Hay ciudades que se recuerdan por sus murallas o sus batallas. Ganja se recuerda, sobre todo, por un poeta. En el siglo XII, en esta ciudad del oeste de Azerbaiyán, vivió y murió Nizami Ganjavi, uno de los mayores poetas de toda la literatura persa, autor de versos que ocho siglos después se siguen recitando de memoria desde los Balcanes hasta la India. Que una ciudad de provincias sea célebre por dar al mundo a semejante figura dice mucho de su historia: Ganja fue, durante mucho tiempo, un centro de cultura, comercio y saber.
Segunda ciudad de Azerbaiyán, al pie del Pequeño Cáucaso, Ganja tiene más de mil quinientos años de vida. Estuvo en el cruce de las rutas que unían Oriente y Occidente, fue rica y codiciada, y como tantas ciudades de la región fue destruida y reconstruida una y otra vez por terremotos y conquistadores. Persas, árabes, selyúcidas, mongoles, otomanos y rusos dejaron su huella en ella, y cada uno la rebautizó o la transformó a su manera.
Esta es la historia de una ciudad que sobrevivió a todo (a los terremotos, a las invasiones, a los cambios de nombre y de imperio) y que conservó una identidad propia y un orgullo cultural que hoy se respira en sus calles tranquilas y arboladas. La historia de Ganja es, en buena medida, la historia de Azerbaiyán.
Ganja se fundó hacia los siglos V-VI de nuestra era, en la región histórica de Arrán, la llanura fértil entre los ríos Kurá y Aras. Su ubicación era privilegiada: en el camino que unía el mundo mediterráneo y persa con Asia Central y el Cáucaso, en pleno entramado de la Ruta de la Seda. Eso la hizo crecer como centro comercial y artesanal, famosa por su seda, sus tejidos y su metalistería.
Bajo el dominio de los califatos árabes y luego de dinastías locales musulmanas, Ganja vivió siglos de prosperidad. Se convirtió en una de las ciudades más importantes del Cáucaso, con mezquitas, madrasas, bazares y murallas. Fue en ese ambiente culto y cosmopolita donde, en el siglo XII, floreció la poesía de Nizami: su obra, escrita en persa (la lengua culta de la época), bebe de la riqueza de esa Ganja mercantil y sabia.
El esplendor tuvo un golpe brutal en 1139, cuando un violento terremoto destruyó la ciudad y mató a decenas de miles de personas. Ese mismo sismo, al derrumbar parte de una montaña cercana y represar un río, creó el bellísimo lago Goygol, hoy uno de los orgullos naturales de la región. Ganja se reconstruyó, como haría tantas veces, y siguió siendo un centro de referencia bajo los selyúcidas y las dinastías que se sucedieron.
Como casi todas las ciudades de la región, Ganja sufrió la tormenta mongola del siglo XIII. Las hordas de Gengis Kan y sus sucesores arrasaron el Cáucaso, y Ganja, que se resistió, fue destruida y saqueada. De nuevo se levantó de sus ruinas. En los siglos siguientes quedó disputada entre los grandes imperios que se repartían la zona: los turcomanos, los persas safávidas y los otomanos.
El período safávida dejó en Ganja uno de sus monumentos más queridos: la mezquita Juma, también llamada mezquita del Sha Abbas, mandada construir en 1606 por el sha Abbas I el Grande. Es una elegante mezquita de ladrillo rojo con dos minaretes, que todavía preside la plaza central de la ciudad y sigue en uso. Junto a ella se levantaron caravasares y baños, testimonio de la Ganja comercial de la época.
En el siglo XVIII, con el debilitamiento del poder persa, surgieron en la región kanatos semiindependientes. Ganja se convirtió en la capital del kanato de Ganja, gobernado por su propia dinastía. Fue un período de relativa autonomía, en el que la ciudad y su comarca eran una pieza más en el tablero de pequeños estados que se disputaban el este del Cáucaso, siempre bajo la sombra de las grandes potencias vecinas.
