Hay balnearios de aguas termales, de barros, de sal. Naftalan es el único balneario del mundo cuyo tratamiento estrella es bañarse en petróleo crudo. En esta pequeña ciudad del centro-oeste de Azerbaiyán, entre Ganja y Barda, miles de personas se sumergen cada año en bañeras de un crudo denso y oscuro, calentado a temperatura corporal, buscando alivio para la piel, las articulaciones y otras dolencias. La escena es tan insólita que parece de otro planeta, pero tiene detrás una historia de siglos.
El secreto está en la propia materia: el petróleo de Naftalan no es un crudo cualquiera. Es un tipo raro, pobre en las fracciones ligeras que sirven de combustible y rico en unos compuestos llamados naftenos, a los que se atribuyen propiedades medicinales. Esa particularidad hizo que, en vez de refinarse para hacer gasolina, este petróleo se usara como remedio, primero por la medicina popular y luego por la medicina oficial, sobre todo en la época soviética.
La historia de Naftalan es, por eso, la historia de una relación única entre una comunidad y una sustancia. En Azerbaiyán, 'la tierra del fuego' y del petróleo, el crudo lo es todo: mueve la economía, moldeó las ciudades, marcó el destino del país. Pero en Naftalan el petróleo hace algo distinto: en lugar de arder o de mover motores, sana. Esa es su singularidad y su encanto.
El uso curativo del petróleo de Naftalan viene de muy antiguo. Los habitantes de la región conocían desde hacía siglos este crudo espeso que brotaba de la tierra y lo aplicaban sobre heridas, quemaduras, enfermedades de la piel y dolores, tanto en personas como en animales. Las caravanas que cruzaban la zona por las rutas comerciales entre Oriente y Occidente se abastecían de él como remedio para el camino.
Hay una tradición muy repetida que atribuye al viajero veneciano Marco Polo, que pasó por el Cáucaso en el siglo XIII, la mención de un aceite de estas tierras que no servía para comer pero sí para curar dolencias de la piel y para untar a los camellos. Sea exacta o legendaria, esa referencia muestra que la fama del petróleo curativo de la región era ya conocida en la Edad Media, mucho antes de que existiera una industria.
Durante siglos, entonces, el naftalán fue un remedio popular, un aceite curativo que se recogía de forma artesanal y se aplicaba según el saber tradicional. La ciudad de Naftalan como tal no existía todavía: había pozos y afloramientos de este crudo especial, y una fama que corría de boca en boca por las rutas comerciales del Cáucaso. El salto a la medicina moderna llegaría a fines del siglo XIX.
El paso del remedio popular a la producción moderna se dio a fines del siglo XIX, en pleno auge del petróleo en Azerbaiyán. Mientras Bakú se convertía en la capital mundial del crudo, en la zona de Naftalan un empresario alemán, atraído por las propiedades del petróleo local, montó una producción para explotarlo no como combustible sino como producto medicinal. De allí salieron los primeros ungüentos y pomadas de naftalán, que se exportaron a Europa y se vendieron en farmacias.
El naftalán se ganó así un lugar en la medicina de la época: cremas y pomadas a base de este crudo refinado se usaban para tratar afecciones de la piel, dolores reumáticos y otras dolencias, y llegaron a distribuirse en varios países. La sustancia pasó de la medicina popular del Cáucaso a la farmacia moderna, con su nombre convertido casi en marca. Ese reconocimiento sentó las bases de lo que vendría después.
El gran desarrollo, sin embargo, llegaría con la Unión Soviética. El sistema sanitario soviético apostaba fuerte por los balnearios y los sanatorios ('kurorts') como parte del cuidado de la salud de los trabajadores, y vio en Naftalan un recurso único. A mediados del siglo XX, el pequeño enclave de pozos curativos empezó a transformarse en algo mucho más grande: una ciudad-balneario planificada, dedicada por entero al petróleo que cura.
