Antes de ser el destino de aventura de Dubái, antes incluso de llamarse Hatta, este rincón de los montes Hajar era un pequeño mundo aparte, un pueblo de montaña con un nombre antiguo: Hajarain. Encajado entre picos áridos, a más de mil metros de distancia del bullicio de la costa y en un ambiente completamente distinto, Hatta debía su existencia a una combinación afortunada de factores geográficos que, en el desierto, valían oro: agua, altura y posición estratégica.
El agua era lo esencial. En las montañas, los wadis —los cauces por los que baja el agua de las lluvias— y los manantiales permitían algo casi imposible en el resto de la región: la agricultura. Con un ingenioso sistema de canales llamado falaj, que conducía el agua desde las fuentes de la montaña hasta los cultivos, los habitantes de Hatta regaban palmerales de dátiles y pequeñas huertas. Ese oasis de montaña sostenía a la comunidad, que completaba su economía con el pastoreo de cabras en las laderas.
La altura, además, traía un clima más fresco que el de las tierras bajas, un alivio en el verano abrasador, y una posición defensiva natural. Y la ubicación, en una ruta entre la costa y el interior montañoso, cerca de lo que hoy es la frontera con Omán, le daba valor estratégico. Por todo esto, Hatta fue habitada durante siglos y se llenó de las construcciones que todavía la definen: casas de barro y piedra, torres de vigilancia y un fuerte, hoy conservados en el pueblo del patrimonio. Un lugar pequeño, pero con una identidad fuerte, forjada por la montaña.
La historia política de Hatta tiene un giro que explica por qué hoy es un pedazo del emirato de Dubái encajado en las montañas, lejos y separado del resto de su territorio. Durante mucho tiempo, esta región de los montes Hajar perteneció al sultanato de Omán, la potencia que dominaba buena parte del sureste de la península Arábiga. Hatta era, entonces, territorio omaní, un pueblo de montaña en la órbita de Mascate.
El cambio se produjo hacia 1850. Según los relatos históricos, el sultán omaní Turki bin Said no lograba defender el enclave frente a las presiones de las tribus de la zona —los Na'im de Buraimi, que se habían asentado en la vecina Masfout—, y acabó transfiriendo el territorio a Dubái, durante el gobierno de la dinastía Al Maktoum (concretamente en tiempos del gobernante Hasher bin Maktoum). Para Dubái, un emirato costero, adquirir Hatta significaba tener una posición en las montañas: agua, tierras agrícolas, altura fresca y un punto estratégico en el interior. Fue una jugada astuta que amplió el alcance del emirato más allá de la costa.
Desde entonces, Hatta quedó como un exclave de Dubái: un fragmento del emirato separado de su territorio principal, rodeado por otros emiratos y por Omán. Los Al Maktoum reforzaron su control con construcciones defensivas: el fuerte de Hatta y sus torres de vigilancia, levantados hacia finales del siglo XIX (en torno a las décadas de 1880 y 1890), servían para proteger el enclave y afirmar la soberanía de Dubái en un territorio disputado y fronterizo. Ese pasado de frontera, de tribus en pugna y de cambio de manos, es parte esencial de la identidad de Hatta.
El patrimonio histórico de Hatta, hoy conservado y restaurado, cuenta con edificios que son verdaderas cápsulas del tiempo. El más antiguo es la mezquita Juma, construida en 1780, considerada el edificio más viejo que se conserva en Hatta: una modesta pero conmovedora muestra de la arquitectura religiosa de las montañas, hecha de barro y piedra, que ha sobrevivido más de dos siglos. A su alrededor se articulaba la vida espiritual y comunitaria del pueblo.
Junto a la mezquita se alzan las estructuras defensivas: el fuerte de Hatta y las torres de vigilancia (watchtowers), levantados a finales del siglo XIX, hacia 1880-1896. Estas torres, encaramadas en los cerros que dominan el pueblo y los pasos, permitían vigilar la llegada de posibles atacantes y proteger el enclave y sus preciados recursos de agua y cultivos. El fuerte, además, servía de residencia al representante del gobernante y de centro administrativo. Su presencia recuerda que Hatta fue durante mucho tiempo una tierra de frontera que había que defender.
