El territorio de Grand-Lahou está habitado desde antiguo por el pueblo avikam (también llamado brignan), un grupo lagunar de pescadores y comerciantes instalado en la desembocadura del río Bandama, donde el río, la laguna Tagba y el océano Atlántico se encuentran. Ese cruce excepcional de tres aguas —dulce, salobre y salada— definió la vida, la economía y la identidad de la comunidad.
Los avikam vivían de la pesca en la laguna y el mar, de la recolección y del comercio, aprovechando su posición estratégica en la costa. Como otros pueblos lagunares de Costa de Marfil, mantenían contacto con los navegantes europeos que recorrían el golfo de Guinea desde el siglo XV, intercambiando productos locales por mercancías traídas de Europa. La laguna era a la vez despensa, camino y frontera.
La desembocadura del Bandama, uno de los mayores ríos del país, hacía de este lugar un punto de comunicación entre el interior —de donde bajaban por el río productos y personas— y la costa. Esa vocación de encuentro y comercio, junto con la riqueza pesquera de sus aguas, hizo de Grand-Lahou un asentamiento importante mucho antes de la colonización formal, y sentó las bases de su papel futuro como uno de los primeros comptoirs de la costa marfileña.
Con la colonización francesa, que se formalizó con la creación de la colonia de Costa de Marfil en 1893, Grand-Lahou se convirtió en un importante comptoir (establecimiento comercial) y en uno de los primeros centros económicos de la costa. A comienzos del siglo XX, el antiguo poblado —hoy conocido como Lahou-Kpanda— floreció sobre la estrecha lengua de arena de la desembocadura, entre el río, la laguna y el mar.
Allí se levantaron casas comerciales de las compañías francesas, edificios administrativos, iglesias, viviendas coloniales y toda la infraestructura de un puerto activo. Por Grand-Lahou salían los productos del interior que bajaban por el Bandama —aceite de palma, caucho, madera, más tarde café y cacao— y entraban las mercancías importadas. La ciudad tuvo una época de prosperidad y llegó a ser uno de los puntos comerciales más dinámicos de la costa marfileña de aquel período.
Sin embargo, como en el resto de la costa, el ascenso de Abiyán —con la apertura del canal de Vridi en 1950 y su gran puerto de aguas profundas— fue concentrando el comercio y restando importancia a los viejos comptoirs costeros. Grand-Lahou empezó a perder su papel económico, aunque conservó su población de pescadores y su hermoso emplazamiento entre las tres aguas. El golpe definitivo, no obstante, no vendría de la economía, sino de la propia naturaleza.
El emplazamiento que había hecho la fortuna de Grand-Lahou —una estrecha lengua de arena entre el río, la laguna y el océano— resultó ser también su condena. La desembocadura del Bandama migra de manera natural de este a oeste, y la costa está sometida a una fuerte erosión marina. Con el paso de las décadas, el mar y el río fueron comiéndose el terreno donde se asentaba el viejo poblado, a un ritmo de varios metros por año.
El proceso se agravó por la acción humana. En los años setenta, la construcción de la gran represa de Kossou sobre el río Bandama, aguas arriba, alteró el caudal y, sobre todo, retuvo los sedimentos que antes el río arrastraba hasta la costa y que ayudaban a reponer la arena de la lengua. Sin ese aporte, la erosión se aceleró. Edificios, casas comerciales, iglesias y cementerios enteros del antiguo Grand-Lahou fueron quedando bajo el agua o derrumbándose sobre la playa.
Ante el avance imparable de las aguas, en 1973 se decidió trasladar la ciudad tierra adentro, al emplazamiento del actual Grand-Lahou, a cierta distancia de la costa. El viejo poblado de Lahou-Kpanda quedó como un lugar semiabandonado, con una pequeña comunidad de pescadores resistiendo entre las ruinas, y se convirtió en uno de los símbolos mundiales de la erosión costera y de los efectos del cambio climático sobre las poblaciones del litoral.
La región de Grand-Lahou no es solo un escenario de erosión, sino también un tesoro natural. En su entorno se extiende el Parque Nacional de Azagny, un área protegida de manglares, sabanas húmedas, pantanos y bosque a orillas de la laguna y del Bandama, creada para conservar uno de los ecosistemas de humedales más ricos de la costa marfileña.
Azagny alberga una fauna notable —elefantes de bosque, búfalos, monos, cocodrilos, manatíes y numerosas aves acuáticas— y está reconocido como humedal de importancia internacional. Un antiguo canal de época colonial (el canal de Asagny) atraviesa la zona, testimonio de los intentos de comunicar las lagunas por vías navegables. El parque es hoy un destino de ecoturismo y un recordatorio de la biodiversidad que albergan las lagunas y manglares del litoral.
La existencia de este parque, gestionado por el Office Ivoirien des Parcs et Réserves (OIPR), aporta a Grand-Lahou una dimensión adicional: la de puerta de entrada a un mundo de agua y naturaleza. Junto con el drama de la erosión y la belleza de las tres aguas, Azagny completa el perfil de una región donde la relación entre el ser humano y el agua —a veces fuente de vida, a veces amenaza— está en el centro de todo.
Hoy Grand-Lahou vive entre la memoria y la esperanza. El nuevo pueblo, tierra adentro, alberga a la mayor parte de la población avikam, que sigue viviendo de la pesca y de su relación con la laguna, el río y el mar. El viejo poblado de Lahou-Kpanda, en la lengua de arena, se ha convertido en un lugar de visita cargado de emoción: sus ruinas frente al océano cuentan la historia de una ciudad devorada por las aguas y se han vuelto un símbolo poderoso del cambio climático y de la vulnerabilidad de las costas.
En los últimos años se han emprendido importantes trabajos de estabilización de la costa, en parte a través de programas de gestión del litoral de África occidental (como el programa WACA, con apoyo del Banco Mundial), que buscan frenar la erosión, reforzar el cordón de arena y estabilizar la boca del Bandama. Estas obras ofrecen una esperanza a las comunidades que durante décadas vieron cómo el mar se llevaba su tierra y su historia.
Para el viajero, Grand-Lahou es un destino único: un lugar donde la naturaleza muestra a la vez su belleza y su fuerza, donde se puede navegar entre tres aguas, visitar las ruinas de una ciudad tragada por el mar, explorar los manglares de Azagny y compartir la vida de una comunidad de pescadores. Es la Costa de Marfil más auténtica y conmovedora, la que se vive de cara al agua, con la memoria de lo perdido y la voluntad de resistir.