En la segunda mitad del siglo XX, Naftalan vivió su época dorada. La Unión Soviética construyó allí grandes sanatorios y convirtió la ciudad en un destino de salud de primer orden, al que acudían pacientes de todas las repúblicas soviéticas, desde el Báltico hasta Asia Central. Llegaban por miles cada año, derivados por los médicos o enviados por sus empresas y sindicatos, para hacer curas de varias semanas a base de baños de petróleo y fisioterapia.
La fama de Naftalan se disparó, sobre todo por sus resultados en dolencias articulares y de la piel. Muchos pacientes que llegaban con muletas, bastones o sillas de ruedas por problemas reumáticos aseguraban marcharse caminando tras la cura, y dejaban su ayuda para andar como muestra de gratitud. Con esas muletas y bastones donados se formó el conmovedor 'Museo de las Muletas' de la ciudad, uno de sus lugares más singulares y el mejor símbolo de aquella época.
Naftalan era entonces una ciudad próspera y bulliciosa, con sanatorios enormes, jardines, salas de tratamiento y un flujo constante de visitantes. El petróleo que cura era su razón de ser y su motor económico. Como tantos 'kurorts' soviéticos, tenía ese aire entre médico y vacacional, con pacientes que combinaban los tratamientos con el descanso, los paseos por el parque y la vida social del balneario. Nada hacía prever la crisis que se avecinaba.
El desplome de la Unión Soviética a comienzos de los años noventa golpeó duramente a Naftalan. De un día para otro se cortó el flujo de pacientes que llegaban de toda la URSS, y el sistema que sostenía los grandes sanatorios se vino abajo. A esa crisis se sumó, en el caso de Azerbaiyán, la guerra de Nagorno Karabaj contra Armenia, que provocó cientos de miles de desplazados internos. Muchos de esos refugiados fueron alojados en los sanatorios vacíos de Naftalan, que durante años dejaron de funcionar como balnearios para convertirse en refugios.
Fue una etapa difícil y larga. Las instalaciones se deterioraron, la ciudad perdió población y actividad, y el petróleo que cura pareció por un tiempo un recuerdo del pasado. Solo con la estabilización del país y la resolución progresiva de la situación de los desplazados, ya entrado el siglo XXI, Naftalan pudo empezar a recuperar su vocación original de ciudad de salud.
El renacimiento llegó con inversiones y nuevos complejos. El más emblemático es el Chinar Hotel & Spa, un hotel-balneario moderno de cinco estrellas que devolvió a Naftalan un lugar en el mapa del turismo de salud, ahora dirigido no solo a pacientes de la antigua URSS, sino también a visitantes de los países árabes y del resto del mundo. Junto a los complejos modernos siguen funcionando sanatorios de aire soviético, más austeros y baratos, de modo que la ciudad ofrece hoy las dos caras del balneario.
Hoy, Naftalan vive de nuevo de su petróleo curativo, en una mezcla interesante de tradición y modernidad. Por un lado, sigue siendo un centro de salud serio: los sanatorios y hoteles-spa ofrecen curas médicas con baños de naftalán y fisioterapia, bajo supervisión de médicos, para tratar la psoriasis, los eczemas, las dolencias articulares y reumáticas y otros males, siguiendo el modelo de los balnearios del este. Muchos pacientes vuelven año tras año.
Por otro lado, en las últimas décadas Naftalan se ha convertido también en una curiosidad turística de primer nivel. La idea de bañarse en petróleo atrae a viajeros de todo el mundo que quieren vivir una experiencia única e irrepetible, aunque estén sanos. La ciudad supo aprovechar ese interés, promocionando su rareza como uno de los grandes atractivos insólitos de Azerbaiyán, junto al fuego eterno de Yanar Dag o los volcanes de lodo de Gobustan.
Para el viajero, Naftalan es una parada fascinante: un lugar donde el recurso que hizo rico y famoso a todo Azerbaiyán, el petróleo, se usa para sanar en vez de para arder. Sumergirse en el crudo tibio, visitar el Museo de las Muletas y entender esta historia de siglos es asomarse a una faceta inesperada del país. En 'la tierra del fuego', Naftalan demuestra que el petróleo también puede curar, y esa singularidad no tiene igual en ningún otro rincón del mundo.