Todo este conjunto —el fuerte, las torres, la mezquita, las casas de barro y el sistema de riego falaj— forma hoy el Hatta Heritage Village, el pueblo del patrimonio restaurado por el municipio de Dubái, que recrea la vida tradicional de la montaña antes del petróleo. Recorrerlo es entender cómo una comunidad logró vivir y prosperar en un entorno tan exigente, gracias al agua de los wadis, el ingenio del falaj y la protección de sus fortalezas. Es la memoria viva de la Hatta de siempre, la que existía mucho antes de que llegaran los kayaks y las tirolesas.
Cuando en 1971 nació la federación de los Emiratos Árabes Unidos, con Dubái como uno de sus miembros más importantes, Hatta pasó a formar parte del nuevo país como lo que era: un exclave montañoso del emirato de Dubái. Durante décadas, mientras la ciudad de Dubái se transformaba a un ritmo vertiginoso —del pueblo pesquero y comercial a la metrópoli de rascacielos que conocemos—, Hatta permaneció, en buena medida, al margen de ese frenesí, conservando su carácter tranquilo de pueblo de montaña.
Eso no significa que quedara olvidada. La construcción de la represa (el Hatta Dam) creó el embalse turquesa que hoy es su imagen icónica, y la mejora de las carreteras la fue acercando a la ciudad. Un detalle curioso de su geografía fronteriza: durante mucho tiempo, la ruta que unía Dubái con Hatta atravesaba brevemente territorio de Omán, lo que a veces complicaba el viaje; con el tiempo se resolvió el trazado para que el trayecto principal transcurra íntegramente por suelo emiratí. Hatta siguió siendo, sobre todo, un lugar de agricultura, de fin de semana ocasional y de frontera.
El gran cambio llegó en la década de 2010, cuando el gobierno de Dubái lanzó un ambicioso plan para desarrollar Hatta como destino de turismo de naturaleza y aventura, una alternativa de montaña a la playa y los malls. Se crearon el Hatta Wadi Hub, las rutas de senderismo y mountain bike, la oferta de kayak en el embalse, los alojamientos de glamping y domos, y se puso en valor el pueblo del patrimonio. La apuesta funcionó: Hatta se convirtió en la escapada favorita de los residentes de Dubái y en un atractivo turístico en auge.
El Hatta del siglo XXI es un caso fascinante de reinvención: un antiguo pueblo de montaña, de raíces omaníes y frontera disputada, convertido en el gran destino de naturaleza y aventura del emirato más futurista del mundo. Hoy, cuando un residente o un turista de Dubái quiere escapar del calor, del tráfico y de los rascacielos, pone rumbo a Hatta: hora y media de auto y, de golpe, montañas, aire fresco, un embalse turquesa, senderos, wadis y silencio. Es el 'pulmón' de montaña de Dubái, su contracara natural.
La transformación turística ha sido notable, pero se ha buscado que conviva con la preservación del patrimonio y del entorno. Junto a las tirolesas, los karts de montaña y el kayak, se mantiene y valora el Hatta Heritage Village, con su fuerte, sus torres, su mezquita de 1780 y su sistema de riego falaj, que cuentan la historia real del lugar. Los planes de desarrollo incluyen nuevos proyectos —desde alojamientos ecológicos hasta ideas de teleféricos y más infraestructura—, siempre con la vista puesta en un turismo de montaña sostenible. El desafío es crecer sin perder la esencia tranquila que hace especial a Hatta.
Para el viajero, Hatta es una revelación y un contraste perfecto. Después de la intensidad de Dubái, ofrece kayak sobre aguas esmeralda entre montañas, caminatas por los wadis, atardeceres sobre los picos y cielos estrellados imposibles de ver en la ciudad. Y, al mismo tiempo, permite tocar la historia más antigua del emirato: la del pueblo de barro que cambió de manos entre Omán y Dubái, que regaba sus dátiles con el falaj y que vigilaba los pasos desde sus torres. Naturaleza, aventura y patrimonio, a un paso de la ciudad de cristal: eso es Hatta, la montaña secreta de Dubái.