Hay ciudades que crecen alrededor de una plaza, de un río o de un puerto. Astara creció, y luego quedó partida, alrededor de una frontera. En el extremo sur de Azerbaiyán, esta ciudad tiene la particularidad de estar dividida en dos por una línea internacional: una Astara pertenece a Azerbaiyán y la otra, justo enfrente, a Irán. Entre ambas corre el río Astara-Chai, que hace de frontera. Es, literalmente, un pueblo cortado por la mitad por la geopolítica.
Esa condición fronteriza lo explica casi todo de Astara. Su ambiente de mercado y de paso, su mezcla de lenguas (azerí, talysh, persa), su papel de puerta entre el Cáucaso y el mundo iranio. Aquí, dos países, dos alfabetos y dos banderas se miran a un lado y otro de un río, y las familias talysh, divididas por la frontera, mantienen lazos que la política no logró romper del todo.
Pero Astara no es solo una frontera. Es también un rincón subtropical de una belleza natural sorprendente, con el mar Caspio a un lado y los bosques hircanos milenarios trepando por las montañas del Talysh al otro. Su historia es la de una tierra verde y fronteriza, donde se cruzan pueblos e imperios, y donde una raya trazada por dos zares y dos shas hace dos siglos sigue marcando el destino de sus habitantes.
Astara y toda la región del sur están habitadas desde antiguo por el pueblo talysh, cuya lengua es irania, emparentada con el persa, y por tanto muy distinta del azerí, que es una lengua túrquica. Los talysh conservan una cultura, una música y una cocina propias, y su presencia enlaza el sur de Azerbaiyán con el vasto mundo cultural iranio que se extiende hacia el sur. Son, en cierto modo, un puente vivo entre el Cáucaso y Persia.
Esta franja del Caspio, húmeda y boscosa, estuvo en la Antigüedad y la Edad Media dentro de la órbita de los grandes imperios persas y de los estados que se sucedieron en la región. Los bosques hircanos que cubren sus montañas dieron nombre, ya en la Antigüedad, a la región de Hircania, mencionada por los autores griegos y persas, una tierra legendaria de bosques densos y tigres (hoy extintos allí) al sur del Caspio.
Durante siglos, la región de Talysh, con Astara y Lankaran como núcleos, fue una zona algo aparte, de identidad marcada y difícil de controlar por su geografía. Esa personalidad propia, forjada en la mezcla de lo caucásico y lo iranio, sobreviviría a todos los cambios de imperio. La historia moderna de Astara empieza cuando esa región se organiza como un pequeño estado: el kanato de Talysh.
En el siglo XVIII, con el debilitamiento del poder central persa, surgió el kanato de Talysh (o de Lankaran), un pequeño estado semiindependiente que gobernaba la región del sur, con Astara como una de sus localidades. Como todos los kanatos del este del Cáucaso, quedó atrapado en la creciente rivalidad entre dos imperios en expansión: la Persia de los Qajar, al sur, y el Imperio ruso, que avanzaba con fuerza desde el norte hacia el Cáucaso.
A comienzos del siglo XIX estallaron las guerras ruso-persas, que convirtieron esta región fronteriza en campo de batalla. La ciudad de Lankaran, capital del kanato, fue escenario de combates encarnizados, y toda la comarca sufrió las idas y venidas de los ejércitos. Los kanes locales maniobraban entre las dos potencias buscando protección, en un equilibrio imposible que terminaría decidiéndose por las armas y por la diplomacia de los imperios, no por la voluntad de los talysh.
El resultado de esas guerras quedó fijado en dos tratados que redibujaron el mapa del Cáucaso y sellaron para siempre el destino de Astara. Lo que hasta entonces había sido una región talysh más o menos unida iba a quedar cortada en dos por una frontera internacional, en una decisión tomada lejos de allí, en las mesas de negociación de las grandes potencias.
