La historia de Maun está atada al agua en medio de la sequía. En un país que es en tres cuartas partes desierto del Kalahari, las orillas del río Thamalakane —uno de los brazos por donde el Delta del Okavango vierte sus excedentes hacia el sur— eran un tesoro: agua permanente, pastos verdes y peces. No sorprende que allí se fundara un pueblo. El propio nombre 'Maun' deriva de una palabra de las lenguas san, 'maung', que suele traducirse como 'el lugar de los juncos cortos', en referencia a los cañaverales de la ribera.
Los protagonistas de esa fundación fueron los batawana, una rama del gran pueblo tswana (batswana). Los tswana, agricultores y ganaderos de lengua bantú, se habían expandido durante siglos por el sur de África en distintos reinos y jefaturas. Los batawana se separaron de los bangwato —otro grupo tswana del este— en el siglo XVIII y emigraron hacia el noroeste, hacia Ngamiland, la región del lago Ngami y el Delta, huyendo de conflictos internos y buscando nuevas tierras de pastoreo.
En Ngamiland, los batawana se impusieron como jefatura dominante sobre los pueblos que ya vivían en el Delta y sus alrededores: los bayei y los hambukushu, pescadores y cultivadores de los canales; los bushmen o san, cazadores-recolectores ancestrales; y los herero, pastores que llegarían más tarde desde el oeste. De esa mezcla de pueblos —tswana ganaderos y gente del río— nació la sociedad diversa que todavía hoy caracteriza a Maun y a todo Ngamiland.
Maun como asentamiento fijo se fundó en 1915, cuando los batawana establecieron allí la sede de su jefatura, convirtiéndola en la capital tribal de Ngamiland. Para entonces, la región formaba parte del Protectorado de Bechuanalandia, el nombre colonial británico del actual Botswana, creado en 1885. A diferencia de otras colonias, Bechuanalandia fue administrada por Gran Bretaña de manera bastante indirecta y con poca inversión: los británicos gobernaban a través de los jefes tswana tradicionales, y regiones remotas como Ngamiland quedaron muy libradas a sí mismas.
Eso hizo de Maun, durante buena parte del siglo XX, un puesto de frontera aislado y polvoriento al borde del Kalahari, a cientos de kilómetros de cualquier ciudad importante y sin caminos asfaltados. Vivía de la ganadería —los batawana eran grandes criadores de vacas—, de la caza y del comercio. La lejanía y la dureza del entorno le dieron una fama casi legendaria de pueblo del 'lejano oeste' africano, con sus tabernas, sus cazadores blancos, sus contrabandistas y sus aventureros.
La fauna del Delta, entonces, era vista sobre todo como recurso de caza. Grandes cazadores profesionales operaban desde Maun, y la presión sobre los animales fue creciendo. Ese mismo problema —la caza descontrolada y el avance del ganado sobre el hábitat salvaje— sembraría, a mediados de siglo, la semilla de una idea revolucionaria: proteger una parte del Delta, que terminaría cristalizando en la vecina Reserva de Moremi en 1963.
En 1966, Bechuanalandia se independizó de Gran Bretaña y nació la República de Botswana, con Seretse Khama como primer presidente. El país era entonces uno de los más pobres del mundo: apenas unos pocos kilómetros de caminos asfaltados, casi sin industria, dependiente de la ganadería y del trabajo de sus hombres en las minas de la vecina Sudáfrica. Maun, en el remoto noroeste, seguía siendo un puesto ganadero perdido en el mapa.
Todo cambió con el descubrimiento de enormes yacimientos de diamantes poco después de la independencia. Botswana usó esa riqueza de forma inusualmente prudente y honesta para África: invirtió en escuelas, hospitales, caminos y estabilidad institucional, y se convirtió en una de las democracias más sólidas y con mejor gobernanza del continente, una de las grandes historias de éxito africanas. Esa estabilidad y esa inversión en infraestructura terminarían beneficiando también al turismo del norte.
Para Maun, el giro decisivo fue la llegada de las carreteras asfaltadas y la ampliación de su aeropuerto en las últimas décadas del siglo XX. Lo que había sido un pueblo casi inaccesible pasó a estar conectado con Gaborone, con Sudáfrica y con el resto del país. La distancia que antes lo condenaba al aislamiento se transformó, con el auge del turismo de naturaleza, en su mayor activo: Maun era la puerta más cercana a uno de los ecosistemas más deseados del planeta.
A partir de los años setenta y ochenta, y sobre todo tras la creación de la Reserva de Moremi (1963) y la valorización mundial del Delta del Okavango, Maun se reinventó como la 'capital del safari' de Botswana. La caza deportiva, que había dominado antes, fue cediendo terreno al turismo fotográfico y de observación, mucho más rentable y sostenible. Los cazadores blancos de antaño se reconvirtieron, en muchos casos, en pilotos, guías y dueños de campamentos.
Botswana adoptó una política turística distinta a la de sus vecinos: en lugar de buscar grandes masas de visitantes, apostó por un modelo de 'bajo volumen, alto valor', con pocas camas, precios altos, concesiones privadas exclusivas y un fuerte énfasis en la conservación. En 2014, el país llegó incluso a prohibir por completo la caza comercial de trofeos en sus tierras públicas (una prohibición luego flexibilizada). Maun quedó en el centro de esa industria: aquí se concentran los operadores, las avionetas, los guías y la logística de todo el turismo del Delta.
El aeropuerto de Maun se volvió uno de los más transitados de África en cuanto a movimientos de avionetas pequeñas: cada mañana, decenas de aviones despegan hacia los campamentos del Delta, en un ballet aéreo constante durante la temporada alta. Alrededor crecieron hoteles, lodges, restaurantes, tiendas de camping y empresas de alquiler de 4x4, transformando el viejo puesto ganadero en una bulliciosa ciudad de servicios turísticos.
El Maun de hoy es una ciudad de contrastes fascinantes. Por sus calles conviven las 4x4 de safari y los todoterrenos de los turistas con burros, cabras y vacas que cruzan sin apuro; los lodges elegantes sobre el río con los barrios tradicionales de casas de adobe; los pilotos y guías internacionales con las mujeres batawana que venden cestería tejida a mano. Es a la vez la capital cultural y económica de Ngamiland y una escala global en la ruta de los grandes safaris africanos.
El reconocimiento del Delta del Okavango como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 2014 —el sitio número 1000 de la lista mundial— consolidó a Maun como puerta de un tesoro planetario, atrayendo aún más viajeros, científicos y documentalistas. La ciudad enfrenta hoy los desafíos de ese crecimiento: el pulso variable del río (que algunos años trae mucha agua y otros casi nada), la presión sobre los recursos, y el equilibrio entre desarrollo turístico y conservación.
Aun así, Maun conserva su carácter inconfundible de pueblo de frontera reconvertido en capital del safari: informal, polvoriento, cálido y práctico, sin pretensiones de gran ciudad. Para el viajero es mucho más que una escala: es el lugar donde se respira el 'antes' y el 'después' de la aventura, donde se preparan las provisiones y se cuentan las historias, y donde se entiende cómo un país pobre y desértico convirtió a su rincón más remoto en una de las grandes puertas de la naturaleza en la Tierra.