Para entender Zaqatala hay que mirar el mapa: la ciudad está en el extremo noroeste de Azerbaiyán, en un rincón donde el país se junta con Georgia y con el Daguestán ruso, al pie de las montañas del Gran Cáucaso. Es, por naturaleza, una tierra de frontera y de cruce, y esa condición ha marcado toda su historia. La comarca ha sido, durante siglos, un mosaico de pueblos: azerbaiyanos, pero también ávaros y tsajures (comunidades de origen daguestaní, del Cáucaso norte) y georgianos ingiloy, cada uno con su lengua y sus tradiciones, conviviendo en los valles y las laderas boscosas.
Históricamente, esta región se conoció como Jar-Balakan (por las aldeas de Jar y Balakan), y sus comunidades montañesas gozaron de una notable autonomía. Organizadas en una especie de federación o 'sociedades libres', las poblaciones ávaras y tsajures de estas montañas eran famosas por su independencia y su carácter combativo: se autogobernaban, resistían a los poderes externos y solo reconocían de forma nominal la autoridad de los grandes imperios vecinos. Vivían de la agricultura, la ganadería de montaña y, en épocas turbulentas, también de las incursiones sobre las tierras llanas.
Esa geografía de frontera y esa población montañesa autónoma son la clave del carácter de Zaqatala. A diferencia de las capitales de los kanatos o de las ricas ciudades de la seda como Sheki, esta era una tierra de comunidades libres y aguerridas, encajada entre imperios, donde la autoridad central siempre tuvo dificultades para imponerse. Cuando en el siglo XIX llegó el poder más decidido a someterla, el Imperio Ruso, el choque fue inevitable y sangriento.
El siglo XIX trajo a Zaqatala el episodio más duro de su historia: la conquista rusa y la Guerra del Cáucaso. A comienzos de siglo, el Imperio Ruso había ido incorporando los kanatos y territorios del sur del Cáucaso, arrebatándoselos a Persia. Pero las comunidades montañesas del norte, incluidas las de la región de Jar-Balakan, se resistieron con fiereza a someterse, y su territorio se convirtió en uno de los escenarios de la larga, brutal y prolongada Guerra del Cáucaso, la campaña con la que Rusia intentó durante décadas dominar a los pueblos de las montañas.
Como parte de esa ofensiva, el ejército ruso construyó en 1830 la fortaleza de Zaqatala, una ciudadela militar destinada a controlar la región, alojar a la guarnición y sofocar las frecuentes rebeliones de las comunidades locales. La fortaleza se convirtió en el símbolo del poder imperial sobre esta tierra rebelde, y en un punto clave del dispositivo militar ruso en el noroeste. Las poblaciones ávaras y tsajures de la comarca protagonizaron levantamientos y resistencias que fueron reprimidos con dureza.
La fortaleza tuvo también un uso como prisión, y en ella quedaron recluidos participantes de rebeliones y soldados amotinados del propio ejército ruso. Uno de los episodios recordados es el encierro de soldados vinculados a motines militares, en tiempos en que el ejército imperial usaba estos remotos puestos del Cáucaso como destino de castigo. La fortaleza de Zaqatala, que aún se conserva, es así un testimonio de piedra de aquella época de guerra, conquista y represión, muy distinta de la imagen amable que suele darse del país, y una parte esencial de la memoria de la ciudad.
Una vez sometida la región, Zaqatala quedó integrada en el Imperio Ruso como un centro administrativo y militar del noroeste del Cáucaso, cabecera de un distrito (okrug) que abarcaba esta comarca de frontera. A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, la ciudad se fue desarrollando como un tranquilo centro regional, aprovechando la enorme riqueza agrícola de su entorno: los fértiles valles y laderas del Gran Cáucaso, con su clima húmedo y sus bosques, se prestaban al cultivo de avellanas, tabaco, frutas y otros productos que se convirtieron en la base de la economía local.
Tras la caída del Imperio Ruso, la Revolución y el breve paréntesis de la República Democrática de Azerbaiyán (1918-1920), la región quedó incorporada, como todo el país, a la Unión Soviética. En la época soviética, Zaqatala consolidó su perfil agrícola: la comarca se especializó aún más en la producción de avellanas (llegando a ser una de las grandes zonas productoras) y de tabaco, con koljós y sovjós que organizaban el campo. Los bosques de la zona fueron en parte protegidos con la creación de la reserva natural de Zaqatala, una de las áreas protegidas del país, para preservar su rica fauna y flora de montaña.
La mezcla de pueblos que caracteriza la comarca se mantuvo a lo largo de todo este período, y sigue siendo hoy uno de sus rasgos distintivos. Zaqatala continuó siendo una ciudad tranquila, verde y algo apartada, lejos del bullicio de Bakú y de los grandes acontecimientos, viviendo de sus avellanas, sus bosques y su agricultura, con la vieja fortaleza rusa y los plátanos centenarios de su plaza como testigos silenciosos del paso del tiempo.
Con la independencia de Azerbaiyán en 1991, Zaqatala siguió su camino como cabecera de una comarca agrícola y forestal del noroeste, manteniendo su carácter tranquilo y su economía ligada a la tierra. Las avellanas de Zaqatala son hoy un producto de exportación reconocido, y la región sigue siendo una de las mayores productoras del mundo, con los avellanares cubriendo buena parte del paisaje. La agricultura, los bosques y la ganadería de montaña continúan siendo el sustento de la zona.
En las últimas décadas, con el desarrollo del turismo interior en Azerbaiyán, Zaqatala ha empezado a recibir también a viajeros, aunque de forma mucho más discreta que Sheki o Gabala. Los que llegan hasta aquí buscan justamente lo que la ciudad ofrece: autenticidad, tranquilidad, naturaleza y el ambiente singular de una tierra de frontera y de mezcla de pueblos. La cercanía con Georgia (el paso fronterizo está muy cerca) hace de Zaqatala una parada natural para quienes viajan entre los dos países por el noroeste.
Hoy la ciudad conserva todo lo que la hace especial: la fortaleza que recuerda los tiempos duros de la conquista, los plátanos centenarios de la plaza, el mercado rebosante de avellanas y frutas, el casco antiguo de piedra, los pueblos de montaña con su historia de autonomía y los bosques del Gran Cáucaso que se tiñen de colores en otoño. Zaqatala es, en definitiva, el rostro más remoto, verde y multiétnico de Azerbaiyán, un rincón para quien quiera descubrir el Cáucaso más genuino, lejos del brillo del petróleo y del Caspio.