Para entender el Banco hay que imaginar el paisaje del sur de Costa de Marfil antes del siglo XX: una inmensa selva tropical húmeda que se extendía sin interrupción desde la costa hacia el interior, parte del gran bloque forestal de la Alta Guinea que iba de Sierra Leona y Liberia hasta Ghana. Era un bosque denso, de árboles gigantescos, con una biodiversidad extraordinaria de plantas, aves, monos y otros mamíferos.
El actual Parque Nacional del Banco es un fragmento sobreviviente de aquella selva primaria. Su valor no está en ser grande —tiene poco más de 3.400 hectáreas—, sino en ser bosque primario, es decir, bosque que nunca fue talado, algo cada vez más raro en toda África occidental, donde la deforestación ha sido brutal. Costa de Marfil, en particular, perdió a lo largo del siglo XX la enorme mayoría de su cubierta forestal por la expansión de los cultivos de cacao, café y palma.
Que este pedazo de selva primigenia haya llegado hasta hoy, y encima en medio de una de las mayores ciudades de África, es casi un milagro. El Banco es, en cierto modo, una cápsula del tiempo: un testimonio vivo de cómo era la naturaleza de esta región antes de que la agricultura y las ciudades la transformaran por completo.
La protección del Banco comenzó en época colonial. En las primeras décadas del siglo XX, la administración francesa clasificó el bosque del Banco como 'forêt classée' (bosque protegido), reconociendo tanto su valor natural como su importancia para el abastecimiento de agua de la creciente Abiyán, que se surtía en parte del río Banco. Esa protección temprana fue clave para que el bosque no fuera arrasado por la expansión de la ciudad y de los cultivos.
En 1953, el Banco fue elevado a la categoría de parque nacional, una de las primeras áreas protegidas del país con ese rango. La decisión buscaba conservar un ejemplo representativo de la selva húmeda de Costa de Marfil y, a la vez, mantener un espacio verde y una fuente de agua para Abiyán. El parque quedó dotado de senderos, un arboreto y una estación destinada a la investigación forestal.
A lo largo de las décadas siguientes, mientras Abiyán crecía a un ritmo vertiginoso durante el 'milagro marfileño' y después, el Banco fue quedando literalmente rodeado por la ciudad. Barrios enteros —Attécoubé, Adjamé, Abobo, Yopougon— se desarrollaron pegados a sus límites, hasta convertir al parque en una isla de selva en medio del cemento, una situación tan excepcional como frágil.
El río Banco, que da nombre al parque, ha estado ligado a la vida de Abiyán desde los inicios de la ciudad. Sus aguas sirvieron para el abastecimiento de agua potable de parte de la población, y en su cauce, a la entrada del parque, nació uno de los fenómenos sociales más característicos de la capital: el gran lavadero de los 'fanicos'.
Desde tiempos coloniales, hombres dedicados al oficio de lavanderos se instalaron a orillas del río para lavar a mano la ropa de la ciudad. Con el tiempo desarrollaron un método muy particular: cada fanico trabaja arrodillado dentro de un viejo neumático de automóvil, que le sirve de puesto y de contención, frotando y golpeando las prendas contra piedras y tablas, para luego tenderlas a secar por cientos sobre el pasto y los arbustos de los alrededores. El resultado es un tapiz multicolor de ropa que se ha vuelto una de las imágenes icónicas de Abiyán.
El oficio de fanico, muchas veces transmitido de padres a hijos y ligado a comunidades del norte del país y de países vecinos, es un trabajo duro y mal pago, pero forma parte del patrimonio vivo de la ciudad. Hoy el lavadero es a la vez lugar de trabajo y atracción turística, y una muestra de cómo el parque y su río están entretejidos con la vida cotidiana de los abiyaneses.
Pese a su reducido tamaño y a estar rodeado de ciudad, el Banco conserva una biodiversidad notable. Alberga cientos de especies vegetales, incluidas maderas nobles como la caoba y el iroko, y una fauna que comprende varias especies de monos, ardillas voladoras, pangolines, pequeños antílopes de bosque, murciélagos, reptiles, anfibios y más de 200 especies de aves. Es también un lugar de estudio científico sobre la ecología de la selva húmeda y sobre cómo un bosque puede sobrevivir en un entorno urbano.
Pero esa supervivencia está permanentemente amenazada. La presión de una ciudad en expansión se traduce en ocupaciones ilegales de los márgenes, tala furtiva de árboles, caza, extracción de plantas, vertidos y contaminación del río, y en el riesgo constante de que se recorten sus límites para dar espacio a la urbanización. El parque necesita vigilancia y gestión activas —a cargo del Office Ivoirien des Parcs et Réserves (OIPR)— para no degradarse.
El Banco encarna así una tensión típica de las grandes ciudades africanas en rápido crecimiento: la que existe entre el desarrollo urbano y la conservación de la naturaleza. Proteger este bosque no es solo salvar árboles y animales, sino también preservar un regulador del clima local, una fuente de agua y un pulmón verde para millones de personas que viven a su alrededor.
En el siglo XXI, el Parque Nacional del Banco se ha reafirmado como uno de los grandes símbolos de Abiyán y como un recurso valioso para la ciudad. Es a la vez área protegida, espacio de recreo, aula de educación ambiental y atractivo turístico. Los abiyaneses lo usan para caminar, correr o pedalear, las escuelas lo visitan para aprender sobre la naturaleza, y los viajeros lo descubren como una de las experiencias más originales de la capital.
Su gestión, a cargo del OIPR, busca conciliar la conservación con el uso público: senderos señalizados, guías, control de accesos y campañas contra la deforestación y la ocupación ilegal. La existencia misma del parque, en el corazón de una metrópolis de más de seis millones de habitantes, se ha convertido en un argumento poderoso a favor de la protección de la naturaleza en las ciudades africanas.
Visitar el Banco es, en definitiva, mucho más que un paseo por el bosque: es asomarse a la selva primigenia que cubría esta tierra, entender la relación entre Abiyán y su entorno natural, y comprobar que, con voluntad, es posible que un pedazo de la gran selva de Guinea siga vivo, verde y sonoro de aves, a pocos minutos de los rascacielos del Plateau.