Cuesta imaginarlo hoy, entre rascacielos de cristal e islas artificiales, pero Dubái nació de algo tan modesto como un arroyo de agua salada. El Creek —Khor Dubai en árabe— es una lengua de mar que entra unos catorce kilómetros tierra adentro y separa los dos barrios más viejos de la ciudad, Deira y Bur Dubai. Ese arroyo fue durante siglos la única razón de ser del lugar: un puerto natural y protegido donde fondear los barcos, secar las redes y salir a bucear.
Porque la primera riqueza de Dubái no fue el petróleo, sino las perlas. Las aguas cálidas y poco profundas del golfo Pérsico eran uno de los grandes bancos de ostras perlíferas del mundo, y durante generaciones los hombres de la costa se ganaron la vida buceando. Cada verano, las tripulaciones salían en sus dhows durante meses; los buzos bajaban una y otra vez, sin equipo, con una pinza en la nariz y una piedra atada al pie, aguantando la respiración para arrancar ostras del fondo. Era un oficio durísimo y peligroso, mal pago y endeudado, pero fue el motor de la economía de toda la región hasta bien entrado el siglo XX.
Alrededor del Creek fue creciendo un pequeño asentamiento de pescadores, buzos y mercaderes. Los barrios de Bur Dubai y Deira, con sus casas de barro y coral y sus torres de viento —los ingeniosos 'aires acondicionados' que atrapaban la brisa y refrescaban las habitaciones—, son el corazón histórico de esa Dubái primitiva, la que todavía se puede recorrer a pie o cruzar en abra por un dírham.
La Dubái moderna tiene una fecha de nacimiento bastante clara: 1833. Ese año, unos ochocientos miembros de la tribu Bani Yas, liderados por el jeque Maktoum bin Butti Al Maktoum, se separaron del vecino emirato de Abu Dabi y se instalaron en la desembocadura del Creek. Fundaron así el linaje de los Al Maktoum, la dinastía que gobierna Dubái hasta el día de hoy, casi dos siglos después.
Desde muy temprano, los gobernantes de Dubái mostraron un instinto comercial que marcaría el carácter de la ciudad. Toda la costa —los llamados Estados de la Tregua o 'Trucial States'— estaba bajo la influencia y la protección británica desde tratados firmados en el siglo XIX para frenar la piratería y asegurar la ruta hacia la India. En ese marco, Dubái entendió antes que nadie que su futuro estaba en ser un puerto abierto y hospitalario para los mercaderes.
El golpe maestro llegó a comienzos del siglo XX. Cuando en el puerto persa de Lingah, al otro lado del Golfo, las autoridades subieron los impuestos, el gobernante de Dubái respondió eliminando los aranceles y las trabas al comercio, e invitó a los comerciantes a instalarse en su ciudad. Muchas familias de mercaderes persas e indios cruzaron el Golfo y se afincaron en Dubái, trayendo capitales, contactos y saber comercial. Aquella política de puerto libre —baja fiscalidad, brazos abiertos a la inmigración y al negocio— convirtió a Dubái en el gran mercado de la costa y sentó las bases de todo lo que vendría después. La ciudad ya era, en esencia, lo que sigue siendo: un lugar hecho para comerciar.
El primer gran golpe a Dubái llegó desde un lugar inesperado: Japón. En los años 20 y 30 del siglo XX, el desarrollo de la perla cultivada japonesa —producida en masa y a bajo costo— hundió el precio de las perlas naturales del Golfo. A esa catástrofe se sumó la Gran Depresión mundial. En pocos años, la industria que había sostenido a Dubái y a toda la región durante siglos se derrumbó, y la ciudad cayó en una dura pobreza. Muchas familias emigraron; las que quedaron sobrevivieron del comercio, la pesca y el contrabando a través del Creek.
Durante décadas, Dubái siguió apostando a lo mismo que sabía hacer: comerciar. Bajo el largo gobierno del jeque Saeed bin Maktoum y, sobre todo, de su hijo el jeque Rashid bin Saeed Al Maktoum —a menudo llamado el 'padre de la Dubái moderna'—, la ciudad invirtió en su puerto y en dragar el Creek para que entraran barcos más grandes. Rashid tenía una obsesión: modernizar la infraestructura para atraer negocio.
