El territorio de Sassandra estuvo habitado desde antiguo por el pueblo néyo, pescadores y comerciantes de la costa oeste de Costa de Marfil. Los néyo cumplieron durante siglos un papel de intermediarios: conectaban a los pueblos del interior —bété, wè y otros— con los navegantes europeos que recorrían la costa, comerciando pescado, sal, productos agrícolas y, sobre todo, la pimienta de Guinea (también llamada 'grano del paraíso' o malagueta), muy apreciada en Europa.
Esa especia dio nombre a toda esta franja del golfo de Guinea, conocida en la cartografía europea como la 'Costa de la Pimienta' o 'Costa de los Granos'. Los barcos que hacían la ruta de las especias y del comercio africano se detenían frente a estas costas para intercambiar mercancías con los pueblos locales, en un comercio que se desarrollaba a través de la peligrosa barra de olas, sin verdaderos puertos.
La presencia de los néyo como intermediarios comerciales fue clave: controlaban el acceso a los productos del interior y regulaban el trato con los europeos. Esta posición estratégica hizo de la región de Sassandra un punto de contacto importante mucho antes de la colonización formal, y marcó la vocación comercial y marinera que la ciudad conservaría a lo largo de su historia.
El nombre mismo de Sassandra revela la antigüedad de su contacto con Europa. Los navegantes portugueses, que desde el siglo XV exploraban sistemáticamente la costa de África occidental en busca de oro, marfil, pimienta y rutas comerciales, bautizaron al río y a la zona con el nombre de 'Sao Andrea' (San Andrés). Con el tiempo, esa denominación se fue deformando en boca de sucesivos visitantes y de la población local hasta convertirse en 'Sassandra'.
Tras los portugueses llegaron holandeses, daneses, ingleses y franceses, que frecuentaron esta costa para comerciar con los pueblos locales. La desembocadura del río Sassandra, con su relativo resguardo, era uno de los puntos donde se realizaban estos intercambios. Como en el resto de la costa marfileña, la ausencia de puertos naturales y la barra de olas dificultaban el comercio, pero no lo impedían: se hacía a través de canoas y del hábil pilotaje de los pescadores néyo.
Durante estos siglos, la región quedó integrada en las redes comerciales atlánticas, con sus luces y sus sombras: junto al comercio de productos, esta costa también conoció la trata de esclavos, cuyos vestigios —como el túnel de Drewin— aún recuerdan aquel pasado. El nombre portugués de Sassandra es, así, una huella lingüística de siglos de encuentros y comercio en el Atlántico.
La colonización formal de la región llegó a fines del siglo XIX. En 1893, el año en que Francia constituyó oficialmente la colonia de Costa de Marfil, el explorador y administrador colonial Georges Thomann desembarcó en Sassandra y creó el primer 'cercle' (circunscripción administrativa) de la región, marcando el inicio de la administración francesa en el oeste del país.
Bajo dominio colonial, Sassandra se desarrolló como un centro económico y portuario importante. La ciudad se dotó de una administración, de casas comerciales de las grandes compañías francesas, de un palacio del gobernador construido sobre el promontorio rocoso que domina la desembocadura, y más tarde de un wharf de embarque (1951) para cargar y descargar mercancías. Por Sassandra salían la madera de las selvas del oeste, el café, el cacao y otros productos, y llegaban las importaciones desde Europa.
Durante un tiempo, Sassandra llegó a ser uno de los primeros puertos del país, un nudo comercial clave de la costa oeste. La ciudad vivió entonces su época de mayor actividad, con un movimiento de barcos, mercancías y personas que le dio prosperidad y un tejido urbano de edificios coloniales que todavía hoy definen su fisonomía, aunque muchos estén en estado de ruina romántica.
El auge portuario de Sassandra no duró para siempre. A lo largo del siglo XX, el comercio marítimo de Costa de Marfil se fue concentrando en puertos modernos de aguas profundas capaces de recibir grandes barcos, algo que los wharfs de la vieja costa, expuestos a la barra de olas, no podían ofrecer. La apertura del canal de Vridi en 1950 dio a Abiyán un gran puerto interior, y la construcción del puerto de San-Pédro, inaugurado en 1971, dotó al oeste del país de una terminal moderna a poca distancia de Sassandra.
Ese nuevo puerto de San-Pédro, concebido para impulsar el desarrollo del suroeste y para exportar la producción de cacao, madera y otros productos de la región, absorbió el tráfico que antes pasaba por Sassandra. La vieja ciudad portuaria perdió su función comercial y entró en una larga siesta. El wharf quedó en desuso, las casas comerciales se vaciaron y Sassandra se convirtió en una localidad tranquila que vivía sobre todo de la pesca artesanal.
Paradójicamente, ese declive preservó el encanto de la ciudad. Al quedar al margen del gran desarrollo industrial, Sassandra conservó su ambiente sereno, sus vestigios coloniales, su bahía de pescadores y su costa virgen. Lo que perdió en actividad económica lo ganó en autenticidad y en potencial turístico, aunque ese potencial siga en buena parte por desarrollar.
Hoy Sassandra es una ciudad tranquila de pescadores néyo que empieza a ser (re)descubierta por los viajeros que buscan una Costa de Marfil diferente, lejos de las grandes ciudades y de los circuitos más transitados. Su combinación de historia colonial, naturaleza y playas vírgenes le ha valido el apodo de 'joyel olvidado' del oeste ivoriano.
El visitante encuentra aquí un patrimonio melancólico y fotogénico —el palacio del gobernador sobre el promontorio, el viejo wharf, las casas de comercio—, una bahía viva donde las piraguas de colores traen la pesca del día, paseos en piragua por la desembocadura del río Sassandra y, a pocos kilómetros, algunas de las playas más hermosas y solitarias del país, como Poli y Drewin. Todo ello con un ambiente pausado y una hospitalidad genuina.
Sassandra es, además, una excelente base para explorar la costa oeste, la más salvaje de Costa de Marfil: hacia San-Pédro, el gran puerto del cacao, y hacia Grand-Béréby, con sus bahías incluidas entre las más bellas del mundo y sus tortugas marinas. En Sassandra conviven, así, tres tiempos: el del comercio antiguo de la costa de la pimienta, el del puerto colonial que fue grande y el del incipiente turismo que busca en su serenidad y su belleza intacta una alternativa auténtica.