A comienzos del siglo XIX, el Imperio ruso se lanzó a la conquista del Cáucaso, en su avance hacia el sur a costa de Persia y de los kanatos locales. En 1804, las tropas rusas del general Tsitsianov sitiaron Ganja. Al frente de la ciudad estaba Javad Khan, el último kan de Ganja, que rechazó rendirse y decidió defender la plaza. En el asalto, Javad Khan murió combatiendo junto a sus hijos, y la ciudad cayó en manos rusas.
Ese episodio convirtió a Javad Khan en un héroe de la memoria azerbaiyana, símbolo de la resistencia frente a la conquista. Hoy, la calle peatonal más importante del centro lleva su nombre. La toma de Ganja fue uno de los pasos de la anexión rusa del actual Azerbaiyán, que se consolidó con los tratados de Gulistán (1813) y Turkmanchái (1828), por los que Persia cedió estos territorios al Imperio ruso.
Bajo dominio ruso, Ganja fue rebautizada Elizavetpol, en honor a la emperatriz Isabel, y se transformó: se trazaron calles amplias, se levantaron edificios de estilo europeo (muchos de los cuales aún se ven en la calle Javad Khan) y llegó el ferrocarril. La ciudad se modernizó, pero conservó su identidad y su población azerbaiyana, que mantuvo viva su lengua y sus tradiciones bajo el nuevo régimen imperial.
El derrumbe del Imperio ruso en 1917 abrió un breve período de esperanza. En 1918 nació la República Democrática de Azerbaiyán, la primera república parlamentaria y laica del mundo musulmán, que reconoció el voto de las mujeres antes que muchos países europeos. Bakú estaba entonces bajo ocupación, y Ganja funcionó como capital provisional de la joven república en sus primeros meses, un papel del que la ciudad se enorgullece.
La independencia duró poco: en 1920, el Ejército Rojo entró en Azerbaiyán y el país fue incorporado a la Unión Soviética. En 1920, Ganja fue escenario de una sangrienta rebelión contra el poder bolchevique, duramente reprimida. Bajo el régimen soviético, la ciudad fue rebautizada de nuevo, esta vez como Kirovabad, en honor al dirigente bolchevique Serguéi Kírov, y se industrializó, con fábricas, universidades y crecimiento urbano.
Durante décadas, Ganja fue una ciudad soviética más, con su vida obrera, sus instituciones y su mezcla de poblaciones. La extravagante Casa de las Botellas, levantada en los años sesenta por un vecino en memoria de su hermano desaparecido en la Segunda Guerra Mundial, es un pequeño monumento a la vida cotidiana y a las heridas de aquella época. Con la perestroika y el resurgir nacional de finales de los ochenta, la ciudad recuperó por fin su nombre histórico: Ganja.
Con la independencia de Azerbaiyán en 1991, Ganja recuperó su nombre y su lugar como segunda ciudad del país. Lejos del brillo petrolero y la escala de Bakú, Ganja conservó su carácter de ciudad tranquila, arbolada y provinciana, con un patrimonio histórico notable y un orgullo cultural intacto: la cuna de Nizami, la ciudad de Javad Khan, la capital efímera de la primera república.
En las últimas décadas, la ciudad se ha ido renovando y abriendo al turismo, con la restauración de monumentos, la peatonalización de la calle Javad Khan y la promoción de sus atractivos, desde la mezquita Juma y el complejo azulejado de Imamzadeh hasta el lago Goygol en las montañas cercanas. En 2016 fue Capital Europea de la Juventud, señal de esa apuesta por proyectarse hacia afuera.
Hoy, Ganja ofrece al viajero un Azerbaiyán distinto del de la capital: más lento, más auténtico, más barato y profundamente hospitalario. Pasear por sus calles al atardecer, tomar un té en una çayxana, contemplar la torre del mausoleo de Nizami o escaparse al turquesa del lago Goygol es asomarse a la historia larga y rica de un país que aquí, en su segunda ciudad, muestra su alma más serena. Ganja es, quizás, la primera ciudad de Azerbaiyán en historia y en poesía.