Para entender las Salinas de Makgadikgadi hay que imaginar un mundo completamente distinto del actual. Hace alrededor de un millón de años, gran parte del norte de Botswana estaba cubierta por un lago inmenso, el lago Makgadikgadi, uno de los mayores que jamás existieron en el interior de África. En su máxima extensión pudo cubrir decenas de miles de kilómetros cuadrados y alcanzar profundidades de varias decenas de metros: un verdadero mar interior en pleno corazón del continente.
Ese lago se alimentaba de ríos ancestrales muy distintos de los actuales. El proto-Zambeze, el Okavango, el Chobe y el Cuando desembocaban en esta gran cuenca, que no tenía salida al mar. El agua se acumulaba en la depresión del Kalahari y formaba un lago enorme, rodeado de vegetación y lleno de vida. Alrededor de sus orillas vivían animales y, con el tiempo, los primeros seres humanos, que dejaron sus utensilios de piedra en lo que hoy son planicies de sal.
La existencia de este paleolago está escrita en el propio paisaje: las líneas de antiguas playas fósiles, los cordones de guijarros redondeados por las olas y las terrazas que rodean los salares marcan los niveles que alcanzó el agua en distintas épocas. Ntwetwe y Sowa, los grandes salares actuales, son apenas los fondos más profundos de aquel mar desaparecido.
El destino del lago Makgadikgadi lo decidieron dos fuerzas colosales: el movimiento de la corteza terrestre y el cambio del clima. La actividad tectónica asociada al Gran Valle del Rift de África oriental —que se extiende también hacia el sur de África— fue levantando y hundiendo el terreno, y con el tiempo desvió los grandes ríos que alimentaban el lago. El proto-Zambeze terminó capturado hacia el este, camino de las Cataratas Victoria y el océano Índico; el Okavango quedó atrapado formando su delta interior más al norte.
Privado de buena parte de su caudal y sometido a un clima cada vez más seco, el lago fue encogiéndose en etapas a lo largo de cientos de miles de años. Cada vez que el agua se evaporaba, dejaba atrás las sales y minerales que traían los ríos, que se concentraron en el fondo. Así se formó la característica costra blanca de sal y soda de los salares. Se estima que el gran lago se secó de manera definitiva hace unos 10.000 años, aunque todavía se llena parcialmente de agua en cada temporada de lluvias.
Hoy, las Salinas de Makgadikgadi son uno de los mayores complejos de salitrales del planeta, unos 16.000 km² de planicies de sal. En la superficie de Sowa Pan se explota incluso la soda (carbonato de sodio) de forma industrial. Y en cada estación húmeda, cuando las lluvias y los ríos estacionales como el Nata vuelven a inundar parte de los pans, el paisaje resucita por unos meses el fantasma de aquel antiguo mar.
Las orillas del antiguo lago Makgadikgadi fueron uno de los escenarios de la larga historia de la humanidad en África austral. Las excavaciones arqueológicas en los salares, especialmente en Ntwetwe Pan, han sacado a la luz abundantes utensilios de piedra que atestiguan la presencia humana desde la Edad de Piedra temprana, cuando un gran lago de agua dulce ocupaba la zona y ofrecía agua, peces y caza en abundancia. Algunas herramientas son tan antiguas que preceden a nuestra propia especie, el Homo sapiens.
Estudios genéticos recientes incluso han propuesto que la región del gran humedal de Makgadikgadi-Okavango pudo ser una de las cunas de las poblaciones humanas modernas más antiguas, un lugar donde nuestros ancestros habrían prosperado durante decenas de miles de años antes de expandirse por el resto del continente y del mundo. Aunque el tema es objeto de debate científico, refuerza la idea de que este 'vacío' blanco fue, en realidad, un lugar central en la historia humana.
Más cerca en el tiempo, la región fue territorio de los san (bosquimanos), cazadores-recolectores del Kalahari, y de pueblos de habla bantú como los kalanga. Para todos ellos, los baobabs gigantes de la zona —algunos milenarios— eran puntos de orientación, fuentes de agua y lugares sagrados en medio de la inmensidad. Esa presencia humana milenaria sigue viva en los nombres, las leyendas y los sitios rupestres de la región.
En el siglo XIX, las Salinas de Makgadikgadi se convirtieron en un obstáculo y a la vez en una ruta para los exploradores, misioneros, cazadores y comerciantes europeos que se adentraban hacia el norte de África austral, rumbo a las Cataratas Victoria y el Zambeze. Cruzar esta región seca y sin agua en carretas tiradas por bueyes era una empresa peligrosa, y los grandes baobabs servían de faros, puntos de encuentro y fuentes de sombra y, a veces, de agua.
Algunos de esos árboles se hicieron célebres. El Baobab de Chapman (Chapman's Baobab), un coloso hueco de siete troncos, fue durante mucho tiempo uno de los árboles más grandes de África y un hito de las rutas de carretas; a su sombra acamparon el explorador y misionero David Livingstone, el cazador Frederick Selous y otros viajeros victorianos, y sus troncos quedaron cubiertos de inscripciones. El árbol original colapsó en 2016 por su edad y peso, pero el sitio conserva su aura histórica. Cerca, el Baobab de Green (Green's Baobab) lleva talladas las iniciales y fechas de los hermanos Green y otros viajeros de mediados del siglo XIX, y funcionaba casi como un 'buzón' del desierto donde se dejaban mensajes.
Estos árboles, testigos silenciosos de más de mil años de historia, unen la era de los exploradores con la de los turistas de hoy. Recorrerlos es seguir las huellas de quienes cruzaron por primera vez este mar de sal, cuando cada baobab en el horizonte significaba orientación, descanso y, con suerte, supervivencia.
En la actualidad, las Salinas de Makgadikgadi combinan la protección de la naturaleza con un turismo de bajo impacto que ha hecho famosa a la región. El Parque Nacional de Makgadikgadi Pans, en el oeste junto al río Boteti, y el vecino Parque Nacional de Nxai Pan protegen parte del ecosistema y su fauna, gestionados por el Departamento de Vida Silvestre y Parques Nacionales (DWNP). En el borde de Sowa Pan, el Santuario de Aves de Nata, de gestión comunitaria, protege las colonias de flamencos y pelícanos que llegan con las lluvias.
El gran acontecimiento natural de la región es la migración de cebras: entre 15.000 y 25.000 animales se desplazan estacionalmente unos 250 km entre el Delta del Okavango, el río Boteti y las planicies de los salares, en la segunda mayor migración de cebras de África, después de la del Serengeti. Investigaciones con collares satelitales documentaron estos movimientos y elevaron el valor de conservación de la zona, mostrando cómo la fauna sigue dependiendo de un paisaje que fue moldeado por el antiguo lago.
Del lado del turismo, Makgadikgadi se ha ganado un lugar propio en los circuitos de Botswana gracias a experiencias únicas: cruzar los salares en quad, dormir sobre la sal bajo las estrellas, conocer a los suricatas habituados y visitar los baobabs históricos. Lodges emblemáticos como Jack's Camp mantienen un estilo de safari clásico y romántico. Así, este 'mar desaparecido' —cuna de la humanidad, ruta de exploradores y escenario de migraciones— sigue vivo, atrayendo a viajeros que buscan uno de los paisajes más surrealistas y silenciosos de África.