Detrás del destino de teleférico y esquí que es hoy Gabala se esconde una de las historias más antiguas de todo Azerbaiyán. A pocos kilómetros de la ciudad moderna, cerca de la aldea de Chukhur Gabala, están las ruinas de la antigua Gabala (o Kabala en las fuentes clásicas), que fue durante unos seis siglos, desde el siglo IV a.C. aproximadamente hasta bien entrada la era cristiana, la capital de la Albania caucásica, el reino que dominó el este del Cáucaso, entre las montañas y el mar Caspio.
La Albania caucásica no tiene nada que ver con la Albania de los Balcanes: era un Estado propio, con su población, su lengua y, desde los siglos IV-V, su cristianismo, una de las Iglesias más antiguas del mundo. Gabala fue su corazón político y económico, un centro urbano importante situado en las rutas que conectaban el Cáucaso con Persia y con el mundo mediterráneo. Su relevancia era tal que el naturalista romano Plinio el Viejo la mencionó ya en el siglo I de nuestra era, con el nombre de Cabalaca, prueba de que era conocida en los confines del propio Imperio Romano.
Durante siglos, la ciudad prosperó como capital y como plaza comercial, acuñó moneda propia y fue un cruce de culturas entre el mundo persa, el caucásico y el clásico. Las excavaciones arqueológicas modernas han sacado a la luz murallas, torres, cimientos, monedas y objetos que confirman su antigüedad y su importancia, y que hoy se exhiben en el museo de la ciudad. Gabala es, así, uno de los eslabones más antiguos de la historia de Azerbaiyán, anterior en mucho a los kanatos, al islam y, por supuesto, al petróleo.
El destino de la antigua Gabala cambió con las grandes transformaciones de los primeros siglos de nuestra era. La Albania caucásica quedó atrapada entre las presiones de los grandes imperios: el persa sasánida, que la controló durante largos períodos, y luego, a partir del siglo VII, la expansión árabe y el islam, que barrieron toda la región. Con las conquistas árabes, la Albania caucásica fue desapareciendo como entidad política independiente, su población se fue islamizando poco a poco y su identidad cristiana se diluyó, integrándose en el nuevo mundo islámico del Cáucaso.
Gabala siguió siendo un centro urbano de cierta importancia durante buena parte de la Edad Media, ya bajo dominio musulmán, pero fue perdiendo protagonismo. Las invasiones que asolaron la región en los siglos siguientes —las de los pueblos túrquicos, y sobre todo las devastadoras campañas mongolas del siglo XIII y las de Tamerlán a fines del XIV— golpearon duramente a las ciudades del Cáucaso, y Gabala no fue una excepción. La vieja capital de la Albania caucásica fue quedando reducida y, con el tiempo, en buena parte abandonada.
Durante los siglos siguientes, la zona quedó integrada en los distintos poderes que se disputaron el Cáucaso oriental: el mundo persa, los kanatos locales del siglo XVIII y, finalmente, el Imperio Ruso en el siglo XIX. La antigua Gabala se convirtió en un yacimiento, un lugar de ruinas y memoria, mientras la vida se concentraba en aldeas y en el asentamiento que daría lugar a la ciudad moderna. La gran capital antigua había pasado a la historia, pero sus murallas de barro seguían allí, esperando a los arqueólogos.
Durante mucho tiempo, la antigua Gabala fue poco más que un nombre en los textos clásicos y un montón de ruinas de barro entre los campos. Fue la arqueología moderna la que devolvió a la vieja capital su lugar en la historia. Las excavaciones sistemáticas, sobre todo a lo largo del siglo XX y en las últimas décadas, con la participación de arqueólogos azerbaiyanos y equipos internacionales, sacaron a la luz las murallas y torres de la ciudadela, los cimientos de edificios, restos de talleres, tumbas y una enorme cantidad de objetos de la vida cotidiana.
Entre los hallazgos más valiosos están las monedas. En Gabala se han encontrado tesoros de monedas antiguas, algunas acuñadas en la propia ciudad y otras llegadas del mundo clásico y persa, que demuestran que fue un centro comercial conectado con rutas de largo alcance, por donde circulaban mercancías, ideas y dinero entre el Cáucaso, Persia y el Mediterráneo. La cerámica, las joyas, las herramientas y las armas completan el retrato de una urbe activa y próspera durante siglos. Muchos de estos objetos se exhiben hoy en el museo arqueológico e histórico de la ciudad, que permite al visitante poner cara a esa Gabala antigua.
Ese trabajo arqueológico es lo que hace que la visita a las ruinas y al museo tenga sentido y emoción: no se trata solo de ver unos muros de barro, sino de entender que allí latió durante seiscientos años la capital de un reino cristiano del que casi nadie ha oído hablar. Gabala se ha convertido así en uno de los grandes yacimientos de referencia para conocer la Albania caucásica, y en un motivo de orgullo para Azerbaiyán, que reivindica en estas piedras la enorme profundidad histórica de su territorio.
La Gabala de hoy es, en buena medida, una creación reciente. La ciudad moderna se fue consolidando en los siglos XIX y XX como centro de una comarca agrícola de montaña, conocida por sus bosques, sus avellanas, sus frutas y su clima fresco, muy distinto del calor desértico del Caspio. Durante la época soviética fue un tranquilo centro regional, sin el brillo turístico actual, aunque su entorno natural ya atraía a quienes buscaban el aire de la montaña. Durante la Guerra Fría, además, la zona albergó una gran estación de radar soviética (la estación de Gabala), un dato curioso de su historia contemporánea.
El gran cambio llegó en las últimas décadas, ya con Azerbaiyán independiente. Aprovechando los ingresos del petróleo y una política decidida de desarrollo del turismo interior, el Estado y la inversión privada transformaron Gabala en uno de los principales destinos de montaña y de veraneo del país. Se construyó el moderno teleférico y la estación de esquí de Tufandag, se acondicionaron el lago Nohur y las rutas de cascadas, y surgieron resorts de lujo, parques de diversiones como Gabaland, complejos deportivos y hoteles. La ciudad se convirtió en un polo de vacaciones para los baquíes y para visitantes de la región, especialmente del Golfo.
Hoy Gabala combina esas dos caras que la hacen tan singular: la del destino natural y familiar de montaña, con teleférico, esquí, lago y bosques, y la del lugar histórico milenario, con las ruinas de la que fue capital de la Albania caucásica durante seis siglos y un museo que lo cuenta. Pocos lugares reúnen tan cerca un parque acuático y unas murallas de dos mil años. Esa mezcla, junto a su cercanía a Sheki y al resto del noroeste, hace de Gabala una parada muy completa para descubrir el Azerbaiyán del Gran Cáucaso, verde, fresco y cargado de historia.