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Historia de Chã das Caldeiras y Pico do Fogo

El nacimiento de un volcán en medio del océano

El Pico do Fogo y su caldera son el resultado de cientos de miles de años de actividad volcánica en medio del Atlántico. La isla de Fogo es un gigantesco estratovolcán que se levanta desde el fondo marino, y Chã das Caldeiras ocupa el interior de su gran caldera, una depresión de unos 9 kilómetros de diámetro cerrada al oeste por un espectacular muro semicircular de casi 1.000 metros de altura: la Bordeira.

Los geólogos creen que esa Bordeira es el resto de un antiguo edificio volcánico mucho mayor que colapsó en un episodio catastrófico —un gigantesco deslizamiento de flanco hacia el mar— hace decenas de miles de años. Sobre esa herida quedó la caldera, y dentro de ella siguió creciendo un nuevo cono: el actual Pico do Fogo, que con sus 2.829 metros es el punto más alto de Cabo Verde y uno de los volcanes más notables del Atlántico.

Desde entonces, el volcán no ha dejado de manifestarse. Las erupciones históricas —documentadas desde la época colonial— han ido rellenando y modelando la caldera con nuevas coladas de lava y conos secundarios. Ese suelo volcánico, negro y mineral, es a la vez amenaza y bendición: destruye cuando el volcán despierta, pero cuando descansa da una tierra sorprendentemente fértil para la vid y los frutales.

Montrond y el poblamiento de la caldera

Que gente decidiera vivir dentro del cráter de un volcán activo tiene mucho que ver con una figura singular del siglo XIX: Armand Montrond, un aristócrata francés que, según la tradición, llegó a Fogo hacia mediados de aquel siglo y se instaló en Chã das Caldeiras. Montrond tuvo numerosos descendientes con mujeres locales, y buena parte de la población actual de Chã se considera heredera de su linaje; algunos habitantes conservan rasgos y apellidos que remiten a ese origen.

Más allá de la leyenda, el poblamiento de la caldera respondió a una lógica práctica: pese al riesgo volcánico, aquella tierra de ceniza resultó excelente para cultivar. Los pobladores descubrieron que la vid prosperaba en el suelo volcánico y el clima de altura, y desarrollaron una viticultura única, además de cultivar frutales, café y hortalizas. Nacieron así las aldeas de Portela y Bangaeira, una comunidad agrícola aislada y muy particular en lo alto del volcán.

Con el tiempo, Chã das Caldeiras se convirtió en un pequeño mundo aparte dentro de Fogo: gente orgullosa y tenaz, con su propia identidad, que vivía de la vid, el ganado y los frutales en un entorno extremo. El vino de Chã se fue haciendo famoso en toda la isla y más allá, y la caldera adquirió fama de lugar mágico y desafiante, donde la vida florecía literalmente sobre el fuego.

Las erupciones del siglo XX: 1951 y 1995

Vivir en Chã siempre significó convivir con el peligro. El volcán entró en erupción en varias ocasiones a lo largo de la historia, recordando a sus habitantes la naturaleza de su hogar. En el siglo XX, dos erupciones marcaron la memoria colectiva: la de 1951 y, sobre todo, la de 1995.

En abril de 1995, tras décadas de calma del cono principal, se abrió una nueva boca en el flanco del Pico: el Pico Pequeno. Durante semanas, la erupción expulsó lava y cenizas, obligó a evacuar a la población y cubrió parte de los cultivos y del terreno de la caldera con nuevas coladas. Fue un aviso serio, pero, como ocurriría de nuevo, la comunidad regresó, reconstruyó y volvió a plantar sobre la lava una vez enfriada.

Esa capacidad de recuperación se explica por el vínculo profundo de los chaenses con su tierra. Para ellos, la caldera no es solo un lugar peligroso: es el hogar de sus familias, el sustento de sus viñedos y el centro de su identidad. Abandonarla no era una opción, aunque el volcán volviera a hablar. Esa actitud —desafiante y a la vez resignada ante la fuerza de la naturaleza— quedaría a prueba de forma dramática pocos años después.

2014: la lava sepulta el pueblo

El 23 de noviembre de 2014, el volcán de Fogo despertó con fuerza. Nuevas bocas se abrieron en el flanco del Pico y comenzaron a emitir ríos de lava que, a lo largo de las semanas siguientes, avanzaron lentamente hacia las aldeas de la caldera. La población de Chã —Portela y Bangaeira— fue evacuada a tiempo, y gracias a ello no hubo víctimas mortales; pero la lava, imparable, fue enterrando el pueblo.

Las coladas destruyeron alrededor de tres cuartas partes de las construcciones de Portela y Bangaeira: casas, escuelas, alojamientos turísticos, la sede del Parque Natural do Fogo, bodegas y, sobre todo, gran parte de los viñedos y campos que eran el sustento de la comunidad. Familias enteras vieron cómo la lava sepultaba el trabajo de generaciones. La erupción se prolongó hasta comienzos de 2015 y dejó a la comunidad desplazada y sin casi nada material.

Las autoridades, ante la evidencia del riesgo, recomendaron no reconstruir dentro de la caldera y ofrecieron reubicar a la población en zonas seguras. Pero ocurrió algo asombroso: muchos habitantes de Chã se negaron a abandonar su tierra. Poco a poco, contra las advertencias oficiales, volvieron al cráter, levantaron nuevas casas sobre la lava todavía reciente y replantaron sus viñas. Eligieron, una vez más, vivir sobre el fuego.

Reconstrucción, vino y turismo de aventura

La reconstrucción de Chã das Caldeiras tras 2014 es una de las grandes historias de resiliencia de Cabo Verde. Sobre las coladas negras y aún tibias, los vecinos rehicieron sus hogares, recuperaron caminos y volvieron a plantar la vid en la ceniza fresca. La cooperativa de vino y las bodegas familiares se reorganizaron, y el famoso vino de Chã —tinto, blanco y el peculiar 'Chã' de crianza— volvió a producirse, convertido ahora también en símbolo de la recuperación de la comunidad.

El turismo, que ya antes de 2014 era una fuente de ingresos, se recuperó también. Chã das Caldeiras es hoy uno de los destinos más impresionantes del país: viajeros de todo el mundo suben a la caldera para trepar el Pico do Fogo, caminar sobre las coladas recientes, catar el vino de la lava y conocer a una comunidad que desafía al volcán. Los guías locales, organizados en asociación, acompañan las ascensiones y transmiten al visitante la historia y la geología del lugar.

Chã das Caldeiras encarna como ningún otro sitio el carácter caboverdiano: la capacidad de sacar vida y belleza de un entorno durísimo, y de rehacerse una y otra vez frente a la adversidad. Vivir dentro de un volcán activo, plantar viñas sobre la lava y recibir al viajero con un vaso de vino de Chã es, más que una anécdota turística, una lección de dignidad y de amor a la tierra que difícilmente se olvida.

📚 Bibliografía

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