La historia de Praia empieza, paradójicamente, siendo la de un lugar secundario. Cuando los navegantes portugueses llegaron a las islas de Cabo Verde, deshabitadas, hacia 1460, la primera ciudad que fundaron en la isla de Santiago fue Ribeira Grande (la actual Cidade Velha), en un valle protegido de la costa sur, en 1462. Aquella fue la capital y el gran puerto del archipiélago durante casi tres siglos, y la primera ciudad colonial europea construida en los trópicos.
A pocos kilómetros al este de Ribeira Grande había otro fondeadero, en lo alto de una meseta plana asomada al mar que los portugueses llamaron 'Praia de Santa Maria' —de ahí el nombre, 'Praia', que significa simplemente 'playa'—. Durante mucho tiempo fue apenas un puerto alternativo, usado cuando el de Ribeira Grande no servía, y un caserío modesto a la sombra de la gran capital.
Lo que jugó a favor de aquel lugar fue su geografía. Mientras Ribeira Grande, encajada en su valle al nivel del mar, era terriblemente vulnerable a los ataques de piratas y corsarios —franceses, ingleses y holandeses la saquearon una y otra vez—, la meseta de Praia era una fortaleza natural: elevada, plana y mucho más fácil de defender. Con el tiempo, esa ventaja defensiva cambiaría el destino de las dos ciudades.
Los repetidos saqueos hundieron a Ribeira Grande. El más devastador fue el del corsario inglés Francis Drake, que en 1585 arrasó la vieja capital; a él siguieron otros, como el ataque francés de 1712. Cada golpe empujaba a los habitantes y a las autoridades a buscar refugio en el lugar más seguro de los alrededores: la meseta de Praia, el Platô. Poco a poco, comerciantes, funcionarios y vecinos fueron subiendo a instalarse allí arriba.
Durante el siglo XVIII el gobierno de la colonia empezó a operar cada vez más desde Praia, aunque el traslado fue lento y disputado. El asentamiento de la meseta fue creciendo con su trazado en cuadrícula, sus plazas y sus edificios administrativos, mientras Ribeira Grande se iba despoblando y quedaba reducida a una sombra de lo que había sido, hasta ganarse el nombre con que hoy la conocemos: Cidade Velha, la 'Ciudad Vieja'.
El reconocimiento oficial llegó en el siglo XIX. Praia fue elevada a la categoría de villa y, en 1858, declarada oficialmente ciudad y capital de la provincia portuguesa de Cabo Verde. La meseta que durante siglos había sido el puerto secundario se convertía así, por fin, en el centro del poder del archipiélago, un puesto que ya no abandonaría.
Como capital, Praia creció al ritmo de la Cabo Verde colonial: una sociedad criolla nacida del encuentro forzado entre los colonos portugueses y los africanos esclavizados que, durante siglos, pasaron por las islas en la ruta del comercio atlántico de esclavos. De esa mezcla surgió el pueblo caboverdiano, su lengua criolla (el kriolu) y su cultura mestiza, con la música, la comida y las tradiciones que hoy definen al país.
La vida en las islas fue siempre dura. Cabo Verde es un archipiélago árido, azotado por sequías periódicas que, sobre todo en los siglos XVIII, XIX y XX, provocaron hambrunas catastróficas que mataron a decenas de miles de personas y empujaron a una emigración masiva. Esa diáspora —hacia Estados Unidos, Portugal, Senegal, Argentina y otros destinos— es una de las claves de la identidad caboverdiana: hoy viven más caboverdianos fuera del país que dentro.
El Platô de Praia se fue llenando de los edificios que todavía lo definen: el palacio del gobernador (hoy Palacio Presidencial), la iglesia matriz de Nossa Senhora da Graça, las casas de los comerciantes. La ciudad era un puerto de escala en el Atlántico y el centro administrativo de una colonia pobre y remota, pero con una vida cultural criolla intensa que la distinguía del resto del imperio portugués.
El siglo XX trajo a Cabo Verde el fermento del anticolonialismo. La figura central fue Amílcar Cabral, ingeniero agrónomo nacido en Guinea-Bisáu de padres caboverdianos, uno de los grandes pensadores y estrategas de la liberación africana. En 1956 fundó el PAIGC (Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde), que impulsó una larga lucha armada contra el dominio portugués, sobre todo en la Guinea continental.
Cabral fue asesinado en 1973, poco antes de ver el resultado de su lucha, y hoy es un héroe nacional en Cabo Verde y en toda África: Praia le dedica un museo y su figura preside el imaginario del país. La Revolución de los Claveles de 1974 en Portugal, que derribó la dictadura del Estado Novo, abrió por fin la puerta a la descolonización. El 5 de julio de 1975, Cabo Verde declaró su independencia, y Praia se convirtió en la capital de una nación soberana.
En un primer momento, el proyecto de Cabral contemplaba la unión de Cabo Verde con Guinea-Bisáu en un solo Estado, pero un golpe militar en Guinea en 1980 rompió ese plan, y los dos países siguieron caminos separados. Cabo Verde optó pronto por un modelo propio, que a partir de 1991 lo convertiría en una de las democracias más estables y admiradas del continente africano.
Desde la independencia, Praia ha crecido de manera acelerada: de una pequeña capital colonial pasó a ser una ciudad de más de 150.000 habitantes, con nuevos barrios que se extienden más allá del histórico Platô por las mesetas y valles vecinos ('achadas'). Es el centro político, económico y universitario del país, sede del gobierno, del parlamento y de las principales instituciones de la Cabo Verde moderna.
Cabo Verde se ha ganado un lugar aparte en África: tras el paso a la democracia multipartidista en 1991, se ha consolidado como uno de los países más estables, pacíficos y mejor gobernados del continente, con buenos índices de desarrollo humano pese a la falta de recursos naturales. Su economía se apoya en el turismo (sobre todo en las islas de Sal y Boa Vista), las remesas de la enorme diáspora y los servicios. En 2007, las Naciones Unidas lo 'graduaron' de la categoría de país menos desarrollado, un logro poco frecuente.
Praia concentra las contradicciones y la energía de esa Cabo Verde contemporánea: barrios acomodados y barrios populares, tráfico y música, la herencia colonial del Platô y la vitalidad africana de Sucupira. Como capital, sigue siendo la puerta de entrada a la isla de Santiago —la más grande, más poblada y más 'africana' del archipiélago— y el corazón institucional de una nación pequeña y dispersa que ha hecho de la música, la emigración y la resiliencia su seña de identidad.