Cabo Verde es un archipiélago árido, azotado por siglos de sequías, donde el agua siempre fue el bien más preciado. En ese contexto, el Vale do Paúl es una rareza afortunada: un valle profundo, orientado de tal modo que atrapa la humedad de los vientos alisios, con manantiales en las alturas y un microclima que lo mantiene verde casi todo el año. Los caboverdianos lo llaman con razón uno de los rincones más fértiles del país.
Ese regalo de la geografía explica su historia. Mientras buena parte del archipiélago dependía de lluvias caprichosas y padecía hambrunas devastadoras, los valles húmedos de Santo Antão —Paúl entre ellos— podían sostener una agricultura intensiva y permanente. El agua que baja del cráter de Cova y de las cumbres se canaliza desde hace siglos por un entramado de acequias, las 'levadas', que reparten el riego bancal por bancal hasta el mar.
Sobre esa base se construyó todo lo demás: los cultivos en terraza, las aldeas encaramadas en las laderas, los trapiches y los alambiques. El Paúl no es un paisaje natural intacto, sino una obra humana de siglos, tallada a fuerza de azada y de piedra por generaciones de campesinos que convirtieron una garganta volcánica en un jardín colgante.
Cuando Santo Antão se colonizó a fondo en el siglo XVIII, bajo el régimen de la capitanía, la caña de azúcar se convirtió en el cultivo rey de sus valles. Pero, a diferencia del Caribe o de Brasil, aquí la caña no se destinó tanto a producir azúcar para exportar como a destilar aguardiente para el consumo local: el grogue. En el Paúl y los valles vecinos se multiplicaron los trapiches —molinos donde se prensa la caña, movidos por bueyes o por fuerza hidráulica— y los alambiques de cobre donde el jugo fermentado se convierte en aguardiente.
El grogue se volvió mucho más que una bebida: es identidad, economía y rito social. Se toma en los velorios y en las fiestas, se ofrece al que llega, se usa como remedio casero y se convirtió en la seña de identidad de Santo Antão frente al resto del país. De la mezcla de grogue con miel de caña ('mel de cana') nace el ponche, más dulce y suave. Cada valle, cada familia, presume de su receta y de su punto de destilación.
Esa cultura del grogue sobrevivió a todos los cambios y sigue viva hoy en el Paúl, donde decenas de pequeños productores mantienen sus trapiches en funcionamiento. La zafra, entre marzo y mayo, llena el valle de olor a caña molida y a alcohol recién destilado, y es el mejor momento para ver el proceso completo, del cañaveral al vaso.
Aun siendo más afortunado que otras zonas, el Paúl no escapó del drama de fondo de Cabo Verde: la dependencia de la lluvia y el fantasma del hambre. Las grandes sequías de los siglos XVIII, XIX y XX mataron a decenas de miles de personas en el archipiélago, y cada mala estación golpeaba también a Santo Antão, obligando a apretarse el cinturón y a mirar hacia afuera.
La respuesta, como en toda Cabo Verde, fue la emigración. Desde Mindelo, en la vecina São Vicente, partían balleneros y barcos que llevaban a los caboverdianos a Estados Unidos, a Europa y a otras costas de África. Del Paúl y de los valles de Santo Antão salieron generaciones enteras rumbo a Nueva Inglaterra, Portugal, Holanda o Francia. Muchos nunca volvieron; otros regresaron con ahorros que se convirtieron en casas nuevas, tierras compradas y mejoras para el valle.
Así, el paisaje del Paúl quedó marcado por esa doble realidad tan caboverdiana: la de un mundo campesino tenaz que sigue trabajando la tierra, y la de una diáspora omnipresente que sostiene a las familias con remesas y regresa en vacaciones cargada de 'sodade'. La nostalgia del emigrante y el apego a la tierra conviven en cada aldea del valle.
Con la independencia de Cabo Verde en 1975, el mundo rural de Santo Antão empezó a transformarse. Llegaron mejoras en el regadío y en la organización agrícola, se construyeron y ampliaron carreteras, y con el tiempo la electricidad y el agua corriente alcanzaron a las aldeas del Paúl. La producción de grogue, antes casi doméstica y a veces mal vista por las autoridades coloniales, fue reconocida y valorada como parte del patrimonio del país.
El municipio de Paúl, con Cidade das Pombas como cabecera, ganó servicios e infraestructura, aunque la vida siguió siendo dura: cultivar en pendientes tan fuertes es un trabajo agotador, y la emigración continuó tentando a los jóvenes. El equilibrio del valle —tantas bocas, tanta tierra disponible, tanta agua— siempre fue delicado, y las remesas de la diáspora siguieron siendo un sostén imprescindible.
Al mismo tiempo, el café de altura del Paúl y su grogue empezaron a ganar prestigio más allá de la isla, apreciados por su calidad. El valle comenzó a ser conocido no solo por lo que producía, sino por lo que era: un paisaje excepcional que pronto atraería a un nuevo tipo de visitante.
En las últimas décadas, el Vale do Paúl se convirtió en el emblema del auge del senderismo en Santo Antão. La caminata que desciende del cráter de Cova hasta Pombas, siguiendo los viejos caminos empedrados que los campesinos usaban para bajar la cosecha, se transformó en la ruta más famosa del archipiélago, recorrida cada año por miles de senderistas europeos que descubren, curva tras curva, uno de los paisajes agrícolas más bellos del Atlántico.
Alrededor de ese flujo de visitantes floreció un turismo rural a escala humana: alojamientos con huerta, guías locales, tours del grogue y del café, restaurantes de cocina criolla. Ese turismo se sumó a la agricultura sin reemplazarla, ayudando a frenar el éxodo y a poner en valor los bancales, las acequias y los trapiches que corrían el riesgo de abandonarse. Muchas familias combinan hoy el cultivo de la caña con el alojamiento de caminantes o la venta directa de grogue y café.
El desafío, como en toda Santo Antão, es mantener el equilibrio: que el turismo apoye al campo en vez de vaciarlo, y que el valle siga siendo un lugar vivo de trabajo y no una postal deshabitada. Por ahora, el Paúl conserva su alma: es a la vez la caminata soñada del viajero y el hogar de campesinos que, cada mañana, siguen abriendo las compuertas de las acequias para regar sus terrazas de caña, café y banano, como se hace desde hace más de doscientos años.