Su nombre lo dice todo: Al Ain significa 'el manantial' o 'la fuente'. En un país donde el agua dulce es un tesoro escaso, este oasis del interior fue durante milenios un milagro: manantiales y napas subterráneas que hacían brotar la vida en medio del desierto. No es casualidad que sea uno de los lugares habitados de forma continua más antiguos de toda la península arábiga.
La arqueología ha revelado en Al Ain restos de asentamientos y de tumbas de hace más de 4.000 años, de la Edad del Bronce, en yacimientos como Hili, Jebel Hafeet y Bidaa Bint Saud. En la falda de la montaña se hallaron tumbas circulares de piedra que dan nombre a un período entero, el de la cultura de Hafit; y en Hili se levanta la 'Gran Tumba', un monumento funerario de piedra decorado con relieves de personas y animales que asombra por su antigüedad y su sofisticación. Aquellas gentes ya cultivaban, criaban animales y comerciaban con Mesopotamia y el valle del Indo.
Uno de los grandes inventos que hicieron posible la vida aquí fue el falaj: un sistema de canales, muchos subterráneos, que traían el agua desde las montañas y la repartían entre los palmerales siguiendo turnos milenarios. Los aflaj de Al Ain están entre los más antiguos del mundo. Gracias a ellos, el oasis prosperó como vergel de dátiles y como parada clave de las caravanas que cruzaban entre Omán y la costa del Golfo. El agua, la palmera y la caravana: sobre esos tres pilares se construyó la historia de Al Ain.
Durante siglos, Al Ain y el vecino oasis de Buraimi (hoy en Omán, con el que forma un conjunto natural) fueron un cruce de caminos en el desierto: un punto de agua, sombra y comercio donde las caravanas de camellos se detenían en su ruta entre el interior de Arabia, Omán y la costa. El oasis producía dátiles en abundancia —el alimento básico del desierto— y sostenía una vida agrícola y ganadera estable, muy distinta de la existencia marinera y perlífera de la costa.
A partir del siglo XVIII y XIX, la región quedó firmemente ligada a la poderosa tribu Bani Yas y a su clan gobernante, la familia Al Nahyan, la misma que dominaba Abu Dabi en la costa. Para los jeques Al Nahyan, Al Ain era mucho más que un oasis: era su refugio interior, fresco y seco frente al calor húmedo del litoral, y una base agrícola y estratégica. A fines del siglo XIX, el jeque Zayed bin Khalifa Al Nahyan —conocido como 'Zayed el Grande'— reforzó el control de la familia sobre el oasis y mandó construir fuertes de barro para protegerlo, como el imponente Al Jahili.
Aquellos fuertes cumplían una doble función: defender el oasis de incursiones y controlar el reparto del agua y de los palmerales, la verdadera riqueza del lugar. La vida giraba en torno al falaj, a las cosechas de dátiles, a los camellos y a las tribus. Era un mundo tradicional, austero y profundamente arraigado, que se mantendría casi intacto hasta bien entrado el siglo XX, cuando el petróleo empezó a cambiarlo todo.
Al Ain tiene un lugar único en la historia de los Emiratos: es la cuna del jeque Zayed bin Sultan Al Nahyan, el fundador y primer presidente del país. Zayed nació en Al Ain hacia 1918, en el seno de la familia gobernante, y se crió en el oasis, entre palmerales, fuertes, camellos y beduinos. Aquella infancia en el desierto, lejos del lujo, marcó para siempre su carácter y su amor por la tierra, la naturaleza y las tradiciones.
En 1946, siendo todavía muy joven, Zayed fue nombrado representante o gobernador de la familia Al Nahyan en la región de Al Ain, cargo que ejerció durante veinte años. Fue aquí donde se ganó su fama y su prestigio: impulsó la restauración y la ampliación del sistema de riego falaj para llevar más agua a los agricultores, promovió las plantaciones y mostró un talento notable para gobernar con justicia, escuchar a la gente y resolver disputas. Su gestión en Al Ain, austera y cercana, lo convirtió en una figura muy querida mucho antes de llegar al poder en la costa.
Ese Al Ain agrícola y tribal fue la escuela de Zayed. Cuando en 1966 asumió el gobierno de todo el emirato de Abu Dabi, y cuando en 1971 fundó y presidió los Emiratos Árabes Unidos, llevó consigo las lecciones del oasis: la importancia del agua, del cuidado de la tierra —su obsesión por 'reverdecer' el desierto venía de aquí— y de una autoridad basada en el respeto. Al Ain siguió siendo su lugar querido: la llenó de plantaciones, parques y árboles, y por eso se la conoce como la 'ciudad jardín'.
La historia moderna de Al Ain también tiene su capítulo de tensión internacional: la llamada disputa de Buraimi. El conjunto de oasis de Al Ain y Buraimi, repartido entre lo que hoy son los Emiratos y Omán, se volvió codiciado a mediados del siglo XX justamente cuando empezaba la era del petróleo y las fronteras del desierto, hasta entonces difusas, pasaron a valer mucho.
En 1952, Arabia Saudita reclamó y ocupó parte del oasis de Buraimi, alegando derechos históricos. La disputa enfrentó a Arabia Saudita (respaldada en su momento por intereses petroleros estadounidenses) con Abu Dabi y Omán (respaldados por Gran Bretaña). Tras años de tensión, negociaciones y un arbitraje internacional fallido, las fuerzas de los Estados de la Tregua, con apoyo británico, expulsaron a la guarnición saudí en 1955 y devolvieron el control del oasis a Abu Dabi y Omán.
Finalmente, la frontera entre los Emiratos y Omán en la zona de Al Ain-Buraimi quedó definida, y hoy los dos oasis conviven pacíficamente a ambos lados de un límite que apenas se nota. La disputa de Buraimi es un recordatorio de cómo el petróleo transformó no solo la economía, sino también la política y la geografía de la región, obligando a trazar fronteras precisas donde antes solo había desierto, tribus y pozos de agua compartidos.
La Al Ain de hoy es una ciudad moderna de varios cientos de miles de habitantes, pero con una identidad muy propia dentro de los Emiratos: más tranquila, más verde y más tradicional que Dubái o Abu Dabi. El legado del jeque Zayed se ve por todas partes: en los kilómetros de árboles y jardines que él mandó plantar, en las plantaciones de dátiles, en el cuidado de los oasis y de los fuertes. Por algo se la llama la 'ciudad jardín' del país.
El gran reconocimiento llegó en 2011, cuando la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad los 'Sitios Culturales de Al Ain': los oasis con su sistema de riego falaj, los fuertes históricos y los yacimientos arqueológicos de Hafit, Hili y Bidaa Bint Saud. Fue el primer sitio de todos los Emiratos en recibir esa distinción, un reconocimiento a miles de años de vida humana en el desierto y a la ingeniería del agua que la hizo posible. La ciudad ha restaurado con esmero sus oasis, fuertes y museos para preservar esa herencia.
Para el visitante, Al Ain es la oportunidad de conocer el otro rostro de los Emiratos: no el de los rascacielos y los récords, sino el de las raíces. Caminar entre las palmeras con el rumor del agua en los canales, ver el atardecer desde Jebel Hafeet, recorrer un fuerte de barro o el mercado de camellos es asomarse al país que existía antes del petróleo, al mundo del que salió el jeque Zayed. En pleno siglo XXI, Al Ain sigue siendo, sobre todo, lo que siempre fue: un manantial de vida en medio del desierto.