarrollo de la perla cultivada japonesa, sumado a la Gran Depresión mundial, hundió el precio de las perlas naturales del Golfo y arruinó la industria de la que vivía Sharjah. El emirato, como toda la región, cayó en una pobreza profunda. El comercio decayó, muchos emigraron, y la ciudad quedó reducida a la subsistencia durante décadas.
A diferencia de su vecina Abu Dabi, Sharjah no tuvo la fortuna de descubrir grandes reservas de petróleo —su producción sería siempre modesta comparada con la del emirato de la capital—. Así que, cuando llegó la era del petróleo y la modernización, Sharjah partió con menos recursos que Abu Dabi o que la comercial Dubái. Ese hecho, lejos de hundirla, terminaría por definir su identidad: al no poder competir en riqueza petrolera ni en negocios, Sharjah buscó otro camino para destacar.
Cuando el Reino Unido anunció su retirada del golfo Pérsico a fines de los años 60, Sharjah, como los demás emiratos de la Tregua, tuvo que decidir su futuro. El 2 de diciembre de 1971, se sumó a la federación de los Emiratos Árabes Unidos, junto con Abu Dabi, Dubái, Ajman, Umm al Quwain y Fujairah (Ras al Khaimah se incorporó a comienzos de 1972). Sharjah pasó a ser el tercer emirato de la federación, con su familia gobernante Al Qasimi manteniendo el poder local.
Los primeros años de la federación no fueron fáciles para Sharjah. En 1972, el emirato vivió un episodio dramático: un intento de golpe en el que el gobernante anterior, depuesto años antes, trató de recuperar el poder por la fuerza y murió en el asalto al palacio, tras lo cual asumió el jeque Sultan bin Muhammad Al Qasimi, un hombre culto y formado en la universidad que gobernaría el emirato durante décadas y marcaría profundamente su rumbo.
El jeque Sultan, historiador y autor de libros, imprimió a Sharjah un carácter muy propio dentro de los Emiratos. Convencido de que el verdadero patrimonio de un pueblo es su cultura, su historia y su educación, orientó al emirato hacia esos valores, en un contraste deliberado con el rumbo más comercial y espectacular de Dubái o el más opulento de Abu Dabi. Sharjah apostó por los museos, las universidades, la restauración del patrimonio y la promoción del arte y la lengua árabe. Encontró, así, su lugar único en la federación.
La apuesta de Sharjah por la cultura dio frutos y le valió un reconocimiento internacional: en 1998, la Unesco la nombró Capital Cultural del Mundo Árabe, y en 2019 fue designada Capital Mundial del Libro. Estos títulos consagraron la identidad que el emirato había cultivado durante décadas: la de ser, dentro de los Emiratos, el faro de la cultura, la historia, el arte y la educación, frente al glamour comercial de sus vecinas.
Hoy Sharjah es una ciudad de museos —el magnífico Museo de la Civilización Islámica, museos de arte, de historia, marítimos, de ciencias—, de zocos restaurados, de un casco histórico revivido en el proyecto Heart of Sharjah, y de eventos culturales de primer nivel, como la Bienal de Sharjah, una de las citas de arte contemporáneo más respetadas de Oriente Medio, organizada por la Sharjah Art Foundation. Es también sede de universidades y de una intensa vida cultural en árabe.
Sharjah conserva, además, un carácter más conservador y tradicional que el resto de la costa: es un emirato 'seco', sin alcohol, con un ambiente más recatado y familiar, muy ligado a la fe y a las costumbres. Para el viajero, esa combinación —patrimonio cuidado, museos excelentes, zocos auténticos, un desierto con miles de años de historia en Mleiha y una atmósfera genuina— convierte a Sharjah en el mejor lugar para entender de dónde vienen los Emiratos. Mientras Dubái mira al futuro y Abu Dabi ostenta su riqueza, Sharjah cuida la memoria. Y en un país que se reinventó a toda velocidad, esa memoria vale oro.