Hasta bien entrado el siglo XX, el suroeste de Costa de Marfil era una de las regiones más apartadas y menos desarrolladas del país. Cubierta en gran parte por densas selvas tropicales —el mismo bloque forestal del que hoy sobrevive el Parque Nacional de Taï—, con una costa batida por la barra de olas y sin puertos naturales, esta zona quedaba lejos de los centros de poder y comercio de la colonia, concentrados en el este y el centro-sur, en torno a Grand-Bassam, Bingerville y luego Abiyán.
La población de la región incluía pueblos como los kroumen y otros grupos de la costa y del interior, dedicados a la pesca, la agricultura y el comercio a pequeña escala. El lugar donde hoy se levanta San-Pédro era, antes de los años setenta, un espacio poco poblado, sin ciudad importante, apenas algunos caseríos de pescadores frente a un mar difícil.
Esa marginación tenía consecuencias económicas: las riquezas potenciales del suroeste —maderas preciosas, tierras aptas para el cacao y el café, recursos agrícolas— estaban en buena parte sin explotar por falta de vías de salida. Sacar la producción de la región hacia los mercados internacionales era complicado y caro. Cambiar esa situación sería, tras la independencia, uno de los grandes objetivos del joven Estado marfileño.
La transformación del suroeste fue una decisión política deliberada del gobierno de Félix Houphouët-Boigny, primer presidente de Costa de Marfil tras la independencia de 1960. En el marco de una política de desarrollo regional, el Estado decidió construir en la costa suroeste un gran puerto de aguas profundas y, a su alrededor, una ciudad completamente nueva, para 'abrir' y poner en valor esa región apartada y descongestionar el puerto de Abiyán.
La empresa era colosal: había que levantar de la nada, en una costa casi despoblada, un puerto capaz de recibir grandes barcos, con toda su infraestructura, y una ciudad planificada para albergar a los trabajadores y sus familias. Se creó un organismo específico (la ARSO, Autorité pour l'aménagement de la région du Sud-Ouest) para dirigir el proyecto, que incluía también carreteras, viviendas y equipamientos.
El puerto de San-Pédro fue inaugurado en 1971. Con él nació oficialmente la ciudad, diseñada según un plan urbanístico moderno, con barrios funcionales, zonas industriales y residenciales. Era una de las grandes obras del 'milagro marfileño', la apuesta por convertir una región olvidada en un motor económico. Y funcionó: en pocas décadas, San-Pédro pasó de la nada a ser la segunda ciudad portuaria del país.
San-Pédro se especializó rápidamente en la exportación de los productos del suroeste y del oeste del país: madera, café, aceite de palma, caucho, anacardo y, sobre todo, cacao. Costa de Marfil se había convertido, ya en los años setenta y ochenta, en el primer productor mundial de cacao —hoy aporta cerca del 40% de la producción global—, y buena parte de esa cosecha empezó a salir por San-Pédro.
Con el tiempo, San-Pédro se transformó en el primer puerto del mundo para la exportación de cacao en grano: por sus muelles transita más de la mitad de la producción marfileña, en dirección a las fábricas de chocolate de Europa, América y Asia. La ciudad se volvió así una pieza clave de la economía mundial del chocolate, aunque el grueso del valor agregado (la transformación en chocolate) siga produciéndose fuera del país, un desequilibrio que Costa de Marfil intenta corregir promoviendo la industrialización local.
El auge del puerto y del cacao atrajo a San-Pédro una enorme inmigración: trabajadores y comerciantes de todo Costa de Marfil y de países vecinos como Burkina Faso, Malí, Guinea y Liberia se instalaron en la ciudad, dándole un carácter joven, populoso y cosmopolita. En pocas décadas, la ciudad nacida de la nada superó los cientos de miles de habitantes y se consolidó como capital económica del suroeste.
Como el resto del país, San-Pédro vivió los años difíciles de las crisis marfileñas. La caída de los precios del cacao y el café en los años ochenta golpeó duramente a una ciudad tan dependiente de esos cultivos. Y las guerras civiles de la década de 2000 (2002-2007) y la crisis poselectoral de 2010-2011 afectaron al suroeste, una región sensible por su población diversa y por las tensiones en torno a la tierra y a la cuestión de la 'ivoirité'.
Pese a ello, el puerto siguió siendo estratégico y la ciudad continuó creciendo. Con el retorno de la estabilidad y el fuerte crecimiento económico de Costa de Marfil desde comienzos de la década de 2010, San-Pédro se consolidó como el segundo polo económico del país después de Abiyán. El puerto se ha ampliado y modernizado, con nuevas terminales, para responder al aumento del tráfico de cacao y de otros productos, y para diversificar su actividad.
Hoy San-Pédro es una ciudad pujante y en expansión, con proyectos de desarrollo portuario, industrial y logístico que buscan reforzar su papel de gran puerta del suroeste y de África occidental. Su historia, de apenas medio siglo, es la de una apuesta estatal que salió bien: la de convertir una costa despoblada en una de las ciudades más importantes del país.
En la actualidad, San-Pédro es mucho más que un puerto: es una ciudad viva y cosmopolita, capital de una región rica y diversa, y la puerta de entrada a algunos de los paisajes más hermosos e intactos de Costa de Marfil. Su carácter joven y planificado, su energía comercial y su población mezclada la convierten en un buen lugar para conocer la Costa de Marfil productiva y real, la del trabajo, el cacao y el mar.
Desde San-Pédro se accede a una costa suroeste de belleza excepcional: las bahías de Grand-Béréby, incluidas entre las más bellas del mundo, con sus playas de tortugas marinas y sus iniciativas de ecoturismo; la magnífica playa de Monogaga, protegida por su bosque; y, tierra adentro, el Parque Nacional de Taï, uno de los últimos grandes bloques de selva primaria de África occidental, con sus chimpancés y su fauna única.
Así, la ciudad combina dos caras complementarias: la del gran puerto industrial que mueve el cacao del mundo y la de la base ideal para descubrir la naturaleza más salvaje del país. Para el viajero, San-Pédro es a la vez una lección de geografía económica —cómo una decisión política creó una ciudad y un puerto de la nada— y un trampolín hacia playas, bahías y selvas que están entre lo mejor que ofrece Costa de Marfil.