La región de Man es, ante todo, la tierra del pueblo yacouba, más conocido en la etnología como dan. Establecidos desde hace siglos en las montañas del oeste de Costa de Marfil y en zonas vecinas de Liberia y Guinea, los dan desarrollaron una cultura montañesa singular, adaptada a un territorio de picos, valles encajonados y selva húmeda muy distinto del resto del país. Vivían de la agricultura de montaña —arroz, ñame, café, cacao— y de una intensa vida ritual y artística.
Los dan son mundialmente célebres por sus máscaras, talladas en madera y consideradas sagradas: no son adornos, sino objetos rituales que encarnan espíritus y que cumplen funciones religiosas, sociales y hasta judiciales dentro de las aldeas. Cada máscara tiene un carácter y un papel —máscaras de entretenimiento, de guerra, de justicia, de iniciación— y solo determinadas personas pueden portarlas o custodiarlas. El arte de la máscara dan influyó incluso en artistas europeos de vanguardia.
A esa cultura de las máscaras se suman las danzas espectaculares que hicieron famosa a la región: acróbatas, equilibristas, danzarines sobre zancos y la célebre danza de la niña-acróbata lanzada al aire. Y, como expresión de su ingenio, los puentes de lianas tejidos a mano sobre los ríos, envueltos en leyendas de espíritus y rituales secretos, que se convirtieron en el símbolo más reconocible de Man.
Entre todas las maravillas de la región, los puentes de lianas ocupan un lugar aparte. Son puentes colgantes tejidos enteramente con lianas de la selva, sin un solo clavo ni cable metálico, tendidos sobre ríos y quebradas para conectar aldeas y campos. Su construcción y mantenimiento son un arte reservado a iniciados y están rodeados de un halo sagrado que forma parte esencial de la cultura dan.
La tradición cuenta que un puente de lianas se construye en una sola noche, gracias a la intervención de un espíritu o genio del agua, tras un ritual secreto que solo conocen ciertos hombres iniciados. Se dice que el espíritu protege el puente y que este no cede mientras se respeten las normas y los tabúes que lo rodean. Cruzarlo tiene, para los dan, un valor iniciático: hacerlo descalzo equivale a un rito de paso.
La región de las 18 montañas conserva una decena de estos puentes, algunos muy antiguos, que se han convertido en el gran atractivo turístico de Man. Visitarlos exige respeto: se hace con guía, pagando una contribución a la aldea que mantiene el puente, y acatando las reglas locales, que a veces prohíben el paso a las mujeres o las fotografías. Más que una atracción, son un patrimonio vivo del pueblo dan.
La ciudad de Man como tal se desarrolló durante la época colonial francesa, a partir del núcleo de aldeas dan que ocupaban el anfiteatro de montañas. Los franceses, que a finales del siglo XIX y comienzos del XX consolidaron su dominio sobre Costa de Marfil, instalaron en Man un puesto administrativo y la convirtieron en el centro de gobierno del oeste montañoso, aprovechando su posición cerca de las fronteras con la Guinea y la Liberia de entonces.
El clima fresco y las tierras fértiles de altura favorecieron los cultivos de café y cacao, que se volvieron el motor económico de la región durante el siglo XX. Man creció como capital regional, con su mercado, sus servicios y una población cada vez más diversa, aunque siempre con el pueblo dan como base cultural. La ciudad se ganó el sobrenombre de 'la ciudad de las 18 montañas' por los picos que la rodean.
Durante las décadas de prosperidad de Costa de Marfil tras la independencia (1960), impulsada por el café y el cacao, el oeste fue una región productiva y receptora de migrantes de otras zonas del país y de países vecinos que venían a trabajar en las plantaciones. Esa mezcla de poblaciones, sumada a las tensiones sobre la tierra y la nacionalidad, sería más tarde uno de los detonantes de la crisis que golpearía con especial dureza a la región.
El oeste de Costa de Marfil, y con él la región de Man, fue uno de los escenarios más trágicos de la guerra civil que estalló en 2002. La rebelión que partió al país en dos alcanzó al oeste, donde surgieron además milicias locales y grupos armados, algunos vinculados al conflicto de la vecina Liberia. Las tensiones por la tierra entre poblaciones autóctonas y migrantes, agravadas por el debate sobre la 'ivoirité' (la nacionalidad marfileña), añadieron una dimensión especialmente violenta.
La región vivió combates, desplazamientos masivos de población, matanzas y una profunda desconfianza entre comunidades. Man y su entorno quedaron atrapados en la línea de fractura del país, con la economía del café y el cacao golpeada y la vida cotidiana marcada por la inseguridad. La crisis se prolongó durante casi una década, con altos y bajos, hasta la guerra final de 2010-2011 tras las elecciones disputadas.
Con el fin del conflicto y la reunificación del país en 2011, el oeste inició un lento proceso de pacificación y reconstrucción. La reconciliación entre comunidades, la recuperación de las plantaciones y la vuelta de la seguridad permitieron que Man y su región empezaran a mirar de nuevo hacia el futuro, incluido el turismo, que había quedado paralizado durante los años de guerra.
Tras años difíciles, Man ha renacido como uno de los grandes destinos de naturaleza y aventura de Costa de Marfil. La paz devolvió a los viajeros a las 18 montañas, y la región se promociona hoy por sus paisajes espectaculares: las cascadas rodeadas de selva, el monte Tonkoui con sus vistas hasta Guinea y Liberia, la afilada Dent de Man y, sobre todo, los legendarios puentes de lianas del pueblo dan.
El ecoturismo comunitario ha ganado terreno: guías locales, aldeas que abren sus puentes y sus danzas a los visitantes, y hospedajes que permiten conocer la cultura dan de cerca. Las danzas de máscaras —con sus acróbatas, equilibristas y danzarines sobre zancos— siguen siendo una de las expresiones culturales más impresionantes de África Occidental, ahora también compartidas, con respeto, con los viajeros.
Man combina así naturaleza, cultura viva y aventura en un rincón del país que sorprende a quien solo espera sabanas y playas. Ciudad de montañeses y de máscaras, tierra de puentes tejidos por espíritus, marcada por la prosperidad del café y por las heridas de la guerra, Man se ofrece hoy como una de las experiencias más auténticas y memorables de Costa de Marfil, y como puerta natural hacia el gran Parque Nacional de Taï.