La península de Absheron es el lugar donde Azerbaiyán se ganó su nombre y su apodo. 'Azerbaiyán' suele relacionarse con expresiones antiguas ligadas al fuego, y el país se conoce como 'la tierra del fuego' (Odlar Yurdu). No es una etiqueta turística: durante milenios, en esta lengua de tierra seca que se adentra en el Caspio, el fuego brotó literalmente del suelo. La razón es geológica: bajo Absheron hay uno de los mayores depósitos de petróleo y gas natural del mundo, y ese gas se filtraba por las grietas de la roca porosa hasta la superficie, donde ardía al contacto con el aire.
El resultado eran fenómenos que dejaban atónito a cualquiera: laderas que ardían sin apagarse, como Yanardag; manantiales de agua que se prendían fuego al acercarles una llama; y llamaradas que salían de la tierra sin causa aparente, día y noche, año tras año, siglo tras siglo. Para las gentes de la Antigüedad, que no conocían la química del gas natural, aquello solo podía tener una explicación: lo divino se manifestaba en el fuego, y esta tierra era sagrada.
Viajeros de todas las épocas dejaron testimonio del asombro que producían estos fuegos. Se suele citar a Marco Polo, que en el siglo XIII habló de las fuentes de aceite (petróleo) de la región de Bakú, y a numerosos exploradores, diplomáticos y científicos de los siglos siguientes que vinieron a ver con sus propios ojos las llamas eternas de Absheron. Esa geología ardiente es la base de todo lo que vino después: el culto al fuego, las peregrinaciones y, mucho más tarde, la industria del petróleo que transformó el país.
En esta tierra de fuegos naturales prendió con fuerza el zoroastrismo, la antigua religión del profeta Zaratustra que fue la fe dominante del Imperio Persa durante más de mil años, antes de la llegada del islam. El zoroastrismo no adora al fuego como a un dios, pero lo venera como el símbolo más puro de la divinidad de Ahura Mazda, el 'Señor Sabio', y de la verdad y la luz. En sus templos se mantenía encendido un fuego sagrado que nunca debía apagarse. Es fácil imaginar lo que significaba, para esa religión, un lugar donde el fuego eterno brotaba solo de la tierra: Absheron era, en cierto modo, un santuario natural.
Durante el período en que el Cáucaso oriental estuvo bajo la órbita de los imperios persas (aqueménida, parto y sobre todo sasánida), el zoroastrismo se extendió por la región, y los fuegos de Absheron fueron centros de culto. Con la conquista árabe y la islamización a partir del siglo VII-VIII, el zoroastrismo fue retrocediendo, y la mayoría de la población acabó adoptando el islam, que hoy es la religión mayoritaria del país (predominantemente chií). Pero el prestigio sagrado de los fuegos de Absheron no desapareció del todo.
De hecho, siglos más tarde, esos mismos fuegos volvieron a atraer a peregrinos de otras religiones que también veneraban el fuego. Comerciantes y ascetas hindúes y sijs que llegaban desde la India por las rutas del comercio con Persia encontraron en Absheron un lugar donde la llama sagrada ardía sola, y lo convirtieron en destino de peregrinación. Ese cruce de culturas y religiones en torno al fuego es lo que hace tan singular la historia de esta península.
El testimonio más famoso de ese culto es el templo del fuego de Ateshgah, en el pueblo de Surakhani. Sobre un antiguo emplazamiento sagrado ligado a los fuegos naturales, el templo que hoy se conserva fue construido y usado sobre todo entre los siglos XVII y XIX. Tiene forma de caravasar pentagonal, con un patio central y celdas alrededor, y en el medio un altar con un fuego que ardía gracias al gas natural que salía del subsuelo, más varias chimeneas en las esquinas.
Quienes lo levantaron y lo habitaron en esa época fueron sobre todo comerciantes y ascetas hindúes y sijs procedentes de la India, que llegaban a la región siguiendo las rutas comerciales que unían Persia con el subcontinente. Para ellos, la llama eterna era sagrada, y el templo se convirtió en un centro de peregrinación y de vida ascética: en las celdas vivían y meditaban los devotos, algunos practicando severas mortificaciones. Las inscripciones grabadas en las paredes, en sánscrito, punjabi y persa, dan fe de esa comunidad multicultural reunida en torno al fuego, e incluyen invocaciones a divinidades hindúes y sijs.
El declive de Ateshgah llegó, paradójicamente, de la mano de la misma fuerza que lo había hecho posible. Cuando en el siglo XIX comenzó la explotación industrial del petróleo y el gas de Absheron, la extracción hizo caer la presión del gas del subsuelo, y hacia fines de ese siglo el fuego natural del templo se fue apagando. Los peregrinos dejaron de venir y el templo quedó abandonado. Hoy, restaurado y convertido en museo, mantiene una llama alimentada con gas canalizado, para mostrar al visitante cómo fue este extraordinario santuario del fuego.
La historia de Absheron es la de un mismo elemento, los hidrocarburos, vivido de dos maneras muy distintas a lo largo del tiempo: primero como fuego sagrado, después como riqueza industrial. La misma abundancia de petróleo y gas que durante milenios alimentó los fuegos eternos y atrajo a los peregrinos del zoroastrismo y del hinduismo fue, a partir del siglo XIX, la base de una de las mayores transformaciones económicas de la historia.
El petróleo de Absheron ya se recogía de forma artesanal desde la Antigüedad, cavando pozos a mano para extraer el crudo que rezumaba del suelo y que se usaba para iluminación, medicina y hasta como arma incendiaria. Pero fue en el siglo XIX, con los métodos modernos de perforación, cuando esa riqueza estalló. Hacia 1900, la península de Absheron y su capital, Bakú, se habían convertido en el mayor campo petrolero del mundo, produciendo cerca de la mitad de todo el crudo del planeta. El paisaje se llenó de torres de perforación, refinerías y del barrio industrial conocido como la 'Ciudad Negra', y a la región llegaron magnates como los Nobel y los Rothschild.
Ese boom cambió para siempre Absheron y Azerbaiyán, pero también apagó buena parte de sus fuegos naturales: al extraer el gas y el petróleo, cayó la presión que empujaba las llamas a la superficie, y muchos de los fuegos eternos que habían asombrado durante siglos se extinguieron. Yanardag, que sigue ardiendo, es hoy uno de los pocos supervivientes de aquel fenómeno, y por eso se ha vuelto un símbolo nacional. Recorrer Absheron es leer esa historia en el paisaje: los balancines de petróleo junto a los castillos medievales y al templo del fuego, tres capas de un mismo territorio donde el fuego, en todas sus formas, siempre ha mandado.