Para entender Bakú hay que empezar por el fuego, porque de ahí viene todo, incluso el nombre del país. Azerbaiyán suele traducirse como 'la tierra del fuego', y no es una metáfora turística: en la península de Absheron, donde se asienta Bakú, el suelo está tan cargado de petróleo y gas natural que durante milenios estos brotaron solos a la superficie y ardieron sin apagarse, alimentados por el gas que se filtra por las grietas. Había laderas que ardían solas, manantiales de agua que se prendían fuego y llamas que salían de la tierra sin causa visible. Para el mundo antiguo, eso solo podía ser sagrado.
En esa tierra prendió el zoroastrismo, la religión del profeta Zaratustra que fue la fe dominante del Imperio Persa antes del islam y que venera el fuego como símbolo de la pureza y de la divinidad de Ahura Mazda. Los fuegos eternos de Absheron convirtieron la zona en un lugar de culto y peregrinación para zoroastrianos, y más tarde también para hindúes y sijs que llegaban desde la India por las rutas comerciales. El templo del fuego de Ateshgah, en las afueras de Bakú, es el testimonio más famoso de esa devoción al fuego, mantenida durante siglos.
El propio nombre de Bakú se ha explicado de varias formas: unos lo derivan del persa 'bad kube' ('golpeada por el viento', por los vientos feroces del Caspio, que le valieron el apodo de 'ciudad de los vientos'), y otros de expresiones ligadas al fuego y a la divinidad. Fuego y viento, los dos elementos que dominan esta península seca y desértica, están en el origen mismo de la ciudad.
La Bakú histórica nació dentro de sus murallas, en el casco que hoy llamamos Icherisheher, la 'Ciudad de Adentro'. Aunque hay indicios de asentamiento muy antiguos, la ciudad medieval creció sobre todo a partir de los siglos IX-XII, cuando la región formaba parte del reino de Shirván, gobernado por la dinastía de los Shirvanshah, una de las más longevas del mundo islámico: con distintas ramas, reinaron sobre estas tierras del Cáucaso oriental durante siglos. La enigmática Torre de la Doncella, cuyos orígenes se pierden entre lo defensivo y lo sagrado, y buena parte de las murallas datan de esa época.
Bakú era entonces un puerto del mar Caspio y una escala de la Ruta de la Seda, por donde pasaban caravanas y mercaderes; de ahí los caravasares que todavía se conservan en la Ciudad Vieja. En el siglo XV, el sha Jaliluláh I trasladó a Bakú la capital del reino de Shirván y mandó construir el Palacio de los Shirvanshah, ese conjunto de piedra caliza dorada, con su mezquita, su mausoleo y su divankhana, que es la joya de la arquitectura medieval de Azerbaiyán y hoy Patrimonio de la Humanidad junto con la Torre y las murallas.
El reino de Shirván acabó cayendo, como toda la región, bajo la órbita del Imperio Persa safávida en el siglo XVI, y durante los siglos siguientes Bakú fue una plaza disputada entre persas, otomanos y, más tarde, el creciente Imperio Ruso. Durante el siglo XVIII fue incluso capital de un pequeño kanato de Bakú, uno de los muchos kanatos en que se fragmentó el territorio azerbaiyano tras el debilitamiento persa. Era todavía una ciudad amurallada modesta, de calles estrechas y polvo, sin la menor pista de la fortuna colosal que se escondía bajo su suelo.
En 1806 el Imperio Ruso ocupó Bakú, y en 1813 y 1828, por los tratados de Gulistán y Turkmanchái, Persia cedió a Rusia todo el actual Azerbaiyán. Bakú pasó a ser una ciudad provincial del imperio de los zares. Pero bajo su suelo estaba el tesoro que iba a cambiarlo todo, y a mediados del siglo XIX el mundo empezó a necesitarlo: el petróleo.
En 1846, cerca de Bakú, se perforó uno de los primeros pozos de petróleo del mundo con métodos mecánicos, más de una década antes del famoso pozo de Pennsylvania que suele citarse como el inicio de la industria. Cuando en las décadas siguientes explotó la demanda de queroseno y luego de combustible, Absheron resultó ser uno de los mayores yacimientos del planeta, y Bakú vivió una fiebre del petróleo comparable a una fiebre del oro. Hacia 1900, la región de Bakú llegó a producir cerca de la mitad de todo el petróleo del mundo. La ciudad se llenó de torres de perforación, refinerías y de un barrio industrial llamado 'la Ciudad Negra' por el hollín.
