Cuesta imaginarlo hoy, paseando por sus calles tranquilas entre viñedos, pero Shamakhi fue durante casi mil años una de las ciudades más importantes del Cáucaso: la capital del reino de Shirván, un estado que dominó el este de la región desde la Alta Edad Media y cuyo nombre sonaba en las cortes de Bagdad, Tabriz y hasta Venecia. Mercaderes, poetas, embajadores y peregrinos pasaban por ella, atraídos por su riqueza y su posición en la Ruta de la Seda.
El secreto de Shamakhi estaba en su ubicación: en las faldas del Gran Cáucaso, en el cruce de los caminos que unían el mundo persa y mediterráneo con Asia Central y las estepas del norte. Esa posición la hizo rica en seda, tejidos y comercio, pero también la convirtió en un premio codiciado y en un blanco constante de invasiones. A eso se sumó una maldición geológica: Shamakhi se levanta en una de las zonas sísmicas más activas del país, y los terremotos la destruyeron una y otra vez a lo largo de los siglos.
La historia de Shamakhi es, por eso, una historia de esplendor y de resiliencia: una ciudad que fue grande, que fue arrasada decenas de veces por temblores y ejércitos, y que siempre volvió a levantarse. Sus monumentos supervivientes (la vieja mezquita, los mausoleos) son los testigos de esa larga memoria del viejo Shirván.
La zona de Shamakhi estuvo habitada desde tiempos muy antiguos, y ya en la Antigüedad formó parte de la Albania caucásica, el reino cristiano del Cáucaso oriental (sin relación con la Albania balcánica). Pero el momento fundacional de la Shamakhi histórica llegó con la conquista árabe y la expansión del islam en el siglo VIII. Fue entonces, en el año 743-744, cuando se levantó la mezquita Juma de Shamakhi, una de las más antiguas de todo el Cáucaso, solo posterior a la del vecino Derbent.
Aquella mezquita, con su singular planta de tres salas de oración, es el testimonio material más antiguo de la ciudad y un símbolo de la implantación temprana del islam en la región. A lo largo de los siglos sería destruida y reconstruida muchas veces (por terremotos, incendios y guerras), pero siempre en el mismo lugar sagrado, de modo que la mezquita actual, fruto de una gran restauración reciente, hunde sus raíces en aquel edificio del siglo VIII.
Bajo el dominio de los califatos y las dinastías musulmanas que siguieron, Shamakhi creció como centro urbano, comercial y religioso. Poco a poco se fue perfilando como la capital de una entidad política propia, el Shirván, gobernada por una dinastía local que pasaría a la historia con el título de shirvanshás, 'los reyes de Shirván'.
Durante la Edad Media, Shamakhi fue la capital del reino de Shirván, gobernado por la dinastía de los shirvanshás, una de las más duraderas del mundo islámico: con altibajos, sus soberanos rigieron la región durante siglos. Bajo su mandato, Shirván fue un estado próspero y culto, que supo mantener cierta autonomía frente a los grandes imperios vecinos gracias a la diplomacia, los pactos y, cuando hacía falta, las armas.
Shamakhi vivió entonces su apogeo. Era una ciudad rica en seda (la región era famosa por sus tejidos), con bazares, caravasares, mezquitas y un ambiente cosmopolita alimentado por el comercio de la Ruta de la Seda. La corte de los shirvanshás atraía a poetas y sabios; el más célebre poeta ligado a la ciudad fue Khaqani, gran figura de la lírica persa del siglo XII. La cultura, el comercio y el poder político se daban la mano en la capital de Shirván.
Con el tiempo, sin embargo, la propia Shamakhi mostró su fragilidad ante los terremotos, y en distintos momentos los shirvanshás trasladaron su residencia a Bakú, más segura, donde levantaron el célebre Palacio de los Shirvanshás que hoy es Patrimonio de la Humanidad. Aun así, Shamakhi siguió siendo el corazón económico y simbólico del reino, la ciudad que daba nombre y sentido a todo Shirván.
