Yamusukro era, a comienzos del siglo XX, un modesto pueblo del país baoulé, en el centro de la actual Costa de Marfil. Los baoulé, un pueblo akan llegado siglos atrás desde la región de la actual Ghana —según la tradición, tras la migración liderada por la reina Abla Pokou, que habría sacrificado a su hijo para cruzar un río, dando origen al nombre 'baoulé' ('el niño ha muerto')—, se habían establecido en esta zona de sabana y bosque, organizados en jefaturas.
El nombre de la localidad proviene de una reina o jefa local llamada Yamousso, tía de un jefe del lugar; 'Yamoussoukro' significaría 'la aldea de Yamousso'. Era un asentamiento rural como tantos otros de la región, sin mayor importancia política ni económica, dedicado a la agricultura y a la vida tradicional baoulé.
En ese pueblo nació, hacia 1905, Félix Houphouët-Boigny, hijo de una familia de notables baoulé. Nadie podía imaginar entonces que aquel niño llegaría a ser el primer presidente del país y que transformaría su aldea natal en la capital monumental de Costa de Marfil. La historia de Yamusukro es, en gran medida, la historia de ese hombre y de su relación con su tierra.
Félix Houphouët-Boigny fue la figura central de la Costa de Marfil del siglo XX. Formado como médico, se convirtió en un próspero plantador de cacao y café y en líder del sindicalismo agrícola africano, fundando en los años cuarenta el Sindicato Agrícola Africano y luego el Partido Democrático de Costa de Marfil (PDCI). Desde esa base, encabezó la lucha de los agricultores africanos contra el trabajo forzado y la discriminación colonial, y ganó un enorme prestigio.
Hábil político, Houphouët-Boigny pasó de la confrontación con Francia a la negociación: fue diputado en la Asamblea Nacional francesa e incluso ministro en varios gobiernos de Francia, y condujo a Costa de Marfil hacia la independencia por una vía pactada y gradual. Cuando el país accedió a la independencia el 7 de agosto de 1960, se convirtió en su primer presidente, cargo que ocuparía sin interrupción durante 33 años, hasta su muerte en 1993.
Bajo su largo mandato, y gracias a los altos precios del cacao y el café —de los que Costa de Marfil se convirtió en primer productor mundial—, el país vivió el llamado 'milagro marfileño', décadas de crecimiento y estabilidad que lo situaron entre los más prósperos de África occidental. Houphouët-Boigny gobernó con un régimen de partido único, pero también con una imagen de sabio pacificador y de padre de la nación, apodado 'le Vieux' ('el Viejo') y 'el Sabio de África'.
A lo largo de su presidencia, Houphouët-Boigny volcó recursos crecientes en su pueblo natal, con la voluntad de convertirlo en el símbolo de la nación y en su capital. Yamusukro fue dotada de un urbanismo a escala faraónica: avenidas de una anchura desmesurada, bulevares, rotondas, grandes edificios oficiales, hoteles como el Hôtel Président (con su torre emblemática), una ambiciosa Escuela Nacional Superior, plantaciones y equipamientos, todo pensado para una capital muy superior a la población real de la ciudad.
En 1983, Houphouët-Boigny dio el paso decisivo: trasladó oficialmente la capital política de Costa de Marfil de Abiyán a Yamusukro. Fue una decisión cargada de simbolismo —devolver la centralidad al interior del país, a la tierra baoulé, al pueblo del presidente— más que de contenido práctico, ya que Abiyán conservó todo el peso económico, portuario y administrativo real. Aun hoy, la mayoría de las instituciones, embajadas y actividades siguen en Abiyán, y Yamusukro es una capital sobre todo nominal.
Ese contraste entre la escala monumental de la ciudad y su vida relativamente tranquila de capital de provincia le da a Yamusukro un carácter único, entre lo grandioso y lo surrealista: kilómetros de avenidas casi vacías, edificios colosales y una atmósfera de capital soñada, testimonio de la ambición y la personalidad de su creador.
La obra que corona la Yamusukro monumental —y la más polémica— es la Basílica de Nuestra Señora de la Paz. Houphouët-Boigny, católico, quiso legar a su ciudad y a su país un templo colosal, inspirado en la basílica de San Pedro del Vaticano. Construida entre 1985 y 1989 por una empresa dirigida por el arquitecto libanés-marfileño Pierre Fakhoury, la basílica fue consagrada por el papa Juan Pablo II en 1990.
El resultado es asombroso: la iglesia más grande del mundo por superficie, con una cúpula que iguala o supera en altura a la de San Pedro (con la cruz ronda los 158 metros), una explanada inmensa, columnatas monumentales, miles de metros cuadrados de mármol importado de Italia y una de las mayores superficies de vitrales del planeta (unos 7.000 metros cuadrados), en uno de los cuales aparece el propio Houphouët-Boigny entre los fieles. Puede acoger a miles de personas.
La basílica generó una fuerte controversia: su enorme costo —cientos de millones de dólares— en un país en desarrollo, y en momentos en que la economía marfileña entraba en crisis por la caída de los precios del cacao, fue muy criticado. Houphouët-Boigny sostuvo que la financió con fondos personales y la donó a la Iglesia. Más allá de la polémica, la basílica es hoy una obra única, un destino de peregrinación y turismo, y el emblema absoluto de Yamusukro.
Tras la muerte de Houphouët-Boigny en 1993 —fue enterrado en Yamusukro, en su ciudad—, Costa de Marfil entró en un período turbulento de crisis política, tensiones en torno a la identidad nacional (la 'ivoirité') y dos guerras civiles (2002-2007 y 2010-2011). En ese contexto, los grandes proyectos de la capital monumental quedaron en buena parte congelados, y Yamusukro siguió siendo una capital sobre todo simbólica, mientras Abiyán conservaba el poder real.
Con el retorno de la estabilidad y el fuerte crecimiento económico del país desde comienzos de la década de 2010, se ha vuelto a hablar de dar contenido efectivo a la condición de capital de Yamusukro, trasladando gradualmente instituciones y reforzando su papel. La ciudad conserva su universidad y algunas funciones, y su excelente conexión con Abiyán por la autopista A3 la mantiene integrada en el eje central del país.
Para el viajero, Yamusukro es hoy una visita fascinante: la basílica más grande del mundo, el lago de los caimanes, la Fundación Houphouët-Boigny, la Gran Mezquita y las avenidas faraónicas cuentan, todas juntas, la historia de un hombre y de una época. Es el testimonio monumental del 'milagro marfileño' y de la figura que dominó la Costa de Marfil durante más de tres décadas, una capital soñada en medio de la sabana que sigue asombrando a quien la recorre.