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Historia de Noravank

Un monasterio al fondo de un cañón de fuego

Hay que recorrer un desfiladero estrecho, entre paredes de roca roja que parecen cerrarse sobre el camino, para llegar a Noravank. Y cuando el cañón por fin se abre, aparece al fondo, encajado contra los acantilados, uno de los monasterios más bellos de Armenia: piedra dorada y rojiza que al atardecer se enciende como brasa, iglesias de cúpulas cónicas y una torre-mausoleo con una escalera de vértigo trepando por su fachada. Pocos lugares condensan tan bien el genio armenio para fundir arquitectura y paisaje.

Noravank —'el monasterio nuevo', un nombre que ya tiene ochocientos años— se levanta en la provincia de Vayots Dzor, en el sur del país, al final del cañón de Amaghu, un ramal del gran cañón de Gnishik. Su historia es la de la última gran floración del arte medieval armenio, en los siglos XIII y XIV, cuando el país vivía bajo dominación mongola pero conservaba, en manos de príncipes locales, una asombrosa vitalidad cultural.

Detrás de su belleza hay dos protagonistas: una dinastía, los Orbelian, que hicieron del monasterio su sede episcopal y su panteón; y un artista, Momik, que dejó aquí lo mejor de su obra y aquí quiso ser enterrado.

Los príncipes Orbelian y la sede de Siunia

Noravank fue fundado a fines del siglo XII, probablemente sobre estructuras más antiguas, por el obispo Hovhannes, pero su gran momento llegó en el siglo XIII de la mano de la casa de los Orbelian, una poderosa familia principesca que gobernaba la región de Syunik y Vayots Dzor. En una Armenia sometida a los mongoles tras las invasiones de la primera mitad del siglo XIII, los Orbelian supieron negociar su posición: pagaron tributo, obtuvieron privilegios y, a cambio de estabilidad, conservaron un amplio margen de autonomía que les permitió gobernar, comerciar y, sobre todo, construir.

Bajo su patrocinio, Noravank se convirtió en la sede de los obispos de Siunia (Syunik) y en el mausoleo dinástico de la familia. Los príncipes Smbat, Tarsayich, Elikum, Burtel y sus descendientes financiaron iglesias, capillas, khachkares y obras de arte, y muchos de ellos fueron enterrados en el recinto, bajo lápidas que aún se ven en el suelo de las iglesias. El monasterio fue también un centro religioso, cultural y de copia de manuscritos, un foco de vida intelectual en el sur del país.

La joya de ese mecenazgo es la iglesia de Surb Astvatsatsin, conocida como Burtelashen ('construida por Burtel') porque la encargó el príncipe Burtel Orbelian hacia 1339. Es una iglesia-mausoleo de dos pisos —cripta funeraria abajo, capilla arriba— cuyo acceso son dos estrechas escaleras de peldaños salientes empotrados en la fachada, sin baranda. Esa imagen audaz, casi imposible, se volvió el símbolo de Noravank y una de las estampas más reconocibles de Armenia.

Momik, el genio que talló Noravank

Si Noravank tiene rostro, es el de Momik. Este artista excepcional, activo hacia 1270-1339, fue a la vez arquitecto, escultor, miniaturista e iluminador de manuscritos, una rareza incluso para su época. Formado probablemente en la tradición de los grandes talleres armenios, trabajó al servicio de los Orbelian y pasó buena parte de su vida en Noravank, donde dejó una obra que lo sitúa entre los mayores artistas de la Armenia medieval.

A Momik, o a su taller, se atribuyen los relieves más admirados del monasterio: la figura de Dios Padre de rasgos orientales sobre la puerta de la Burtelashen, con Adán y la paloma del Espíritu Santo; las Vírgenes con el Niño flanqueadas por arcángeles; las escenas de la Deesis en los tímpanos. Y también varios khachkares —las cruces de piedra talladas como encaje que son sello del arte armenio—, entre ellos una obra maestra firmada en 1308. Su escultura combina la tradición local con una expresividad y un detalle poco comunes en la piedra medieval de la región.

Momik no solo talló piedra: iluminó manuscritos que se conservan hoy en el Matenadarán de Ereván, el gran archivo de códices antiguos del país. Murió en 1339, el mismo año en que se terminaba la Burtelashen que había diseñado, y fue enterrado en Noravank, bajo un pequeño y delicado khachkar que él mismo, según la tradición, había dejado preparado. Visitar Noravank es, en buena medida, visitar su obra.

Terremotos, invasiones y siglos de silencio

La edad de oro de Noravank fue intensa pero no eterna. Ya en vida de Momik, el sur de Armenia sentía la presión de nuevas potencias, y a fines del siglo XIV las campañas devastadoras de Tamerlán golpearon la región. En los siglos siguientes, Vayots Dzor y todo el país quedaron atrapados en la larga disputa entre los imperios persa safávida y otomano, que se repartieron el Cáucaso una y otra vez, con guerras, deportaciones y despoblación. El poder de los Orbelian se apagó, y con él el esplendor del monasterio.

A esas desgracias históricas se sumaron las naturales. La zona es sísmica, y varios terremotos a lo largo de los siglos dañaron gravemente las iglesias de Noravank: cúpulas caídas, muros agrietados, el gavit reconstruido más de una vez. El monasterio fue perdiendo su papel como sede episcopal y centro cultural, y entró en un largo declive. Durante buena parte de la época moderna quedó semiabandonado, expuesto a la intemperie y al olvido, un bello esqueleto de piedra al fondo de su cañón.

Durante el período soviético (Armenia fue parte de la URSS de 1920-1922 a 1991), el monasterio, como tantos otros, dejó de tener uso religioso activo, pero fue reconocido y estudiado como monumento histórico. Ese reconocimiento sentaría las bases de su recuperación.

Restauración y renacer turístico

El renacer de Noravank llegó con las campañas de restauración de las últimas décadas del siglo XX y comienzos del XXI. Los edificios dañados por los terremotos fueron consolidados y reparados con criterio, devolviendo al conjunto —y en especial a la iglesia de dos pisos de Burtel— buena parte de su forma original. La carretera que remonta el cañón facilitó el acceso, y el monasterio pasó de ruina olvidada a una de las visitas estrella del país.

Hoy Noravank es, junto con Khor Virap y Tatev, una de las postales imprescindibles de Armenia, y el eje de la ruta turística del sur. Se combina con la cercana cueva de Areni-1 —donde se hallaron la bodega y el zapato de cuero más antiguos del mundo, de más de seis milenios— y con las bodegas del pueblo de Areni, cuna del vino armenio. Ese contraste es fascinante: en apenas unos kilómetros, el cañón reúne la viticultura más antigua del planeta, el arte medieval en su cumbre y un paisaje geológico espectacular.

Con todo, lo mejor de Noravank sigue siendo el encuentro directo con la piedra: subir con cuidado la escalera imposible de la Burtelashen, buscar los relieves de Momik, tocar los khachkares, y quedarse hasta el atardecer, cuando el cañón se tiñe de rojo y el monasterio parece arder en silencio. Ochocientos años después, el 'monasterio nuevo' sigue dejando sin palabras a quien lo visita.

📚 Bibliografía

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