El primer golpe llegó con el tratado de Gulistán (1813), que puso fin a la primera guerra ruso-persa y entregó al Imperio ruso buena parte del este del Cáucaso, incluida la región de Talysh. El segundo y definitivo fue el tratado de Turkmanchái (1828), tras una nueva guerra que Persia volvió a perder: por él se fijó la frontera entre el Imperio ruso y Persia en el río Astara, un poco al sur de Lankaran.
Aquella línea, trazada por rusos y persas, partió en dos al pueblo talysh y a la propia ciudad de Astara. De un lado quedaron los talysh súbditos del zar (en lo que hoy es Azerbaiyán) y del otro los talysh súbditos del sha (en lo que hoy es Irán). Familias, comunidades y una misma cultura quedaron separadas por una frontera que, con muy pocos cambios, sigue vigente casi dos siglos después. Es uno de tantos casos en los que las grandes potencias cortaron por la mitad a un pueblo sin tener en cuenta su unidad.
Desde entonces, Astara es la ciudad-frontera por excelencia. La raya de 1828 definió su carácter: un punto de contacto y de separación a la vez, un cruce entre dos mundos. La historia de la ciudad, a partir de ahí, es la de una localidad fronteriza que vive del paso, del comercio y de la mezcla, con una identidad talysh que resiste a ambos lados del río.
Integrada en el Imperio ruso, la Astara azerbaiyana quedó como localidad fronteriza del sur del dominio zarista, en una zona de aduanas, guarniciones y comercio con Persia. La región, con su clima subtropical único, empezó a desarrollar cultivos que no crecían en otras partes del imperio, sentando las bases de la agricultura del té y los cítricos que caracterizaría al sur en el siglo siguiente.
Con la creación de la Unión Soviética, Astara se convirtió en un punto sensible de la frontera sur de la URSS con Irán, fuertemente controlada. Al mismo tiempo, la región vivió el gran desarrollo agrícola soviético: se plantaron extensiones de té (el sur de Azerbaiyán era de los pocos lugares aptos de toda la URSS), cítricos y arroz, y la zona se convirtió en un 'jardín subtropical' que abastecía al resto del país. La frontera, muy militarizada, cortaba casi por completo el contacto con los talysh del lado iraní.
Durante décadas, entonces, Astara fue a la vez una próspera región agrícola y una estricta frontera de la Guerra Fría. La cultura y la lengua talysh sobrevivieron, transmitidas en las casas y los pueblos, pese a las limitaciones. Ese doble carácter, de tierra fértil y de raya vigilada, marcó la vida de la ciudad a lo largo de todo el siglo XX, hasta la caída de la Unión Soviética.
Con la independencia de Azerbaiyán en 1991, Astara siguió siendo la ciudad más meridional del país y su principal puerta terrestre hacia Irán. La frontera, ahora entre dos estados independientes, se mantuvo como un paso comercial y humano activo, y la ciudad conservó su ambiente de mercado y de cruce de caminos. Los lazos con los talysh del lado iraní, aunque limitados por la frontera, siguen vivos en la cultura, la lengua y las familias.
Hoy, Astara combina ese carácter fronterizo con un creciente interés turístico basado en su naturaleza. El reconocimiento en 2019 de los bosques hircanos de Azerbaiyán como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO puso el foco en los bosques milenarios que cubren las montañas del sur, entre ellas las de Astara. A eso se suman las playas del Caspio, las plantaciones de té, las fuentes termales y la sabrosa cocina talysh, con el lavangi como plato estrella.
Para el viajero, Astara es un destino singular: el punto donde Azerbaiyán se funde con el mundo iranio, en la orilla más verde y húmeda del Caspio. Asomarse a la frontera, recorrer el bazar, caminar entre los árboles antiquísimos de los bosques hircanos y probar la cocina del sur es descubrir una cara inesperada del país, muy lejos del petróleo y el desierto. En la raya trazada hace casi dos siglos, la vieja tierra talysh sigue siendo un cruce de culturas, un bosque legendario y una frontera viva.