Esa riqueza atrajo a inversores de todo el mundo y creó una nueva clase de magnates. Los hermanos Nobel (de la misma familia de Alfred Nobel, el del premio) montaron aquí una de las mayores empresas petroleras de su tiempo; la familia Rothschild invirtió fortunas; y surgieron grandes barones locales, como Zeynalabdin Taghiyev, que de obrero pasó a millonario y filántropo. Con ese dinero, Bakú se transformó: se levantaron palacios señoriales, teatros, la ópera, mansiones de estilo europeo y el bulevar del Caspio, y la ciudad se convirtió en una capital cosmopolita, multiétnica y moderna, con azerbaiyanos, rusos, armenios, judíos, persas y europeos conviviendo. Pero bajo el brillo había una masa de obreros petroleros en condiciones durísimas, un caldo de cultivo revolucionario donde, entre otros, se curtió de joven un tal Iósif Stalin.
El derrumbe del Imperio Ruso en la Revolución de 1917 abrió un período caótico y sangriento en Bakú. La ciudad, con su mezcla de pueblos y su masa obrera, fue escenario de luchas feroces entre bolcheviques, nacionalistas azerbaiyanos, armenios y tropas extranjeras. En marzo de 1918 estallaron enfrentamientos interétnicos con miles de muertos (los llamados 'días de marzo'), y por Bakú pasaron sucesivamente la Comuna bolchevique, los 26 comisarios de Bakú (fusilados en circunstancias oscuras), tropas otomanas y británicas.
En medio de ese torbellino, el 28 de mayo de 1918 se proclamó la República Democrática de Azerbaiyán, con capital primero en Ganja y luego en Bakú. Fue un hecho histórico: la primera república parlamentaria y laica del mundo musulmán, que además concedió el voto a las mujeres antes que muchos países europeos. Pero duró poco: en abril de 1920 el Ejército Rojo entró en Bakú y Azerbaiyán quedó incorporada a la Unión Soviética, primero dentro de una federación transcaucásica y luego como República Socialista Soviética de Azerbaiyán.
Durante las siete décadas soviéticas, Bakú fue una pieza clave de la URSS por su petróleo: en la Segunda Guerra Mundial, el crudo de Bakú era vital para la maquinaria soviética, y fue justamente uno de los grandes objetivos de la invasión alemana de 1942, que nunca llegó a tomarlo. La ciudad creció con arquitectura estalinista, plazas monumentales, el metro y una industria pesada, y se consolidó como capital cultural del Cáucaso. Hacia el final de la era soviética, con la perestroika, resurgió con fuerza el nacionalismo y estalló el conflicto con la vecina Armenia por el enclave de Nagorno Karabaj. En enero de 1990, la represión soviética de las protestas nacionalistas en Bakú (el 'Enero Negro') dejó más de un centenar de muertos y marcó un punto de no retorno hacia la independencia.
Azerbaiyán declaró su independencia en 1991, con la disolución de la Unión Soviética, y los primeros años fueron muy difíciles: la guerra con Armenia por Nagorno Karabaj, que terminó a mediados de los noventa con la derrota azerbaiyana y la ocupación de casi una quinta parte del país, provocó cientos de miles de desplazados y una crisis económica profunda. En 1993 llegó al poder Heydar Aliyev, un antiguo dirigente soviético, que estabilizó el país y firmó en 1994 con las grandes petroleras internacionales el llamado 'Contrato del Siglo' para explotar el petróleo del Caspio. Desde entonces gobierna esa misma familia: a Heydar Aliyev lo sucedió en 2003 su hijo Ilham, actual presidente.
Ese contrato desató el segundo gran boom petrolero de Bakú. Con el oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan y los precios altos del crudo, en los años 2000 y 2010 entraron al país ingresos colosales, que se volcaron en transformar la capital: se levantaron las Torres de la Llama, el Centro Heydar Aliyev de Zaha Hadid, rascacielos de vidrio, autopistas, la Plaza de la Bandera y todo un frente marítimo de arquitectura espectacular. Bakú se propuso ser un escaparate internacional y empezó a organizar grandes eventos: el festival de Eurovisión de 2012, los primeros Juegos Europeos en 2015 y, desde 2016, un Gran Premio de Fórmula 1 que se corre entre los rascacielos y las murallas medievales.
La Bakú de hoy es esa ciudad de contrastes: la piedra dorada de los Shirvanshah y el vidrio curvo de Zaha Hadid; el petróleo que sigue siendo el motor de todo; una modernidad brillante junto a un régimen político cerrado y sin verdadera libertad de expresión, señalado con frecuencia por las organizaciones de derechos humanos. En 2023, Azerbaiyán recuperó por la fuerza el control total de Nagorno Karabaj, cerrando un conflicto de tres décadas. Detrás del brillo de las llamas de LED late una historia densa de fuego, imperios, petróleo y poder, que hace de Bakú una de las capitales más singulares y menos comprendidas del mundo.