Y entonces, en 1966, todo cambió. Se descubrió petróleo en el campo submarino de Fateh, frente a las costas de Dubái. Las primeras exportaciones empezaron en 1969. El emirato nunca tuvo tanto petróleo como su vecina Abu Dabi, pero el que tuvo llegó en el momento justo y en las manos justas. En lugar de repartirlo o malgastarlo, el jeque Rashid lo volcó en obras que multiplicarían la riqueza: un puerto de aguas profundas, el aeropuerto, carreteras, la zona franca. El petróleo no fue el destino de Dubái, sino el combustible para reinventarse una vez más.
A fines de los años 60, el Reino Unido anunció que se retiraría del golfo Pérsico y pondría fin a los tratados de protección que mantenía con los emiratos de la Tregua. Los pequeños territorios de la costa quedaban, de golpe, librados a su suerte en una región convulsa. La respuesta fue la unión. Impulsada sobre todo por el jeque Zayed bin Sultan Al Nahyan, de Abu Dabi, y acompañada por el jeque Rashid de Dubái, se negoció la creación de un Estado federal.
El 2 de diciembre de 1971 nacieron oficialmente los Emiratos Árabes Unidos, una federación que reunió a Abu Dabi, Dubái, Sharjah, Ajman, Umm al Quwain y Fujairah; Ras al Khaimah se sumó pocos meses después, a comienzos de 1972. El jeque Zayed fue el primer presidente del país —cargo que ejercería hasta su muerte en 2004— y Abu Dabi, el emirato más grande y rico en petróleo, se convirtió en la capital. Dubái, la segunda potencia de la federación, obtuvo un peso decisivo: el gobernante de Dubái sería, por tradición, el vicepresidente y primer ministro del país.
Aquella federación de siete emiratos, cada uno con su propia familia gobernante, resultó sorprendentemente estable y próspera. La combinación de la enorme riqueza petrolera de Abu Dabi y el empuje comercial de Dubái dio forma a un Estado joven que, en apenas medio siglo, pasó de un puñado de aldeas costeras a uno de los países más modernos y ricos de Oriente Medio. Para Dubái, formar parte de los Emiratos le dio estabilidad y respaldo para lanzarse, sin miedo, a su transformación más ambiciosa.
Consciente de que su petróleo se agotaría —hoy representa una porción mínima de su economía—, Dubái tomó una decisión audaz: no vivir del crudo, sino usarlo para construir otra cosa. Bajo el impulso del jeque Rashid primero y de su hijo, el jeque Mohammed bin Rashid Al Maktoum, después, el emirato apostó por convertirse en un centro global de comercio, turismo, aviación, logística y finanzas. La estrategia fue diversificar hasta que el petróleo dejara de importar.
Los hitos se sucedieron a velocidad de vértigo. Se creó la zona franca de Jebel Ali, uno de los mayores puertos artificiales del mundo. La aerolínea Emirates, fundada en 1985, transformó a Dubái en un hub aéreo que conecta continentes y llevó a su aeropuerto a ser uno de los más transitados del planeta. Llegaron los megaproyectos que hicieron a la ciudad mundialmente famosa: el hotel Burj Al Arab con forma de vela (1999), las islas artificiales de la Palm Jumeirah, malls descomunales y, en 2010, el Burj Khalifa, el edificio más alto del mundo con 828 metros. La ciudad se llenó de superlativos.
El camino no fue en línea recta: la crisis financiera de 2009 golpeó fuerte a la Dubái del ladrillo y del crédito fácil, y hizo falta el rescate de la vecina Abu Dabi —de ahí que la gran torre lleve el nombre del jeque Khalifa—. Pero la ciudad se recuperó y siguió creciendo, con nuevos íconos como el Museo del Futuro y la Expo 2020 (celebrada en 2021-2022). Hoy Dubái es una metrópolis global de más de tres millones de habitantes, donde conviven más de doscientas nacionalidades y donde el 90% de la población es extranjera. Detrás del brillo persisten claroscuros —el peso del trabajo migrante que levantó la ciudad, los límites a las libertades, la sostenibilidad de tanto lujo en pleno desierto—. Pero la historia de fondo es asombrosa: en la vida de una sola persona mayor, Dubái pasó de bucear perlas junto a un arroyo a rozar las nubes. Pocas ciudades del mundo se han reinventado tan rápido y tan a lo grande.