Antes de ser capital colonial, el lugar donde hoy se levanta Grand-Bassam era un asentamiento del pueblo n'zima (también llamado nzema o appolonien), un grupo akan de pescadores y comerciantes emparentado con los pueblos de la vecina Costa de Oro (actual Ghana). Instalados en la franja de tierra entre la laguna y el mar, los n'zima comerciaban pescado, sal y productos del interior, y desde hacía siglos tenían contacto con los navegantes europeos que recorrían el golfo de Guinea.
Desde el siglo XV, portugueses, holandeses, daneses, ingleses y franceses habían frecuentado esta costa en busca de oro, marfil y esclavos, aunque la ausencia de puertos naturales y la peligrosa barra de olas hacían difícil el desembarco. Grand-Bassam, con su laguna, ofrecía un fondeadero relativamente resguardado y se convirtió en uno de los puntos de contacto comerciales de la región.
En el siglo XIX, Francia empezó a firmar tratados con los jefes locales para asegurarse posiciones en la costa. En 1842-1843, el almirante Bouët-Willaumez estableció un fuerte y un protectorado francés en Grand-Bassam, sentando las bases de la futura colonia. La ciudad quedó así ligada, desde muy temprano, a la expansión colonial francesa en África occidental.
Cuando Francia constituyó oficialmente la colonia de Costa de Marfil en 1893, eligió a Grand-Bassam como su primera capital. Fue una decisión lógica: la ciudad era ya el principal punto de comercio de la costa, con su fondeadero, sus casas comerciales y su población mixta de europeos y africanos. El primer gobernador, Louis-Gustave Binger —el explorador que había dado nombre y forma a la colonia—, instaló allí la administración.
Grand-Bassam vivió entonces su época de esplendor. Se construyó un barrio colonial planificado, el 'Quartier France', con edificios administrativos como el palacio del gobernador (1893), grandes casas comerciales de compañías francesas (la CFAO y otras), almacenes, oficinas de aduana, residencias con galerías y verandas, una iglesia y hasta un pequeño ferrocarril y un wharf para el embarque de mercancías. La ciudad se organizó en zonas especializadas —administración, comercio, viviendas europeas y barrio africano de N'zima—, un urbanismo que hoy es la clave de su valor patrimonial.
Por su puerto salían el aceite y las almendras de palma, el caucho, la caoba, y empezaban a salir el café y el cacao que harían la fortuna del país. Grand-Bassam era el corazón económico, portuario y jurídico de la joven colonia, un lugar donde se cruzaban comerciantes franceses, africanos de la costa, trabajadores de otras colonias y funcionarios. Nada parecía amenazar su primacía.
El esplendor de Grand-Bassam se quebró bruscamente. En 1899, una devastadora epidemia de fiebre amarilla golpeó la ciudad y diezmó a la población europea; murieron numerosos funcionarios y comerciantes, y el pánico se apoderó de la colonia. La enfermedad, transmitida por mosquitos que proliferaban en el entorno lagunar, hizo que las autoridades consideraran a Grand-Bassam un lugar insalubre para la capital.
En 1900, apenas siete años después de haber sido nombrada capital, Francia trasladó la sede del gobierno a Bingerville, en una meseta más alta y considerada más sana, sobre la laguna Ébrié. Grand-Bassam perdió su rango, aunque conservó por un tiempo su puerto y su papel comercial. El golpe definitivo llegaría con el ascenso de Abiyán: la elección de esta última como cabecera del ferrocarril (1903-1904) y, sobre todo, la apertura del canal de Vridi en 1950, que le dio un gran puerto de aguas profundas, dejaron a Grand-Bassam definitivamente relegada.
Paradójicamente, esa decadencia fue la que preservó su tesoro. Al quedar al margen del gran desarrollo del siglo XX, el barrio colonial de Grand-Bassam no fue arrasado por la modernización, como ocurrió en otras ciudades. Sus edificios de fines del XIX y comienzos del XX permanecieron en pie —algunos restaurados, otros en bella decadencia— y llegaron casi intactos hasta hoy, convertidos en un testimonio excepcional del urbanismo colonial.
Grand-Bassam ocupa también un lugar destacado en la memoria de la lucha anticolonial y por la independencia de Costa de Marfil. Su prisión fue, durante el período colonial, lugar de reclusión de presos políticos, entre ellos militantes del Partido Democrático de Costa de Marfil (PDCI) de Félix Houphouët-Boigny, que a fines de los años cuarenta protagonizaba una dura pulseada con la administración francesa.
El episodio más célebre es la 'marcha de las mujeres' de diciembre de 1949. Ante la detención de dirigentes del PDCI, miles de mujeres marcharon desde Abiyán y otras localidades hacia la prisión de Grand-Bassam para exigir la liberación de los presos políticos, desafiando a las fuerzas coloniales. Aquella movilización femenina, valiente y masiva, se convirtió en un símbolo de la resistencia marfileña y hoy se recuerda como un hito en el camino hacia la independencia, lograda finalmente en 1960.
La ciudad conserva monumentos y lugares ligados a esa memoria, que se suman a su patrimonio colonial. Así, Grand-Bassam no es solo un decorado del poder colonial, sino también un escenario de las tensiones y las luchas entre colonizadores y colonizados, algo que la propia UNESCO subraya al justificar su valor universal.
En 2012, la UNESCO inscribió la 'Ville historique de Grand-Bassam' en la lista del Patrimonio de la Humanidad, reconociendo el valor excepcional de su barrio colonial y de la aldea de pescadores n'zima. Fue el primer sitio cultural de Costa de Marfil en obtener esa distinción, y dio un nuevo impulso a la ciudad como destino turístico y a los esfuerzos de restauración de sus edificios, muchos de ellos amenazados por el abandono, la humedad y la erosión costera.
El 13 de marzo de 2016, Grand-Bassam sufrió un golpe brutal: un comando armado atacó la playa y varios hoteles frecuentados por turistas y familias, en un atentado reivindicado por Al Qaeda en el Magreb Islámico que dejó 19 personas muertas. Fue el primer gran ataque yihadista en Costa de Marfil y conmocionó al país. Tras el atentado, se reforzó fuertemente la seguridad y, poco a poco, la ciudad recuperó su normalidad, sus visitantes y su vida de fin de semana.
Hoy Grand-Bassam vive un renacimiento tranquilo. Es a la vez ciudad-museo del período colonial, playa favorita de los abiyaneses, capital de la artesanía y del batik, y sede de la vibrante fiesta de la Abissa del pueblo n'zima. Camina entre sus casas centenarias, come pescado braseado frente al mar y celebra una historia que va del gran puerto colonial a la lucha por la independencia y al reconocimiento mundial de su patrimonio. La primera capital de Costa de Marfil sigue viva, con la dignidad melancólica de las ciudades que fueron grandes y la energía de las que se reinventan.