El nombre de la capital de los Emiratos guarda una leyenda. 'Abu Dhabi' significa en árabe 'padre de la gacela', y la tradición cuenta que un grupo de cazadores beduinos siguió el rastro de una gacela por el desierto hasta una isla frente a la costa, donde el animal los condujo, sin querer, a algo mucho más valioso que su presa: un manantial de agua dulce. En una tierra árida y salada como la del golfo Pérsico, encontrar agua potable era un tesoro, y alrededor de aquel pozo nació el asentamiento.
Los hechos históricos coinciden con el espíritu de la leyenda. Hacia 1761, una partida de la tribu Bani Yas descubrió agua dulce en aquella isla llana y desértica, y poco después se estableció allí un asentamiento estable. La familia Al Nahyan, rama de los Bani Yas que provenía del oasis de Liwa, en el interior, trasladó su base a Abu Dabi hacia 1793 y construyó una torre y un fuerte junto al pozo: el germen de lo que hoy es Qasr Al Hosn, el edificio más antiguo de la ciudad. Los Al Nahyan gobiernan Abu Dabi desde entonces, y hoy presiden todo el país.
Durante casi dos siglos, la vida en aquella isla fue dura y austera. Los habitantes vivían de la pesca, de la cría de camellos y, sobre todo, del buceo de perlas en las aguas del Golfo, mientras el clan gobernante repartía su tiempo entre la costa y el oasis de Al Ain, en el interior. Era un mundo beduino y marinero, de subsistencia, muy lejos de la ciudad monumental de hoy.
Como toda la costa del golfo Pérsico, Abu Dabi vivió durante generaciones al ritmo de las perlas. Cada verano, las tripulaciones zarpaban en sus dhows durante meses hacia los bancos de ostras; los buzos bajaban una y otra vez al fondo, sin más equipo que una pinza en la nariz y una piedra atada al pie, en una faena extenuante y peligrosa. La perla era la principal fuente de riqueza y de comercio, y de ella dependía casi toda la población.
Políticamente, Abu Dabi era el mayor de los pequeños emiratos de la costa, controlando un vasto territorio interior de desierto que llegaba hasta el oasis de Liwa, al borde del gran Rub al-Jali ('el Cuarto Vacío'), y hasta Al Ain. A lo largo del siglo XIX, toda esta franja costera quedó bajo la protección del Imperio británico: los llamados Estados de la Tregua ('Trucial States') firmaron tratados con Londres que ponían fin a los conflictos marítimos y a la piratería, y aseguraban la ruta hacia la India. Los británicos manejaban las relaciones exteriores; los jeques, los asuntos internos.
El golpe llegó, como en todo el Golfo, en las décadas de 1920 y 1930. El desarrollo de la perla cultivada japonesa, sumado a la Gran Depresión mundial, hundió el precio de las perlas naturales y arruinó la economía de la región. Abu Dabi cayó en una pobreza profunda. Muchos emigraron; los que quedaron sobrevivieron de la pesca y de la escasez. Parecía el final de un mundo. Pero bajo aquellas aguas y aquellas arenas se escondía algo que lo cambiaría todo.
En 1958, tras años de prospecciones, se descubrió petróleo en cantidades enormes frente a las costas de Abu Dabi, en el campo submarino de Umm Shaif, y poco después en yacimientos terrestres. Las primeras exportaciones de crudo comenzaron en 1962. Abu Dabi resultó ser, con mucha diferencia, el emirato con más petróleo de toda la región: bajo su suelo y su mar estaba la mayor parte de las reservas de lo que sería el futuro país. De golpe, uno de los rincones más pobres del Golfo se convertía en uno de los más ricos.
Pero la riqueza sola no basta si no hay quien sepa usarla. Durante los primeros años, el gobernante de entonces, el jeque Shakhbut bin Sultan, desconfió del dinero del petróleo y lo atesoró sin invertirlo, frenando el desarrollo. En 1966, la familia Al Nahyan lo reemplazó por su hermano, el jeque Zayed bin Sultan Al Nahyan, que ya había gobernado con éxito el oasis de Al Ain y tenía una visión muy distinta: usar el petróleo para transformar la vida de su gente.