A partir del siglo XVI, el reino de Shirván perdió su independencia y quedó atrapado en la larga pugna entre los dos grandes imperios de la región: la Persia safávida (chií) y el Imperio otomano (suní). Shamakhi cambió de manos varias veces, y con cada conquista sufría saqueos y matanzas. La ciudad, que en su mejor momento había sido una de las más pobladas del Cáucaso, entró en una etapa de inestabilidad y decadencia.
Uno de los golpes más duros llegó en 1721, cuando la ciudad fue asaltada y saqueada en medio de las convulsiones que sacudían a Persia; aquel episodio, en el que sufrieron los mercaderes extranjeros presentes en la ciudad, tuvo incluso repercusiones diplomáticas internacionales. En el siglo XVIII, con el desmoronamiento del poder central persa, surgió el kanato de Shamakhi, un pequeño estado local gobernado por sus propios kanes, cuyos mausoleos (los Yeddi Gumbez, 'los siete domos') todavía coronan una colina a las afueras.
A comienzos del siglo XIX, el Imperio ruso se anexionó el este del Cáucaso tras sus guerras con Persia, y Shamakhi pasó a formar parte del dominio de los zares por los tratados de Gulistán (1813) y Turkmanchái (1828). Bajo administración rusa, la ciudad fue por un tiempo capital de provincia, pero su historia seguía marcada por la amenaza constante de la tierra que temblaba bajo sus pies.
Ninguna historia de Shamakhi está completa sin sus terremotos. La ciudad se asienta sobre una de las zonas sísmicas más activas de Azerbaiyán, y a lo largo de los siglos fue destruida por seísmos devastadores en numerosas ocasiones. Cada vez, buena parte de la ciudad quedaba en ruinas, con miles de muertos, y cada vez los supervivientes la reconstruían sobre los escombros.
En el siglo XIX, dos grandes terremotos marcaron su destino. El de 1859 fue tan destructivo que las autoridades rusas decidieron trasladar la capital de la provincia a Bakú, un golpe del que Shamakhi ya no se recuperaría como centro político. Y el de 1902 volvió a arrasar la ciudad, derribando de nuevo la mezquita Juma y muchos de sus edificios. Por eso hoy apenas quedan construcciones muy antiguas en pie: casi todo lo que se ve es reconstrucción sobre reconstrucción.
Esa relación con los terremotos explica el aspecto actual de Shamakhi (una ciudad de aire relativamente moderno pese a su antigüedad milenaria) y también su carácter. Los mausoleos derruidos del Yeddi Gumbez, con solo algunas de sus cúpulas en pie, son la imagen más elocuente de esa lucha entre la obra de los hombres y la fuerza de la tierra. Shamakhi es, literalmente, una ciudad reconstruida sobre su propia memoria.
En época soviética, Shamakhi fue una tranquila ciudad de provincias, con su agricultura, sus viñedos y, desde los años sesenta, el gran Observatorio Astrofísico levantado en las montañas cercanas de Pirgulu, que aprovecha los cielos limpios de la zona. Con la independencia de Azerbaiyán en 1991, la ciudad conservó ese perfil sereno, lejos del vértigo petrolero de Bakú, apoyada en la agricultura y, cada vez más, en el turismo.
Hoy, Shamakhi se ha reinventado como destino de historia, vino y naturaleza. La monumental restauración de la mezquita Juma devolvió a la ciudad su joya más antigua; el mausoleo Yeddi Gumbez y el cercano y espectacular Diri Baba atraen a los visitantes; y la tradición vinícola, la más importante del país, revive con bodegas modernas que ofrecen visitas y catas entre los viñedos de montaña. La altitud, además, la convierte en un refugio fresco frente al calor de la costa.
Para el viajero, Shamakhi es una de las mejores excursiones desde Bakú: en un día se toca la historia milenaria del viejo Shirván, se cata el vino de sus colinas y se respira el aire de las estribaciones del Cáucaso. Detrás de su calma provinciana late la memoria de una capital que fue grande, que la tierra derribó decenas de veces y que, tozuda, siempre volvió a levantarse. Pocas ciudades cuentan tan bien la historia larga y accidentada de Azerbaiyán.