La isla de Boa Vista es la más oriental de Cabo Verde, la más cercana a la costa africana y una de las más antiguas geológicamente del archipiélago. Su nombre, 'Boa Vista' ('buena vista'), se atribuye tradicionalmente a la exclamación de alivio de los navegantes que, tras largas travesías por el Atlántico, avistaban por fin tierra en esta isla llana y arenosa. Fue una de las primeras islas del archipiélago en ser conocida y frecuentada por los portugueses en el siglo XV.
Boa Vista es, como Sal, una isla desértica, castigada por el viento del Sahara —que le trae la arena de sus famosas dunas— y por la falta de agua. Su relieve es suave, sin las grandes montañas de las islas del sur o del norte, y su costa alterna playas interminables con zonas de arrecifes y corrientes peligrosas que, a lo largo de los siglos, causaron numerosos naufragios. Esa combinación de aridez y aislamiento marcó su historia.
Durante mucho tiempo, la isla estuvo escasamente poblada y vivió al margen de los grandes acontecimientos coloniales, que se concentraban en Santiago. Pero tenía un recurso que, en cierta época, la haría valiosa: la sal, la misma que dio riqueza y nombre a la vecina isla de Sal, y que también se producía en las salinas de Boa Vista.
En el siglo XVIII, Boa Vista vivió un auge ligado a la producción de sal. La isla se convirtió en un importante productor y exportador, y su puerto principal, en el noroeste, tomó un nombre que revela ese origen: 'Sal Rei', es decir, 'la sal del rey', en referencia al monopolio o al interés de la Corona sobre este valioso producto. La sal era entonces una mercancía estratégica, imprescindible para conservar carne y pescado, y su comercio movía barcos de varias naciones.
Sal Rei creció como el centro urbano y portuario de la isla, con sus casas coloniales, su iglesia y su vida comercial. La bahía protegida y las salinas cercanas hacían del lugar un punto atractivo, pero también vulnerable: la riqueza salinera atraía a los piratas y corsarios que infestaban las rutas atlánticas. Boa Vista, expuesta y mal defendida, sufrió ataques y saqueos.
Para proteger el puerto y su negocio, se levantó una fortificación en el islote que hay justo frente a Sal Rei: el Forte Duque de Bragança, en el ilhéu de Sal Rei. Desde el islote, los cañones podían defender la bahía de los asaltos. Aquel fuerte, hoy en ruinas, es el testimonio más visible de la época en que la sal hizo de Sal Rei un lugar próspero y disputado.
La prosperidad de Boa Vista no duró. La producción de sal, como en el resto de Cabo Verde, fue decayendo con el tiempo, y la isla intentó otras actividades, como el cultivo y la industria textil, sin gran éxito duradero. Como todo el archipiélago, Boa Vista sufrió terriblemente las sequías periódicas que asolaron Cabo Verde, provocando hambrunas que diezmaron a la población y empujaron a la emigración masiva, dejando la isla cada vez más despoblada y olvidada.
La costa de Boa Vista siguió cobrándose barcos. Sus corrientes traicioneras y sus arrecifes de coral poco profundos, difíciles de detectar, convirtieron sus aguas en un cementerio de naufragios a lo largo de los siglos. El más famoso es el del carguero español Cabo Santa Maria, que encalló el 1 de septiembre de 1968 en una playa del norte y cuyo esqueleto oxidado sigue allí, convertido en símbolo de la isla y recordatorio de su peligrosa relación con el mar.
Durante buena parte del siglo XX, Boa Vista fue una de las islas más pobres y aisladas de Cabo Verde, con Sal Rei reducida a un tranquilo pueblo de pescadores. La independencia del país en 1975 la encontró como un territorio marginal, de belleza salvaje pero sin apenas economía. Su gran transformación, como la de la vecina Sal, estaba aún por llegar, y vendría del mismo lugar: el turismo.
A partir de los años 2000, Boa Vista vivió una transformación radical impulsada por el turismo, con cierto retraso respecto a Sal pero con un impacto igual de profundo. Lo que durante siglos había sido una desventaja —la aridez, el aislamiento, las playas desiertas— se reveló como un tesoro para el turismo de sol y playa. La construcción de un aeropuerto internacional (hoy Aristides Pereira, inaugurado a finales de los 2000) abrió la isla a los vuelos chárter directos desde Europa.
En las grandes playas de la isla brotaron los resorts todo incluido, muchos de ellos operados por cadenas internacionales, y Boa Vista se sumó a Sal como uno de los dos grandes destinos de playa de Cabo Verde. La isla se especializó en un turismo de naturaleza y descanso: sus kilómetros de playa virgen, sus dunas del Sahara, sus tortugas y ballenas y su ambiente tranquilo la diferenciaron de la más animada Sal.
Ese desarrollo trajo empleo y modernización, pero también los retos habituales: la dependencia de operadores extranjeros, la presión sobre unos recursos escasos (agua desalada, energía) y el equilibrio entre el crecimiento y la conservación de una naturaleza frágil y valiosa, sobre todo la de las tortugas marinas, que hicieron de Boa Vista uno de sus grandes santuarios mundiales.
Hoy, Sal Rei es una capital pequeña y con encanto que hace de puente entre dos mundos: el de la Boa Vista tradicional, con sus pescadores, sus casas coloniales y su ritmo pausado, y el de la isla turística de resorts, dunas y excursiones. El pueblo conserva su ambiente auténtico y multicultural, con una notable comunidad italiana, y sigue siendo la base natural para explorar la isla más salvaje de la Cabo Verde playera.
El ilhéu de Sal Rei, con las ruinas de su fuerte, recuerda el pasado salinero y defensivo; el naufragio del Cabo Santa Maria, la peligrosidad histórica de su costa; y las tortugas y ballenas, el valor natural que ahora la isla trata de proteger y aprovechar. Boa Vista ha pasado, en pocas décadas, de isla pobre y olvidada a destino turístico, sin perder del todo su carácter salvaje y su belleza áspera.
Recorrer Sal Rei y su isla es asomarse a esa historia de contrastes: la sal que la hizo próspera y disputada, los naufragios y las sequías que la hundieron, y el turismo que la ha resucitado. En sus playas interminables, sus dunas del Sahara y sus aguas llenas de vida, Boa Vista ofrece hoy la cara más natural y tranquila de Cabo Verde, con Sal Rei como su alma colonial y colorida.