Zayed se lanzó a construir un emirato moderno casi de la nada: escuelas, hospitales, carreteras, viviendas, agua corriente, electricidad. Impulsó la agricultura en el desierto —una de sus obsesiones era 'reverdecer' la tierra— y sentó las bases de una ciudad capital donde antes había arena y unas pocas casas de barro. En pocos años, Abu Dabi empezó a parecerse a una ciudad. Y Zayed, respetado y querido, se convirtió en la figura política más importante de toda la costa.
A fines de los años 60, el Reino Unido anunció su retirada del golfo Pérsico y el fin de los tratados de protección. Los pequeños emiratos de la costa quedaban solos en una región inestable, rodeados de vecinos poderosos. El jeque Zayed vio con claridad que la única salida era la unión, y se dedicó a convencer a los demás gobernantes de crear un Estado federal común.
Su empeño dio fruto. El 2 de diciembre de 1971 nacieron los Emiratos Árabes Unidos, una federación que reunió a Abu Dabi, Dubái, Sharjah, Ajman, Umm al Quwain y Fujairah; Ras al Khaimah se sumó a comienzos de 1972. Zayed fue elegido primer presidente del país, cargo que ocuparía durante más de tres décadas, hasta su muerte en 2004. Y Abu Dabi, el emirato más grande y con diferencia el más rico en petróleo, se convirtió en la capital de la nueva nación.
Como capital y como principal fuente de recursos, Abu Dabi financió buena parte del desarrollo del país y se convirtió en el centro del poder político. El petróleo se administró a través de fondos soberanos que hoy están entre los más grandes del mundo, invirtiendo la riqueza para las generaciones futuras. La ciudad creció de forma planificada, con amplias avenidas arboladas, jardines regados en pleno desierto y una arquitectura cada vez más ambiciosa. Zayed insistió siempre en una idea: el verdadero patrimonio no es el dinero, sino la gente, la educación y el cuidado de la tierra.
La Abu Dabi del siglo XXI es una capital próspera, moderna y sorprendentemente verde para estar en pleno desierto. A diferencia de Dubái, que apostó todo al comercio, el turismo y el espectáculo, Abu Dabi construyó su imagen sobre la solidez del petróleo, el peso institucional y, en las últimas dos décadas, una ambiciosa apuesta por la cultura y el conocimiento. Consciente de que el crudo no es eterno, el emirato invierte en diversificar su economía hacia las finanzas, la industria, las energías limpias y el turismo cultural.
El símbolo de esa apuesta es la isla de Saadiyat, concebida como un gran distrito cultural. Allí abrió en 2017 el Louvre Abu Dhabi, el primer Louvre fuera de Francia, bajo una espectacular cúpula perforada diseñada por Jean Nouvel; y allí se levantan otros grandes museos, como el futuro Guggenheim Abu Dhabi y el Museo Nacional Zayed, dedicado al padre de la nación. A esto se suman la deslumbrante Gran Mezquita Sheikh Zayed —donde está enterrado el jeque—, el palacio Qasr Al Watan abierto al público y las universidades internacionales que se instalaron en la ciudad.
La figura del jeque Zayed sigue presidiendo, casi literalmente, la vida del país: su retrato está en todas partes, y el Founder's Memorial le rinde homenaje en el corazón de la capital. Como todo Estado del Golfo, Abu Dabi convive con claroscuros —el enorme peso del trabajo migrante que sostiene la economía, los límites a las libertades políticas, los desafíos de la sostenibilidad—. Pero su historia, la de una isla de pescadores de perlas que en la vida de una sola generación se convirtió en la capital de un país rico y en un faro cultural de la región, es una de las transformaciones más asombrosas del mundo contemporáneo. Y todo empezó, dice la leyenda, siguiendo a una gacela hasta un manantial.